El odio contra España

¿Merece España nuestro odio o cariño? ¿Le debemos agradecimiento o rencor? ¿fue para la América indígena maldición o bendición? Desde la óptica de nuestro gobierno a través de Murillo, el imperio español fue un ente rapaz que impuso un yugo cruel y genocida sobre unos indios que vivían existencias idílicas y pacíficas.

Caricaturas como esta, maniqueas y simplistas, no son producto de un examen serio de los hechos, sino de tergiversaciones históricas acuñadas primero por los ingleses y otros imperios rivales, luego bienvenidas por los protestantes, enemigos del catolicismo, y, contemporáneamente, por la sarna ideológica marxista.

La realidad es muy distinta. A la venida de Colón los indios de Mesoamérica estaban sometidos al cruel imperio Azteca. Estos asolaban las tribus vecinas con verdaderas cacerías de hombres, mujeres y niños, a fin de sacarles el corazón en ofrenda al terrible Huitzilopochtlt, deidad de un culto verdaderamente diabólico La película “Apocalipto” describe muy bien el horror de estas incursiones. Hernán Cortés fue, para estos oprimidos, un liberador. Tan es así que sus triunfos militares se debieron al apoyo que recibió de millares de indios Tlaxcaltecas.

Nicaragua no estaba exenta de prácticas atroces. Las víctimas eran sacrificadas a sus sangrientos dioses arrojándolas al cráter del volcán Santiago. Nuestros indígenas practicaban además el canibalismo. No habían superado la etapa del neolítico. No conocían la escritura ni nociones algunas de derecho. Escribió al respecto nuestro gran intelectual Emilio Álvarez M., que ellos vivían en un estado de “permanente zozobra, temerosos de ataques sorpresivos de sus vecinos rivales, o la invasión masiva de oleadas de desplazados del norte que llegaban periódicamente a invadir sus tierras”.

La conquista española, que se logró sin muchas resistencias, y relativamente poca sangre —en Nicaragua fue mínima— acabó con estas costumbres atroces y trajo una civilización superior. Es cierto que en el proceso hubo conquistadores rapaces y crueles, que intentaron esclavizar indios. Pero fueron frenados, desde muy temprano, por la corona y la iglesia. Los frailes, en particular, hicieron una labor heroica defendiendo a los nativos, educándoles, sacándolos de la oscuridad de sus sangrientas creencias, y llevándolos a las bondades del credo cristiano. Aún autores agnósticos como Vargas Llosa, han reconocido como ellos contribuyeron “a modernizar, enriquecer, con aportes occidentales, sus costumbres, sus creencias, su arte y, sobre todo, su música. En vez de armas, traían instrumentos de música”.

Entre los grandes aportes que dejó la colonización española descuella el cristianismo; la herencia más valiosa desde la perspectiva de la fe, y aún desde la perspectiva puramente secular, que lo reconoce como un credo profundamente compasivo y humanizador. Junto con él vinieron otros legados de la civilización occidental; el lenguaje unificador, que fue el castellano, el racionalismo, los conceptos de derecho, su literatura, arte y cultura.

Sin idealizarla, es preciso reconocer que durante la colonia reinó la paz y se construyeron magníficas iglesias y ciudades, como León y Granada, admiradas en toda Hispanoamérica. Mientras los indios, en palabras de Coronel Urtecho, “aceptaron el hecho del dominio español con su atávica sumisión… No fueron nunca perturbadores de la paz, sino al contrario, sus más grandes disfrutadores”. Pero vino después la independencia, o la “liberación del yugo español”, como dirían los odiadores de España, y Nicaragua, entre las muchas excolonias, se precipitó por décadas en un abismo de guerras civiles y anarquía bajo el yugo de los caudillos. León y Granada fueron incendiadas mientras los indígenas eran forzados, como carne de cañón a morir en guerras que no entendían. .

La colonia no fue perfecta. Sombras se pueden encontrar en toda empresa humana. Como en el caso de la irrupción del sandinismo en la Costa Atlántica durante la revolución. ¿Acaso sus abusos no produjeron la rebelión de las etnias miskitas? ¿Acaso fueron colonizadores benignos cuando recolocaron a la fuerza a millares de miskitos tras quemarles sus ranchos y haberes? ¿A qué entonces rasgarse las vestiduras los que han hecho y siguen haciendo tantos atropellos contra su propio pueblo?

Condenar a España puede ser producto de la ignorancia, el fanatismo o la hipocresía. Es muy posible, también, que sea en el fondo odio a la cruz que trajo consigo. Los odios suelen tener un origen espiritual.

El autor es sociólogo e historiador.

Opinión España genocida Mesoamérica Nicaragua archivo
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí