Las Helíadas y los Helíades eran las siete hijas mujeres y los siete hijos varones de Helios, el dios primario del Sol que en su carro de fuego recorría el cielo de este a oeste, para alumbrar y calentar la tierra.
De Helios dice Robert Graves que: “Despertado por el canto del gallo, que le está consagrado, y anunciado por Eos (la Aurora), recorre diariamente el firmamento en su carro tirado por cuatro caballos desde un palacio magnífico en el lejano oriente (…), hasta un palacio igualmente magnífico situado en lejano oeste, donde sus caballos desenganchados pacen en las Islas de los Bienaventurados. Navega de vuelta a su hogar a lo largo del océano que fluye alrededor del mundo, embarcando su carro y sus caballos en un transbordador dorado hecho para él por Hefesto y duerme durante toda la noche en un camarote cómodo”.
La madre de las Helíadas era la ninfa Clímene, hija de Océano y Tetis, en tanto que la madre de los Helíades era Rodó, otra diosa marina hija de Poseidón y Afrodita.
Los nombres de las Helíadas eran Helie, Mérope, Febe, Eteria, Lampetia, Egle y Dioxipe y, según algunos autores, Faetón habría sido su único hermano varón.
Siendo todavía un niño, travieso como todos los de su edad, Faetón se montó en el carro de fuego de su padre y alzó vuelo. Cuando había subido muy alto en el cielo, no pudo controlar los caballos que se encabritaron haciéndole caer y estrellarse en las aguas del Erídano, uno de los cinco grandes ríos que corren hacia el mundo de los muertos.
Las Helíadas lloraron durante cuatro meses la muerte del hermano pequeño. Y habrían seguido llorando para siempre, de no ser que los dioses se condolieron y las convirtieron en álamos y sus lágrimas en pedazos de ámbar que cayeron en las aguas del Erídano.
En cuanto a los Helíades, sus nombres eran Actis, Cándalo, Cércafo, Macareo, Óquimo, Ténages y Tríopa.
Cuando llegaron a la mayoría de edad, su padre les predijo que la diosa Atenea habitaría entre los primeros que hicieran sacrificios en su honor. Los Helíades llevaron al sitio escogido el animal que debían sacrificar, pero en la prisa se olvidaron de llevar también lo necesario para hacer el fuego. De manera que se les adelantó Cécrope, rey de Atenas, y por eso los habitantes del Ática, y los atenienses en particular, tuvieron la dicha de tener entre ellos a la gran diosa de la inteligencia y la sabiduría.
Helios dio a sus hijos el derecho de gobernar en su isla, Rodas, llamada así en honor de Rodó, la madre de los Heliades. Les concedió el arte de la astrología y fueron ellos los que establecieron el año de 12 meses y dividieron el día, con su noche, en 24 horas.
Helios también enseñó a sus hijos la habilidad de la navegación y el arte de la metalurgia, de los que fueron grandes maestros y por eso prosperaron.
Pero la envidia emponzoñó los sentimientos de algunos de los Helíades, que se llenaron de rencor hacia Ténages, el más inteligente, talentoso y hábil de los hermanos. Y se confabularon para asesinarlo.
Los que no fueron parte del asesinato de Ténages juzgaron a los fratricidas y los mandaron al exilio. Los que se quedaron fundaron la ciudad de Acaia, que llegó a ser la más rica de la isla donde se erigiría la más grande y famosa estatua de la antigüedad, el Coloso de Rodas, que representaba al dios Helios.