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Periodismo I

La comodidad y necesidad nacida a partir de la revolución agrícola del 9000 a.C. le ha permitido al ser humano deslindarse de la agotadora tarea de mantenerse vivo. De la domesticación de plantas y animales surgieron ramificaciones de labores que nunca antes se habían pensado. De ahí nacieron los artesanos y comerciantes, de ese excedente de alimento salió el dinero y la economía. De esas primeras semillas salieron, no solo los alimentos que crearon imperios, sino que también lanzaron las raíces de millones de empleos que seguimos requiriendo a día de hoy. La historia es de aquellos que se atreven y fueron los que se atrevieron los que cambiaron la historia. El primer artesano, el primer policía, el primer plomero o el primer hostelero fueron tan importantes para el curso del río de la historia por el que navegamos como aquellos grandes líderes que cimentaron los pilares de los imperios que se desparraman por el pasado.

Cada cargo cumplía, y sigue cumpliendo, una necesidad: quien sabe fusionar sabores y jugar con el fuego de una cocina se vuelve chef, aquel que conoce las virtudes del color y las dimensiones es pintor y artista, la persona que cree saber lidiar con el peso de quitar una vida se vuelve militar, pero, y aquí es a donde quería llegar, ¿qué es lo que hace a un periodista?, ¿con qué trabaja un periodista?, ¿con lo efímero del tiempo, con lo etéreo del ahora, con el infinito de lo subjetivo? Porque el periodismo nació de la nada, usando la grava, el polvo y el ingenio de los que sabían trabajar con la información, para suplir una necesidad que ya estaba satisfecha por el boca a boca.  El periodismo, lejos de los primeros periódicos como el Daily Courant o el Diario de Madrid, empezó con la industrialización de la información, la magnificación de la noticia. Llegó con la batalla campal entre Pulitzer y Hearst, con el inicio del amarillismo, con el nacimiento del periodismo como arma de creación de opinión.

Porque en poco más que eso se ha transformado el que fue el oficio más bello del mundo, un trabajo que enamoró a Hemingway o a García Márquez, que jugaba con lo que ocurría, con aquello que afectaba a nuestro día a día, que debatía acerca de lo que nos carcomía por dentro, sin miedo a enfrentarse al poder, chocando cráneo con cráneo ante aquellos que buscaban empañar la verdad.

Porque el periodismo ha cambiado, sí, pero no a mejor. El miedo que tienen algunos por hacer lo que este trabajo exige ha hecho que se oculten en las faldas de los que ya están amarrados a los centros de poder. Más que una muralla que rompe las embestidas de las gigantes olas de control poblacional y un resguardo de la libertad mental, el periodismo se ha transformado en el heraldo de los zares, káiseres y reyes vestidos con la pulcra armadura de la “democracia”. Porque ya se ha perdido la verdadera imagen de la comunicación, los pecados de sus progenitores han devorado la misión primordial de la labor del periodismo.

Vanidad, envidia, ira y egoísmo son las principales esencias que han corrompido el alma del trabajo mediador de los datos que nacen de las interacciones del humano con su entorno. Porque el periodismo necesita… no, el periodismo se merece transparencia, justicia y honor. Virtudes de donde crecieron las grandes figuras de este oficio y de donde tiene que volver a brotar una generación de periodistas que sepan el verdadero corazón del título que tanto les gusta ponerse. Porque ser periodista no es hablar bien, ni escribir como Cervantes; ser periodista no es ponerse frente a una cámara o un micrófono y vomitar las frases de un guion nauseabundo y sugestionado. [FIRMAS PRESS]

El autor es escritor panameño.

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