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Cynthia Samantha Padilla Jirón es la presa política más joven en las cárceles de Daniel Ortega. ARCHIVO

La inquieta y rebelde Samantha Jirón

Una muchacha a la que los castigos de su madre no la hacían cambiar de parecer cuando era una niña, es hoy la presa política más joven que tiene Daniel Ortega en las cárceles del país y quien dejó “con la boca abierta” a policías y al juez que la condenó a ocho años de prisión

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Samantha no es una joven común de 22 años. Quienes la conocen, destacan su capacidad para hablar, comprender y hacer propuestas sobre temas políticos y económicos. También sobre problemática de carácter social.

Esa capacidad dejó “con la boca abierta” al juez Séptimo de Distrito Penal de Juicio de Managua, Melvin Leopoldo Vargas García, y a los policías presentes, cuando el Ministerio Público presentó dos videos como prueba en el juicio en contra de la joven el pasado tres de marzo.

Su madre, doña Carolina Jirón, estuvo presente en el juicio y relata que los videos eran dos entrevistas que Samantha había brindado a medios de comunicación internacionales explicando la situación de Nicaragua, hablando sobre las elecciones y los presos políticos.

El juez y los policías “con la boca abierta, diciendo que estaba bien entrenada, que cómo era posible”, cuenta doña Carolina, pero para ella, que conoce muy bien a su hija no le sorprende. Más bien la enorgullece.

Samantha es la mayor de sus tres hijos, pero la de menor edad entre las mujeres presas políticas de Daniel Ortega. El pasado siete de marzo Samantha fue condenada a ocho años de prisión por el supuesto delito de “conspiración para cometer menoscabo a la integridad nacional en perjuicio del Estado de Nicaragua” y haber realizado “propagación de noticias falsas”.

Además, el juez Melvin Vargas le impuso una multa de 30,000 córdobas.

Samantha aprendió a dibujar y pintar desde muy pequeña y se ha convertido en uno de sus pasatiempos favoritos. CORTESÍA

Rebelde y traviesa

Cinthya Samantha Padilla Jirón es su nombre legal, pero ella prefiere no seguir usando el apellido de su padre. Según doña Carolina, en la última visita en que pudo ver a su hija, ella le dijo que buscara un abogado para quitarse el Padilla porque su padre está “ausente” en su vida.

“En la vida de ella, eso es lo único que ha hecho él. Ponerle ese apellido (Padilla) y mandarla a llamar cuando él se enferma”, cuenta su madre, y agrega que, hasta la fecha, el hombre no ha llamado para preguntar por la situación de su hija.

Entre sus amigos, muy pocos conocen su primer apellido. “La conozco solo por Jirón. No sabía que era Padilla hasta que salió en los medios”, dice una amiga cercana de Samantha que solicita anonimato.

Esta joven creció con Samantha en su natal Masaya. Eran amigas del barrio, pero como la familia de la hoy presa política se mudaba constantemente, no siempre vivieron cerca, pero se mantuvieron en contacto.

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Doña Carolina dice que desde siempre ha sido madre soltera. Desde que nació Samantha el 16 de enero del 2000, “era bien rebelde, nunca estaba quieta”, cuenta su madre, y cuando aprendió a caminar, se iba a la calle a jugar con los demás niños.

“Tal vez me metía a bañar y cuando salía ya no la encontraba”, recuerda doña Carolina con gracia y ternura aquellos días cuando los castigos que le ponía a Samantha por alguna travesura no servían para nada. La pequeña Samantha reincidía.

Desde muy pequeña, Samantha demostró ser una niña extrovertida e inteligente. CORTESÍA

Desde pequeña mostró ser muy extrovertida y en la primaria fue muy sobresaliente. Un día, doña Carolina vio un anuncio en el periódico HOY del proyecto Mentores Solidarios, de la Fundación Violeta Barrios de Chamorro, que consistía en brindar becas para estudiantes de secundaria de escasos recursos y con buenas notas.

Doña Carolina aplicó al proyecto y consiguió una beca para que su hija estudiara en un colegio privado de Masaya.

Samantha en colegio de varones

La beca que había ganado Samantha por sus buenas calificaciones la llevaron a estudiar en el colegio salesiano Don Bosco, de Masaya. Su madre cuenta que representó un reto porque fue una de las dos primeras niñas en estudiar en ese colegio, que históricamente había sido solamente para varones.

“Eso fue un revuelo”, recuerda doña Carolina. Casi semanal, las monjas del colegio la mandaban a llamar para ponerle quejas de Samantha. “Como que llegó a causar una revolución la presencia de ella, especialmente de ella”, relata.

Lo que las monjas le daban a entender a doña Carolina es que su hija “coqueteaba” con los demás niños y era muy cercana con ellos. “Pero esa es su personalidad”, les explicaba siempre doña Carolina, hasta que con el tiempo se acostumbraron a la manera en que Samantha socializaba con sus compañeros.

Además de su secundaria, Samantha estuvo en un proyecto social en donde aprendió a dibujar y pintar. Su madre cuenta que hasta la fecha continúa pintando y lo hace bastante bien. En este proyecto asistió a capacitaciones sobre equidad de género y violencia hacia las mujeres, y ahí empezó a interesarse en temas de feminismo.

Poco a poco, mientras crecía, Samantha se fue interesando por proyectos sociales y a los 14 años se inscribió como voluntaria en los bomberos de Masaya. Ahí aprendió a brindar primeros auxilios y técnicas para sofocar llamas.

En el colegio Salesiano, un excompañero de clases la recuerda dando talleres de primeros auxilios y también organizando ferias científicas. “A ella le gustaba mucho andar en esas cosas. La verdad es que cuando uno está chavalo no le presta atención, pero ahora que estamos un poco más maduros, nos damos cuenta que ese tipo de iniciativas eran importantes”, dice el joven que estudió con ella en secundaria.

