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Terminar bien la guerra en Ucrania

La contraofensiva de las fuerzas ucranianas en la región de Kharkiv no anuncia necesariamente un inminente colapso militar de Rusia. Las guerras son crueles y las sorpresas, buenas o malas, son numerosas. Sin embargo, si la precaución es necesaria, la evolución de la situación no puede dejarnos indiferentes. Nos obliga a tomarle la medida y a sacar las primeras lecciones: yo veo tres.

La primera es confirmar la determinación del pueblo ucraniano, de su ejército y de sus dirigentes de continuar la lucha para expulsar al agresor de su territorio. Los exitosos ataques llevados a cabo desde el verano en Crimea y en el sur han demostrado claramente que, después de haber sufrido, ahora son las fuerzas ucranianas las que imponen su ritmo. En el este, donde el oblast de Kharkiv está prácticamente liberado, en el sur, donde la difícil ofensiva contra Kherson no cesa. La velocidad con la que han avanzado las fuerzas ucranianas, la retirada de las fuerzas de ocupación abandonando su imponente equipamiento, la desmoralización de los soldados rusos de las regiones periféricas pobres de Rusia son elementos que demuestran que si Ucrania no ha ganado aún la guerra, Rusia probablemente la esté perdiendo.

La segunda lección de esta situación es validar las opciones europeas tomadas desde el 24 de febrero: no participar directamente en el conflicto, sino movilizar recursos económicos y militares masivos para permitir a los ucranianos recuperar su violentada soberanía. Todo ello sobre la base de una solidaridad europea muy fuerte. Por primera vez desde la creación de Europa, un fondo intergubernamental europeo ha comenzado a proporcionar financiación militar a un Estado en guerra. Por ello, los que en Francia y en otros lugares desesperaban de ver una Europa capaz de hablar el lenguaje del poder deberían alegrarse. Hemos marcado un punto. Pero tendremos que marcar muchos más si queremos que Europa recupere su confianza como actor estratégico y que el resto del mundo la tome por fin en serio en materia de seguridad y defensa.

Las buenas decisiones de Europa solo han sido igualadas por los errores de Putin, que ha construido metódicamente un modelo de adicción de Europa a su  energía abundante y barata. Por eso, cuando me preguntan por el efecto de las sanciones, mi respuesta es decir que básicamente han permitido a Europa liberar su política rusa de su prisión energética. Si se observa con atención, hay pocos precedentes históricos en los que toda una entidad regional haya conseguido liberarse tan rápidamente de una restricción económica tan fuerte. Nuestra dependencia de Rusia amenazaba nuestra independencia y seguridad. Estamos en proceso de ponerle fin de forma radical.

La tercera lección se refiere a las perspectivas de finalización del conflicto. Por desgracia, el conflicto no ha terminado. Y nada sería más peligroso que ceder al optimismo exagerado tras un pesimismo injustificado.

Para ello, debemos reforzar nuestro apoyo a Ucrania satisfaciendo sus considerables necesidades militares y económicas. Porque no nos hagamos ilusiones. Putin no cederá de buena gana. Y la guerra puede durar mucho tiempo. Por supuesto, después de la guerra viene la paz. Pero la guerra tiene que terminar bien antes de que se pueda hacer la paz.

Corresponde a los ucranianos, y solo a ellos, definir los futuros términos de la paz. No obstante, podemos imaginar que lógicamente implicará la retirada del territorio ucraniano, la contribución financiera del agresor a la reconstrucción de un país que intentó destruir sistemáticamente, el reconocimiento moral y penal de los responsables de los crímenes de guerra, cuyo alcance desgraciadamente aún desconocemos. Si la guerra no ha terminado, la esperanza de ponerle fin quizás esté naciendo en el campo militar.

El autor es alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad / vicepresidente de la Comisión Europea.

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