Con una chaqueta (chamarra) color rojo vino y de gorra oscura con el escudo de Nicaragua, se presentó Daniel Ortega a su quinta toma de posesión presidencial, fuera de todo el protocolo que exige una ceremonia oficial de investidura.
Su inseparable esposa y cogobernante, Rosario Murillo, no se dejó opacar por la chaqueta roja de Ortega: compitió por la atención con un vestido largo, de manta desteñida en rosa, con una capa color violeta encima y sobre sus hombros un reboso también rosado, pero de textura reluciente y estampados florales. Como ya es habitual, usando varias pulseras brillantes y anillos en cada dedo.

Ortega, de 76 años, entra a otro mandato por un período de cinco años (2022-2026). La primera vez que asumió la presidencia tenía 39 años, para el período 1985-1990. Perdió las elecciones de 1990, pero regresó a gobernar en 2007. Desde entonces ha retenido el poder con acusaciones de fraudes electorales, manipulación de las leyes, concentración de poder y represión contra todo tipo de oposición y crítica.
La toma presidencial de este lunes se realizó en un contexto de rechazo internacional por la deriva autoritaria de Ortega. Fueron tan pocos los delegados extranjeros asistentes al acto de investidura, que a Ortega le dio tiempo de saludarlos uno por uno, e incluso se tomó fotos con algunos.
Muchísimo menos fueron los presidentes asistentes: solo tres, Miguel Díaz-Canel, de Cuba; Nicolás Maduro, de Venezuela, y Juan Orlando Hernández, de Honduras; a los dos primeros, Ortega hasta los fue a traer al parqueo de la Plaza en que se realizó el acto y los llevó personalmente a la tarima ceremonial.
También le dio una especial atención al presidente saliente de Honduras, Juan Orlando Hernández, con quien habló por varios minutos al finalizar el acto y se notaba que era una plática sin bromas.
En un escenario enflorado por doquier, con una gigantesca estrella de cinco puntas en medio de la Plaza de la Revolución de Managua, comenzó un acto de juramentación que parecía improvisado.

Murillo no sabía dónde ubicarse cuando estaba frente a la presidenta del Consejo Supremo Electoral (CSE), Brenda Rocha, quien le entregó a la pareja sus credenciales de presidente y vicepresidenta de Nicaragua. Murillo no sabía si colocarse a la derecha o a la izquierda de su esposo, en uno de los momentos más importante de la ceremonia, y se movía de un lado a otro desorientada.
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Tras la juramentación realizada por el presidente de la Asamblea Nacional, Gustavo Porras, Ortega se adueñó del micrófono e inició juramentando a su gabinete, quienes de igual manera vestían en la completa informalidad, todos alineados al guión de usar camisas o camisetas blancas.

Luego Ortega presentó ante los invitados a la presidenta del CSE, quien además hoy demostró ser una leal militante del partido gobernante Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN).

Con Rocha a la par, Ortega volvió a contar la historia de ella, quien cuando tenía 15 años perdió su brazo derecho en un atentado en el sector minero del país, en plena guerra civil de los años ochenta. El mandatario se quejó de que hoy Rocha fue sancionada por Estados Unidos, al igual que otros funcionarios e instituciones afectadas con sanciones, como un mensaje de rechazo a la investidura de Ortega. En eso se equivocó, porque fue la Unión Europea que aplicó sanciones a Rocha, a entidades y otros funcionarios orteguistas.
Mientras Ortega lanzaba su parafernalia, Murillo, una mujer hiperactiva, no dejaba de moverse, de acomodarse el reboso, de dar órdenes, de llamar y mantener cerca a su hija Camila, quien se muestra como su asistente.

Cuando los invitados ya habían pasado de pie por alrededor de 35 minutos escuchando a Ortega, Murlllo le dijo a Ortega que los mandara a sentar, aunque algunos, ya rendidos, se habían sentado desde antes, entre estos la diputada María Haydee Osuna, del PLC, y la sandinista Gladys Báez, ambas de la tercera edad.
Se pudo notar también a través de la trasmisión de la cadena obligatoria de televisión, que la presidenta de la Corte Suprema de Justicia (CSJ), Alba Luz Ramos, se quitó un zapato, tras el largo rato de estar de pie escuchando a Ortega.

Murillo ya había decidido buscar su lugar para sentarse minutos antes, se separó de su esposo del lugar donde decidió dar el discurso y se sentó junto al presidente Nicolás Maduro en la mesa ceremonial. La vicepresidenta se volteaba a cada momento hacia Maduro, hablándole mientras él sonreía y parecía querer prestar atención a lo que decía Ortega.
El acto duró una hora y media. Ortega finalizó su intervención celebrando los acuerdos y convenios firmados por su hijo, Laureano, esta misma tarde con la delegación oficial de la República Popular de China, encabezada por Cao Jianming, el enviado especial del presidente Xi Jinping y el primer vicepresidente del Comité Permanente de la Asamblea Popular Nacional.