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Carlos (nombre ficticio por seguridad), un nicaragüense de ahora 38 años, pasó un mes sin bañarse, a oscuras, golpeado y viviendo sobre sus heces. Era febrero de 2019 y le había pagado a un coyote 2,000 dólares para que lo cruzara a Estados Unidos, pero eso nunca ocurrió y, en cambio, en el trayecto quedó secuestrado. Su pesadilla terminó un día de marzo cuando vio entrar al cuarto donde permanecía a Miguel Ángel Macías Avitia y escuchó que le decía: «Estás bien, vengo por ti, somos de los buenos».
Macías Avitia es un mexicano que se dedica a rescatar a migrantes secuestrados por bandas criminales. Ese día de marzo llegó hasta Durango, México, donde permanecía raptado el nicaragüense, luego de recibir una llamada de un amigo puertorriqueño, quien es policía en Estados Unidos, pidiéndole ayuda para localizar al nicaragüense secuestrado. «Mi amigo me pasa el dato de este nicaragüense y me dice que a la hermana la están extorsionando, yo comienzo a investigar y doy con el paradero de él y descubro que está en condiciones infrahumanas, no pude quedarme quieto ante eso», cuenta Macías a LA PRENSA.
Carlos recuerda que vio a su salvador entrar al cuarto vestido de negro y armado. En el lugar estaban otras 14 personas secuestradas: hondureños, nicaragüenses, cubanos y mexicanos.
«Armamos la gira y nos fuimos por tierra. Era una finca, estaba a espaldas de un cerro llamado el Cerro del Mercado. Era una casa de dos pisos, con varios cuartos. Nosotros no pedimos permiso a la Policía, éramos cuatro personas, y decidimos actuar en la madrugada e interrumpimos. Todos gritaron. Recuerdo que habían dos personas cuidando (secuestradores). A uno lo sometimos y el otro fue neutralizado», relata Macías. Someter, según él, es usar la fuerza, y neutralizar es desmayar.
Una vez localizó al «objetivo», como llama al nicaragüense, le dijo que iban a rescatarlo. «Me abrazaba y me abrazaba», cuenta. «Lo sacamos agachado, liberamos a los otros rehenes y nos fuimos. Llamé a mi amigo a Nueva York, y le dije ‘tengo aquí al principal (objetivo), está sano y salvo. Me acuerdo que lo llevamos a un hotel para que comiera y se bañara», relata Macías.

Exmilitar y protector de periodistas
Pero el rescate de Carlos, el nicaragüense, no es un evento aislado en la vida de este mexicano de 51 años. Perteneció al ejército mexicano en el área del grupo Aeromóvil de Fuerzas Especiales, pero se retiró hace 21 años. Desde entonces creó su empresa de seguridad llamada Impulse Seguridad.
«Me ha tocado trabajar en diversos países, tanto brindando la seguridad a periodistas como tener que hacer operativos privados y un tanto clandestinos en México, Colombia, Venezuela y Honduras», cuenta Macías, quien cobra por estos servicios, sin embargo, los rescates a migrantes los hace gratuitos.
Desde 2010 Macías se ha especializado en proteger a periodistas en coberturas periodísticas. Cuenta que ha trabajado con cadenas importantes de medios de comunicación como Univisión, The New York Times, Telemundo, NBC, Televisa, Fox News y CNN.

La periodista Tifani Roberts, reportera de Univisión, cuenta que muchos periodistas le deben la vida a este mexicano.
«Yo conozco a Miguel Ángel desde hace más de diez años, lo conocí porque él nos daba seguridad cuando en Ciudad Juárez eran muertos por todos lados. Yo he tenido muchas experiencias con Miguel Ángel, hemos estado bajo serios peligros, si no fuera por él no podríamos hacer nuestro trabajo. Él tiene una experiencia militar, es muy cuidadoso, es muy profesional. Después de diez años tenemos una amistad, es de esas personas amables que además que te dan seguridad, te dan amistad. Yo sé que es incondicional, yo lo llamo y le digo que rescate a alguien y lo hace», cuenta Roberts a LA PRENSA.

