Los católicos verdaderos estamos asentados en el amor que es la esencia de la enseñanza de Jesús. Precisamos también de una muy clara definición de quiénes somos y cómo somos. De allí que es importante la puntualización que hacemos al decir católicos verdaderos… ¿acaso hay católicos falsos o ficticios?
¡Sí, los hay!… mezcla de espiritistas, esotéricos, vudúes con fachada de católicos, que viven de agüeros, horóscopos, supersticiones y adivinaciones, y se valen de imágenes de santos conocidos del catolicismo, para con sus malabarismos santeros, contaminar a la Iglesia católica. ¿Quién te ha dicho que esa mezcolanza mefistofélica es catolicismo?
Y aún más, hay en medio un grupo no pequeño de «indiferentes» que dicen «ser católicos a su manera», se confiesan “con Dios directamente», se refieren a las hostias consagradas en la Eucaristía como «galletitas» ; desacreditan la enseñanza de los pastores, desconocen la persona y autoridad del papa y sus obispos. Estos son tremendamente dañinos, verdadera quintacolumna en el seno de la Iglesia.
Es preciso restablecer en la Iglesia toda una enseñanza bien estructurada, que viniendo desde la misma jerarquía fluya en los seminarios de formación, parroquias y toda organización donde la Iglesia tenga presencia; enseñanza puntualizadora que establezca la diferencia entre lo que es ser católico verdadero y falso católico, cuyo eufemismo más común sería «católico de nombre». La nueva generación que precisa ver todo con claridad, así lo exige.
La degradación moral, que en aras de la libertad personal y enarbolando el slogan «somos dueños de nuestros cuerpos», que encamina a la humanidad a un siglo de «No principios ni valores», demanda también, además de una Iglesia de prédica y proclamación, una Iglesia de escuela., una Iglesia no solo de púlpito o micrófono, sino también de pupitres y escaños o taburetes.
Es muy cierto que es menester introducir de manera sistemática la formación de valores en la educación en todos sus niveles incluyendo el universitario, sin embargo en la premisa de que la familia es la célula que da origen al tejido social, y siendo que ésta se encuentra seriamente afectada por la presencia de anti valores, es urgente e importante que la Iglesia católica emprenda una enseñanza iluminadora a manera de catequesis ética- moral que promueva la formación de valores tanto en la jurisdicción parroquial, como en las casas u hogares. Es necesario que nuestra sociedad pueda distinguir diáfanamente lo que es nuestra Iglesia, y a la vez, lo que no es.
Los enemigos de la Iglesia han dirigido sus campañas en contra, valiéndose de una estrategia bien planificada sustentada en mentiras y desprestigio a la institución, que casualmente progresan en la mente especialmente de los jóvenes por esa falta de definición de lo que «realmente somos».
Sé muy bien que al final de cuentas la opción es personal y, aún más, que está ligada a la conversión de cada quien, pero estimo que esto no quita que el gobierno de la Iglesia planifique una estrategia que nos permita definirnos. Es preciso esclarecer a la generación presente que crece entre valores y anti valores, entre verdad y mentira, entre lo real y lo que aparenta serlo, que la Iglesia Católica conserva la fe popular como preservación pura de nuestras raíces, sin que se lesione el Catecismo, ni adultere el Evangelio de Jesucristo; que el credo católico es una oración comunitaria que proclama verdades todas contenidas en la Biblia; que la iglesia Católica proclama la justicia social sin aceptar que esto sirva de vehículo para un discurso de odio, ni hervidero para mantener atizada subliminal o abiertamente la llamada lucha de clases; que el catolicismo tiene su origen en la Iglesia primitiva cristiana con María la Virgen Madre acompañando a los apóstoles en la oración en el Cenáculo; que el apóstol Pedro por selección explícita del Señor y a través de una sucesión apostólica representada en el papa, la dirige; que está asentada en Cristo, como la piedra angular que mantiene esta edificación indemne a través de los siglos y la historia.
Es necesario enfrentar el reto que plantea una sociedad que pretende vivir una religión a su manera, que no alcanza a entender que toda relación con su creador debe pasar por el tamiz de la moral y la educación; tanto es así que usted encontrará significativo número de católicos que concurren con regularidad a la misa y celebraciones religiosas, y sin embargo, su cotidiano vivir en la familia y sociedad, está reñido con la moral y la ética natural.
Es preciso catequizar desde el sofá o taburete de la casa y desde las bancas de las parroquias, que el mensaje de Cristo no se limita a un cumplimiento cultural, sino que lleva consigo la exaltación axiológica más sublime y concreta al cultivo de la verdad, de la amistad, la bondad, solidaridad, rectitud, honestidad, la libertad, la puntualidad, el respeto y la justicia; en síntesis de los valores que enaltecen al ser humano… que no se puede ser católico y a la vez cruel, malversador o deshonesto.
¡Cristo no solo convierte, también moraliza y educa! La integralidad de la conversión a Cristo y la pertenencia a su Iglesia, trasciende el arrepentimiento y la decisión de aceptar su enseñanza, sino que se sublima con la práctica de los valores o virtudes del individuo, con lo que las sociedades, naciones y en suma la humanidad, obtiene una mejor calidad de vida.
La Iglesia debe presentar a Jesús y su mensaje con la capacidad de provocar un «hombre nuevo», pero también debe enseñar que a la vez llama a este nuevo hombre a vivir una vida de mejor calidad, mediante la práctica de estos valores que gratifican su existencia.
Quizás esta integralidad sea capaz de producir integridad en el hombre, y esto explique la afirmación de Francisco de que el cielo también puede ser para los ateos.
Dice el Pontífice: «Debemos encontrarnos el uno al otro haciendo el bien. ‘¡Pero no creo, padre, soy ateo!’. Pero haz el bien: todos nos encontraremos allá. Padre, ¿y los ateos?’. Incluso los ateos… ¡Todos!”.
Que el 2022 sea para la Iglesia católica nicaragüense el arranque de una escuela de valores, nuestro país lo necesita y me atrevo a afirmar que el Señor lo quiere.¡Feliz y bendecido 2022, a todos!
El autor es médico.