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Vladimir Putin decidió invadir Ucrania y el pueblo ruso está pagando cara esa aventura.
Constituidos como Unión Soviética hasta 1991, Rusia y Ucrania formaban parte del mismo país y, cuando los sandinistas gobernaban Nicaragua en los años ochenta del siglo pasado, miles de jóvenes nicaragüenses fueron enviados a estudiar a esos estados soviéticos.
Fueron testigos del supuesto “socialismo desarrollado” que existía en Rusia, donde en realidad los productos eran “de muy mala calidad”, tanto que, cuando se desintegró el país comunista, y comenzaron a llegar empresas de occidente con sus productos, también vieron a los rusos darse cuenta que habían sido engañados con su supuesto desarrollo y cómo comenzaron a disfrutar en masa de las hamburguesas McDonald’s, la Coca Cola, los zapatos deportivos Nike y Adidas, los pantalones Levi’s, entre otros muchos productos occidentales.

Hoy, desde Nicaragua, ya adultos, los nicaragüenses que de joven estudiaron en la Unión Soviética, observan como nuevamente se ausentan de Rusia las empresas occidentales y algunos todavía conservan contactos con rusos, quienes les explican que “hay miedo”, las cosas empiezan a escasear y a encarecer y temen que muy pronto podrían regresar a la época soviética.
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La revista DOMINGO conversó con tres de esos nicaragüenses que conocieron la Unión Soviética antes de la desintegración y también vieron la llegada de McDonald’s, los productos Nivea, las pastas Colgate, los jabones Palmolive y más. Aquí lo que contaron.
Una pasta de diente “amarga”
De entrada, los tres consultados piden que se omita identificarlos, debido a posibles represalias de la dictadura orteguista, que guarda estrechas relaciones con Putin y apoya la invasión rusa a Ucrania.
Al primero llamaremos “Milton” y llegó a la Unión Soviética en 1982, en una época en que, aunque los sandinistas ya tenían tres años de haber llegado al poder en Nicaragua, todavía no había tanta escasez en el país.
Milton pudo sentir el impacto de llegar a la Unión Soviética y constatar que no existían muchas cosas que sí las tenía al alcance en Nicaragua.
“No se hallaba un buen jabón de baño, ni una buena pasta de diente. Sí había bastantes productos de esos tipos, pero eran de muy mala calidad. Lo único bueno es que no subían de precio”, explica Milton.

Álvaro llegó en 1983 y le ocurrió algo similar. “La pasta de diente era amarga y salada”, señala, lamentando que el papel higiénico y el desodorante también eran muy escasos. “Quienes más sufrían eran las mujeres, porque no hallaban toallas sanitarias”, agrega.
Milton recuerda que los nicaragüenses nunca compraban ropa. Era de muy mala calidad y preferían que sus familiares le mandaran por paquetes. En el caso de él, recuerda que su mamá le enviaba unos pantalones azulones que se fabricaban en Nicaragua, marca Jean Pierre. También le mandaban zapatos deportivos marca Harlen.
Josué, otro nicaragüense, recuerda que a él le llamó la atención que los zapatos que vendían en la Unión Soviética eran como muy a la antigua, con unos enormes tacones. Eso no le gustó para nada.
Lo que sí había era comida. Comían bastante papa y carne de cerdo ahumada.
El café es de muy mala calidad en Rusia. Cuando a un nicaragüense le mandaban café molido de Nicaragua, eso era un “tesoro”, asegura Josué.
¿Socialismo desarrollado?
Al contrario de lo que ocurrió luego en Nicaragua, que sufrió bloqueo económico por parte de Estados Unidos, a la Unión Soviética los productos occidentales no entraban por disposición de las autoridades rusas, pues a través de una ideologización le querían hacer ver al pueblo que vivían en un “socialismo desarrollado”, explica Josué.
Cada cinco años, el partido comunista (PCUS) se reunía para dictar los lineamientos económicos del país y era el que decidía qué entraba y qué no a la Unión Soviética. Incluso, tenían restringida la salida del país a los ciudadanos.
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Milton señala que el PCUS tenía la mira especialmente en la industria pesada y por eso desarrollaban bastante maquinaria, como camiones, vehículos de guerra, maquinaria agrícola, pero desatendían la industria liviana. Por eso, por ejemplo, la ropa no era muy buena.

Los tres nicaragüenses concuerdan que, como ellos llegaron en la época de los presidentes Leonid Brézhnev, Yuri Andrópov y Konstantín Chernenko, todavía vieron esa Unión Soviética cerrada a Occidente, pero también vieron la llegada de Mijaíl Gorbachov, quien fue el presidente soviético que comenzó lo que se conoció como la perestroika, el cambio para que finalmente se disolviera la Unión Soviética.
Los últimos años del sistema soviético fueron complejos para los rusos, pues comenzaban a verse productos occidentales y comenzaron a darse cuenta que eran mejores que los soviéticos. Eso fue un golpe fuerte para ellos, explica Milton.
Milton tuvo la oportunidad, en 1990, de asistir a la inauguración del primer restaurante McDonald’s en Moscú, la cadena de hamburguesas más grande del mundo en ese momento.
Recuerda el ambiente de alegría que había, a pesar de que ese día hacía mucho frío y la gente hacía una larga fila de casi cuatro kilómetros.
Ese día Milton vio a gente de todas partes haciendo fila para comprarse una hamburguesa, de una marca que era casi como un símbolo del capitalismo, el sistema opuesto al soviético, el socialismo. “Me acuerdo que los precios de las hamburguesas estaban bastante accesible. Todo fue alegría ese día”, expresa Milton.
Junto a su hijo y su esposa, Milton había viajado desde otra ciudad a Moscú. Valió la pena. Hizo una fila larguísima, pero después de varias horas pudo entrar al restaurante y se comieron tres hamburguesas cada uno.

