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Elea Valle se encuentra en el exilio, en Costa Rica, desde julio de 2021. LA PRENSA/ CORTESÍA

Elea Valle: “Los asesinos de mis hijos son los mismos que asesinaron a los de abril de 2018”

La mujer campesina, que responsabiliza al ejército por la muerte de su esposo y sus dos hijos mayores, se tuvo que ir al exilio debido a la persecución. Está en Costa Rica y la está pasando mal. Además de las penurias, siente que la dejaron sola

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Una mujer menuda, de unos 1.55 metros de estatura, de piel morena, campesina, acompañada de tres niños, estaba a punto de subir a un bote para cruzar el río San Juan desde el puerto de San Carlos, cuando se le acercaron unos soldados del Ejército. Ocurrió el 19 de julio de 2021.
Mientras la mujer conversaba con los uniformados, rezaba intensamente. “Dios, usted nunca me ha dejado sola. Que esta gente no me reconozca, por favor”, decía. Era Elea Valle, la mujer que en noviembre de 2017 denunció nacional e internacionalmente al Ejército de asesinar a su esposo y a sus dos hijos mayores.

–Denos su cédula –ordenó uno de los militares.

–Aquí está.

–¿Las partidas de nacimiento de estos niños?

–No las tengo. Las he ido a sacar, pero no me las dieron.

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–Te tenés que regresar porque no andás las partidas de nacimiento. Estos niños no pueden salir así.

–Yo no voy a Costa Rica. Voy aquí mismo en Nicaragua. A Boca de Sábalo. Unas amigas me invitaron a un cumpleaños.

–Aquí (en la cédula) dice que sos de Río Blanco.

–Sí, desde allá vengo.

–¿Estás segura de que no vas para Costa Rica?

–Segura hermanito.

–¿Por cuántos días vas?

–Dos semanas. Después me regreso.

Elea Valle estaba empezando a perder la calma, debido a los nervios, cuando una mujer militar se acercó a su compañero y le dijo: “

–Pobrecita. Viene de largo. Desde ayer salió. Aquí amaneció. Pagando pasajes con esos niños. Dejemos que pase, de todas maneras, no va a Costa Rica. –Luego, dirigiéndose a Elea, la uniformada le dijo:

–Aquí te esperamos al regreso.

Los dos hijos de Elea Valle con los que se fue al exilio: Juan José y Eliel Misael, este último con capacidades diferentes. También tiene una niña de 3 años de edad. LA PRENSA/ CORTESÍA

Elea subió inmediatamente al bote. Era falso que iba a Boca de Sábalo a un cumpleaños. La verdad es que sí iba para Costa Rica, a pedir refugio, huyendo del Ejército, el cual ella asegura que la ha acosado desde el 12 de noviembre de 2017, cuando denunció que le asesinaron a su esposo y a sus dos hijos mayores.

El Ejército ha dicho oficialmente que los familiares de Elea Valle fallecieron en combate, cuando sus tropas enfrentaban a delincuentes que operaban en la zona de la comunidad San Pablo 22, en La Cruz de Río Grande.

“Me salí de Nicaragua, pero yo siempre pido justicia, por mi esposo y por mis hijos asesinados, y por todos los muertos”, afirma Elea. La Revista DOMINGO conversó con ella vía WhatsApp y contó todas las peripecias que está viviendo tras la muerte de sus seres queridos.

El origen de todo

En noviembre de 2017, Elea Valle vivía en una comunidad de La Cruz de Río Grande, que se llama San Antonio. Estaba sola con sus cinco hijos porque su esposo, Francisco Pérez, conocido como “El Charrito”, se había enmontañado con un grupo de hombres dirigido por su hermano Rafael Pérez Dávila, “El Colocho”, un excontra de los años ochenta que se había rearmado contra el régimen de Daniel Ortega.

El viernes 10 de ese mes, los dos hijos mayores, Yojeisel Elízabeth, en ese entonces de 16 años de edad, y Francisco Alexander, de 12, salieron del rancho en dirección a la comunidad San Pablo 22, siempre en La Cruz de Río Grande, adonde su padre acampaba y les iba a dar un dinero.

Dos días después, a las 7:00 de la noche del domingo, Elea recibió una llamada que le cambió la vida para siempre. Dice que le avisaron que a su esposo y a sus dos hijos los mató el Ejército, institución que explicó en el momento que habían recibido denuncias de productores de la zona, diciendo que ya no aguantaban a los armados liderados por El Colocho.

Elea Valle llegó al lugar de los hechos cuando los pobladores se aprestaban a sepultar los cuerpos de sus seres queridos. Se abalanzó sobre ellos y no paraba de llorar.

Elea Valle denunció al ejército de asesinar a sus hijos mayores: Yojeisel Elízabeth Pérez Valle, de 16 años de edad, y su hermano Francisco Alexander, de 12. LA PRENSA/ REPRODUCCIÓN

“Todavía me duele igual que en ese momento. Estas fotos no las puedo ver”, asevera mientras envía por WhatsApp a la Revista DOMINGO unas imágenes de sus hijos asesinados. Yojeisel aparece tendida boca arriba, con el pecho desnudo, solo cubierta por un sostén. Se le ven señas de haber sido torturada. La mamá afirma que la violaron. Francisco Alexander también presenta señas de torturas y está sin camisa.