De igual manera, empezó a rescatar animales y es algo que hasta la fecha lo continúa haciendo. “Aquí en la casa tiene cinco gatos que ya no los aguanto”, cuenta doña Carolina. Pero además de felinos, Samantha ha llevado perros y una vez hasta se apareció con “un conejo todo sarnoso y después ahí anduvo pidiendo para curarlo”, relata su madre.

Doña Carolina dice que no tiene casa propia y que desde siempre ha vivido alquilando, o en casas de amigos o familiares, pero no importaba donde vivieran, Samantha siempre socializaba con los vecinos y se hacía amiga de la gente en el vecindario.

Samantha junto a su madre, doña Carolina Jirón y sus dos hermanos menores. CORTESÍA

En la balacera sin permiso

Doña Carolina ya la había sentenciado.

—Cuidadito te me volvés a ir —le dijo a Samantha un día de mayo de 2018

Fue en vano. Cuando se percató, su hija Samantha estaba en los tranques de Masaya dando primeros auxilios a los heridos de las protestas.

Desde antes que iniciaran las protestas en contra de Daniel Ortega, a Samantha ya le llamaba la atención la política, cuenta su madre. “Me ponía documentales y que usted sabe que tal cosa pasó en tal país y que la guerra. ¡Ay Dios mío! A mí me ponía grave, pero yo lo tenía que ver porque si no se enojaba”.

Con el estallido de la crisis política en abril de 2018 y la represión estatal, Samantha se sumó a ayudar heridos con sus conocimientos de primeros auxilios. Para su madre, fueron tiempos “terribles”. Pensaba que en cualquier momento podían dispararle a su hija.

Tras la operación limpieza en julio de ese año, Samantha tuvo que salir del país hacia Costa Rica. Dejó su colegio en Masaya y un año más tarde pudo bachillerarse en la escuela Marco Tulio, en San José, Costa Rica.

En ese país fue donde empezó a involucrarse más con organizaciones opositoras y trabajó en la Fundación Arias para la Paz. Su madre también comenta que, en su afán por ayudar a las personas, su hija estudió un curso de asistencia a pacientes en Costa Rica.

Tiempo después, Samantha no soportó estar lejos de su familia y decidió regresar en 2020. Empezó viviendo en clandestinidad hasta que se integró a la Unidad Nacional Azul y Blanco (UNAB), sin embargo, según su madre, “se decepcionó” y decidió abandonar la agrupación opositora.

Samantha se encontraba viviendo en semiclandestinidad cuando fue detenida el ocho de noviembre. Su amiga que solicita anonimato, relata que Samantha tenía la intención de abandonar poco a poco las agrupaciones políticas y dedicarse a sus estudios y su familia.

En ese momento, la joven estaba cursando dos carreras. Llevaba tercer año de Ciencias Políticas en la Universidad Paulo Freire (UPF), la cual fue ilegalizada por el régimen de Ortega el pasado mes de marzo, y también estudiaba Relaciones Internacionales en la universidad American College, pero luego se cambió a Comunicación Social.

Según su madre, Samantha hizo el cambio de carrera porque sentía que tenía vocación para dedicarse a la comunicación.

La joven también participaba en espacios de opinión y debates políticos, e incluso escribía una columna en el diario LA PRENSA.

Samantha en una manifestación de nicaragüenses en Costa Rica opositores al régimen de Daniel Ortega en el año 2019. CORTESÍA

Su familia y la cárcel

Los hermanos de Samantha tienen 18 y 14 años respectivamente. Los ama. Y aunque ha dicho que no está interesada en tener hijos, su madre dice que con sus hermanos tiene un instinto maternal

“Todo este tiempo ella ha sido mi brazo derecho y me ha ayudado a sacarlos adelante”, relata doña Carolina, quien trabaja cocinando y a veces lavando y planchando ropa. Con eso mantiene a sus hijos y garantiza la paquetería de Samantha.

“A veces me levanto y me siento súper rendida, cansada, terrible, pero yo no puedo abandonar a mi hija. Ella solo cuenta conmigo. No tiene a nadie más”, comenta doña Carolina mientras se dirige a un supermercado a buscar parte de la paquetería que le tiene que llevar a Samantha esta semana.

Samantha está detenida en la cárcel de mujeres La Esperanza, en una celda de máxima seguridad, la cual comparte con la también presa política Evelin Pinto. No les permiten salir y las reas comunes tienen prohibido hablar con ellas.

Según ha contado la joven a su madre, en la prisión les dan un poco de arroz y frijoles los tres tiempos y su madre le lleva paquetería cada ocho días. Le permiten meter ciertos alimentos. Para esta semana, Samantha pidió tortas de maduro.

Uno de los amigos más cercanos de Samantha, es Alex Hernández, con quien aparece en esta fotografía. Hoy, ambos son presos políticos de la dictadura de Daniel Ortega. CORTESÍA

La joven tiene un problema en los pulmones que según su madre no ha podido revisárselo a profundidad, pero es un padecimiento que acarrea desde muy pequeña por una gripe mal curada. “Es como un pulmón obstruido nos dijeron una vez”, dice doña Carolina, y por eso Samantha normalmente se enferma de gripe o tos.

También tiene problemas con sus dientes porque le están saliendo las muelas cordales y tiene que ajustarse los frenillos que acababa de ponerse apenas un mes antes de su detención y que hasta la fecha no le han permitido que la vea un especialista para que se los ajuste.

Doña Carolina confía en que su hija no tenga que pasar los ocho años en prisión a los que fue condenada. Espera que salga antes y que pueda culminar sus estudios, “porque ella tiene la capacidad para ser una gran profesional”.

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