Oportunidad de “negocio”
Todavía no había caído la Unión Soviética cuando Josué se fue a un bar en Moscú con una camisa que recién le había enviado su mamá de Nicaragua.
De repente, un ruso llegó y le dijo intempestivamente: “Véndeme esa camisa, te doy 100 rublos ya”. Josué se la quitó y se la entregó.
Cien rublos era el dinero equivalente a una mensualidad que le daban a los estudiantes becados en la Unión Soviética y con eso compraban cuadernos, libros y comida principalmente. Así que Josué no la pensó dos veces para vender la camisa.
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“El negocio de los estudiantes nicaragüenses en la Unión Soviética era la ropa. Los rusos se desvivían por la ropa que era de otros países. A mi una vez me compraron una gorra que era de la campaña electoral de 1990, de Daniel. Imagínate vos, esa gorra le encantó al ruso que me la compró. La miró buena”, señala Álvaro.

El nicaragüense recuerda que esa era la única manera que tenían los nicaragüenses de obtener dinero, vendiendo la ropa o zaparos que su familia le mandaba de Nicaragua.
Estudiantes de otras nacionalidades, y que tenían mejores posibilidades económicas, compraban en Moscú caviar en lata de 200 gramos, a 12 rublos, y se iban, por ejemplo, a Italia, donde compradores los estaban esperando para darles a cambio por cada lata cinco jeans.
En la Unión Soviética cada jean se podía vender a 200 rublos. De esa manera, invirtiendo 12 rublos podían sacar mil.
Ni los nicaragüenses, ni los vietnamitas, ni los cubanos, podían hacer eso.
El cambio
Los cambios en la Unión Soviética se fueron dando a partir de la llegada el poder de Mijaíl Gorbachov, en 1985. Gorbachov realizó una serie de reformas políticas y económicas que contribuyeron a reformar el escenario político mundial, contribuyendo en la caída del Muro de Berlín y la finalización de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética.
Los estudiantes nicaragüenses tenían poco acceso a información a lo que estaba pasando. Milton recuerda que él compraba el periódico Barricada de vez en cuando, en Moscú. Las respuestas a las cartas que enviaba a su familia en Nicaragua le llegaban hasta tres meses después.
“Un pueblo noble”
“El ruso es un pueblo noble, el problema son sus autoridades”, explica Milton.
A pesar de las limitaciones, los estudiantes nicaragüenses vivían bien en la Unión Soviética. Las películas, especialmente las que llegaban de Turquía, eran muy buenas.
En 1990, cuando llegó Rambo, fue una sensación, indica Milton. Pero también había buen cine ruso, añade, recordando películas como Moscú mi amor y Moscú no cree en lágrimas.
Cuando Milton regresó a Nicaragua en 1991, extrañó no escuchar de cantantes rusos muy buenos, como la cantante Ala Pugachova o el cantante Valeri Leóntiev. Después se percató de que “eso no sonaba en el mundo occidental”.

Las comidas rusas son muy buenas, asevera Álvaro, quien recuerda que al principio no le gustaba una sopa que se llama akroska, pero al final terminó encantándole.
Josué explica que es una lástima que el pueblo ruso deba retroceder a los años soviéticos, que, aunque no eran totalmente malos, sí eran de mucha escasez y limitaciones.
Aún se escribe con amigos rusos, quienes le explican que todo está escaseando y poniéndose más caro con la salida de muchas empresas occidentales, como una forma de castigar a Putin por invadir a un país más pequeño y poner en peligro la paz mundial.
“Las palabras que ellos usan es que hay miedo. Miedo porque, aunque han pasado los años todavía está la memoria histórica de Josep Stalin, el dictador soviético, quien tenía una policía, milicia le llaman ellos, que un solo soldado podía disolver una gran disputa entre varias personas. Era una policía totalmente represiva y en esas mismas circunstancias están ahora”, señala Josué.
Álvaro cuenta que un amigo le ha explicado que en este momento WhatsApp solo le está permitiendo a los rusos mensajes de texto. “No hay envío de audios, videos, menos una llamada. Y solo así se están comunicando porque no confían en Telegram, ya que es propiedad de un ruso”, manifiesta.
Los tres nicaragüenses que conversaron con DOMINGO insisten en que el pueblo ruso es “muy bueno, muy solidario”. “El problema son sus autoridades”, repiten.
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