Elea denunció los asesinatos a nivel nacional e internacional, pero el caso está impune. Además, fue en cuatro ocasiones a las oficinas centrales de la Policía Orteguista, en Plaza El Sol, a pedir que le permitieran sacar los cadáveres de la fosa común en que fueron enterrados y llevarlos a un cementerio. A pesar de que le decían que la llamarían por teléfono, nunca recibió llamadas.

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Tras el asesinato de sus parientes, Elea Valle y sus tres hijos menores llegaron a Managua para hacer la denuncia. Estuvo unos meses en la capital y luego regresó a su lugar de origen, pero después inició a alquilar casa porque donde vivía era un lugar solitario y le daba miedo.

Imposible seguir en Nicaragua

Elea Valle trataba de pasar inadvertida, caminaba con cuidado, pero la gente siempre le preguntaba: “¿Cómo murió tu esposo? ¿Y tus hijos cómo murieron?”. Ella siempre respondía con un “mi esposo murió de una enfermedad”, “mis hijos murieron pequeños”.

Los militares y los policías le daban pánico. Si entraba a una calle donde había uniformados, ella daba la vuelta.

Alquilaba en un poblado que no quiere mencionar, por seguridad de terceras personas, pero la mayor parte del tiempo pasaba en otras casas, por temor a ser capturada. En la casa alquilada solo guardaba sus cosas, mientras huía con sus tres hijos menores: Heyling, Juan José y Eliel Misael, quienes en la actualidad tienen 15, 13 y 9 años de edad.
En el caso de Eliel Misael, se trata de un niño especial, de quien en Los Pipitos dijeron que tiene el cerebro pequeño. No habla y es “bien inocente”.

Cuando regresaba a la casa, algunos vecinos le comentaban que la Policía llegaba a cercar el lugar. En una ocasión, estando en la casa de su mamá, la Policía llegó a buscarla.

Se fue de inmediato a la casa alquilada. “Ya ni donde mi mamá podía estar”, explica. Cuando llegó a su casa, una vecina le informó que habían llegado los antimotines. 15 militares rodearon la casa.

“Aliñemos las cosas”, les dijo a sus hijos. Al día siguiente terminó de sacar todo y entregó la casa.

Después de eso, estuvo como un mes sin salir en la siguiente casa que alquiló. Luego, empezó a salir con cuidado. Pero, como no la hallaban, a la casa de sus padres llegaron cuatro hombres en una camioneta y se presentaron como defensores de los derechos humanos. Era falso. Se trataba de miembros del Ejército, asegura Elea Valle.

Elea Valle llegó varias veces a las oficinas centrales de la Policía Orteguista a pedir los cuerpos de su esposo y sus hijos, además de solicitar también que fueran exhumados. No obtuvo respuesta. LA PRENSA/ ARCHIVO

Luego, en el nuevo barrio al que se había mudado, los vecinos les preguntaban a los niños cuáles eran sus apellidos. Juan José respondía que le preguntaran a su mamá.

Una señora se quiso hacer amiga de ella, la invitaba a pasar a su casa, pero Elea siempre le respondía que iba de prisa. Cuando una amiga de Elea visitó a la señora, esta última le pidió que le preguntara a Elea cuáles eran los apellidos y cómo habían muerto sus hijos.

La amiga de Elea le respondió a la señora: “No tengo por qué andar investigando”.

Por las noches, le apedreaban la casa. Los vecinos le decían que veían a do o tres personas tirarlas. Se trataba de policías, afirma Elea.

La desesperación era tanta que en tres ocasiones intentó suicidarse, porque no soportaba el dolor y el acoso. “No mamá, no hagas eso”, le decía su hija Heyling. Y Elea le respondía: “Yo ya no aguanto. Ustedes están pequeños y cualquiera los puede agarrar”.

El acoso y el luto no eran los únicos problemas para Elea, pues en varias ocasiones intentó sacar las partidas de nacimiento de sus hijos, pero en la última oportunidad “rotundamente” le dijeron que no.

En las escuelas, no agarraban a sus hijos por la falta de partida de nacimiento. En una ocasión, en una escuela, un director se los aceptó, pero, a los ocho días la llamaron para decirle que ya no mandara a los niños, porque ella “tenía problemas con el gobierno”.

Lea también: El dolor de una madre cuando entierra a un hijo

En otra escuela los agarraron, pero solo como oyentes. “Usted no tiene partidas de nacimiento de sus hijos y además tiene problemas con el gobierno”, le dijeron.

A la última casa que alquiló, la Policía llegaba mañana y tarde. Se paraban al frente de la casa. Quedaban viendo. Se hablaban entre ellos. “Yo me comencé a arisquear. Ya no podía estar en Nicaragua”, comenta Elea.