«Él es un hombre de gran corazón, pero altamente profesional, conoce su trabajo. Yo, mi vida, mi seguridad las pongo en manos de Miguel Ángel, con los ojos cerrados. Él ha trabajado con medios de comunicación grandes. Él es un punto de referencia en Ciudad Juárez, y también nos ha ayudado fuera de Ciudad Juárez», agrega Roberts.
«No se puede ser indiferente»
Macías dice que rescatar a migrantes no ha sido planeado, «se ha presentado la ocasión y alguien tiene que ayudar, no se puede ser indiferente, ni todo tiene que ser negocio, hay que ser sensible».
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El exmilitar trabaja con un equipo que le ayuda a montar los operativos. Explica que el trabajo empieza con la labor de inteligencia, desde conseguir los datos de la persona secuestrada, ver cuál es la situación, cuáles son los riesgos potenciales, si lo puede hacer solo o con alguien de su equipo, si se necesita armamento, vehículos, visualizar los lugares donde se trasladará a la persona rescatada, entre otros, detalla.
Sin embargo no todo ha salido bien. El rescatista recuerda un episodio doloroso cuando un nicaragüense de 20 años estaba secuestrado en Tamaulipas, México, pero a quien no pudo rescatar con vida. Fue hace varios años, no recuerda cuántos exactamente. «Una familia de Nicaragua me contactó para poder rescatar a un familiar de ellos que lo tenían secuestrado. Lamentablemente llegué tarde, y un grupo delictivo denominado ‘los Z’ mataron a varios migrantes en un poblado llamado San Fernando. La persona que yo rescataría era hijo de personas del campo, eran campesinos», recuerda Macías.
El rescate de la periodista Marisol Balladares
Macías rescató recientemente a la periodista nicaragüense Marisol Balladares y a su hija Gloria Elena Escorcia, quienes huyeron de Nicaragua el pasado 14 de julio por la represión orteguista. «Recibí una llamada de Tifani (Roberts) y me dijo que quería pedirme un favor, que había una periodista con su hija y otra muchacha, que habían sido deportadas a Ciudad Juárez y que estaban en un área fea de la ciudad, que habían sido acosadas, que intentaron secuestrarlas un tratante de blancas, y que pasaron por varias situaciones de riesgo. Le pedí los datos de ellas, y le dije que les marcara ella y les dijera que yo iría», cuenta el rescatista.
«A Marisol y su hija las saqué de un motel de paso, en un área de Juárez, llamada Waterfill, llegué al motel armado y ellas estaban en la entrada, ellas estaban todas temerosas», dice.
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Macías cuenta a LA PRENSA que pusieron a salvo a Balladares y a su hija durante una semana y media, «se les proporcionó dinero y movimos algunos contactos en Migración mexicana para saber qué se podía hacer y que no fueran detenidas y deportadas», dice.
En cada rescate, Macías dice que su equipo y él le piden al «gran arquitecto del universo que nos cuide y sea nuestro mejor chaleco antibalas». Ha recibido amenazas por realizar este trabajo, pero sigue haciéndolo porque su mayor recompensa es salvarle la vida a una persona. «No importa quién sea, de dónde sea. Yo tengo esposa, hijos, hermanos, y no me gustaría que sufrieran algo así. Solo le pido a Dios que nos ayude en cada misión y nos permita salir con bien y que regresemos todos a casa y que ‘el principal’, como nosotros le decimos a quien rescatamos o cuidamos, llegue con bien».
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Un rescate exitoso
Al día siguiente del operativo donde rescató al nicaragüense Carlos, se regresaron por tierra, pero entre la ciudad de Chihuahua y Ciudad Juárez había un retén de Migración, ellos debían pasar por ahí y portar identificaciones. Pero Carlos estaba ilegal. «Le hicimos una identificación como que era elemento nuestro para que pudiera pasar, él iba indocumentado, logramos pasar y estando en Juárez vinieron sus familiares y lo entregamos», relata Macías.
Macías dice que los familiares de Carlos habían pagado a otro coyote para que lo pasaran a Estados Unidos y lo logró. «Miguel Ángel me pidió la última vez que lo vi que no me acordara de nada, que olvidara todo, que incluso él no existía, pero no se me olvida nada», dice Carlos.
«Procuramos no tener contacto con los principales, si yo empiezo a tener sentimientos, no voy a pensar con la cabeza y sí con el corazón. Cuando nos despedimos de él, nos abrazó, le dije: ‘No nos conocemos, nunca estuve donde dices que estuve, si te veo, no te conozco'», dice Macías quien pide únicamente a los rescatados que sean buenos ciudadanos y oren por él y su familia.
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Ahora Carlos vive en Nueva York y lleva una vida estable, rodeado de su familia. Trabaja en una área de corrección literaria, donde producen libros en español. Asegura que le debe la vida a este ángel.
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