La salida

Para julio del 2021, Elea Valle estaba desesperada y con mucho miedo. Cansada de ser perseguida, de tener que andar de casa en casa. Huyendo.

Los cuerpos de su esposo y sus hijos nunca se los dieron. Las protestas de abril de 2018, cinco meses después del asesinato de sus seres queridos, invisibilizó su petición de justicia, especialmente cuando el régimen Ortega Murillo causó la muerte de más de 300 personas. La muerte de su esposo y sus hijos poco a poco fue quedando en el olvido.

“Me dejaron a un lado. No me mencionan para nada. Me dejaron sola. No mencionan a mis hijos. A mis hijos los ven como nada. A partir de abril de 2018, solo a esos fallecidos mencionan. Eso es injusto. Yo me he sentido mal. No entiendo por qué, si son los mismos asesinos que mataron a mis hijos los que asesinaron a los de abril de 2018”, se quejó Elea Valle.

Buscando un apoyo, le creyó a un hombre que le dijo la iba a apoyar. Vivió con él dos meses y luego lo dejó. Pero, quedó embarazada. Ahora tiene una última hija, actualmente de tres años de edad.

La mayor de los hijos que le quedaron vivos, Heyling, a los 14 años de edad se le fue de la casa. Eso la golpeó. “Los hijos no son para siempre”, dice.

Ver a sus hijos pequeños, le entró temor de ser capturada, o, en el peor de los casos, ser asesinada. Por eso decidió irse de Nicaragua. En algún momento creyó que le iban a ayudar para irse a Estados Unidos. “Me gustaría que alguien hable por mí a las autoridades de Estados Unidos”, dice. Pero eso no pasó.

Llamó a una persona y esta le mandó dinero para que se fuera a Costa Rica.

En la madrugada del 18 de julio de 2021, Elea Valle y sus tres hijos menores fueron recogidos por un carro en su casa, el cual les dejó en el empalme de Boaco. Ahí tomaron un bus que los llevó a San Carlos, Río San Juan.

En San Carlos, pensaron en pasarla en carro por la frontera, pero el no tener partidas de nacimiento de los niños frustró esa posibilidad. Durmió ahí esa noche y al amanecer del día siguiente, 19 de julio, se dispuso a abordar una panga que la llevara del lado costarricense.

Fue cuando los militares la interceptaron, pero finalmente logró pasar.

Al llegar al otro lado del río, vio más militares. Los nervios la seguían atacando. “Que no me conozcan estos militares”, seguía rezando.

Cuando cruzó la frontera, vio a muchos coyotes que esperaban “clientes” en motos. A uno de ellos le dijo: “Me vas a llevar, pero anda más adelante”, porque en esa zona estaba llena de lodo y le daba miedo que sus hijos se lastimaran.

Los militares no la detuvieron y ella, con su niña de tres años, se subieron a una moto. Sus otros dos hijos, a otra.

En Costa Rica se sintió libre. Ahí nomás les aceptaron a sus hijos en la escuela. “La educación que le negaron a mis hijos en Nicaragua se la dieron ahí nomás los ticos”, expresa.

Sufrió por la salud, porque hasta hace un mes la comenzaron a atender en el sistema de salud costarricense, gracias a que una maestra la aseguró a ella y al niño especial, quien ya está recibiendo atención.

El problema que tiene es que no puede trabajar. En Costa Rica es prohibido que los padres se vayan a trabajar y dejen solos a sus hijos. Se los quitan. Los hijos de ella están pequeños y Eliel Misael necesita unos cuidos especiales que son muy caros. Por lo tanto, si ella va a trabajar, todo el dinero se le iría en pagar a alguien para que cuide al niño.

Con ayuda de personas, quienes le regalan comida, se está sustentando, pero su situación es crítica. Ella pide ayuda. Especialmente pide que alguien hable por ella ante las autoridades estadounidenses. El número de WhatsApp de Elea Valle es 506 63844903.

Se siente “herida”

El pasado 30 de mayo de 2022, los exiliados les celebraron el Día de las Madres a las que tuvieron hijos asesinados en las protestas de abril de 2018.

Elea Valle llegó a la actividad y vio que habían hecho pancartas con los rostros de todos los jóvenes asesinados. Pero no vio pancartas con los rostros de sus hijos.

Los promotores de la actividad se sorprendieron cuando Elea Valle alzó la voz para reclamar que sus hijos no tenían pancartas. “¿Por qué a mis hijos no los mencionan?”, les recriminó. “Perdónenos doña Elea”, le dijeron.

En Costa Rica ha sufrido mucho, dice, pues algunos ticos no quieren a los nicaragüenses. Los humillan. En algunas casas que ha alquilado han intentado robarle el depósito después de que la corren del inmueble.

“Yo quisiera estar en Nicaragua. Mi hijo me dice: mamá, ¿cuándo irá a quedar libre Nicaragua, para que nos regresemos?”, manifiesta Elea, quien enfatiza: “Salí de Nicaragua, pero sigo pidiendo justicia”.

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