Fue aquella mañana esplendorosa, del 19 de julio de 1979, que una multitud delirante celebraba el fin de la dictadura mientras las campanas de Catedral batían a rebato anunciando una aurora preñada de esperanzas y sueños de liberación.
Ya no más. El sueño se derrumbó, las esperanzas se esfumaron. Hoy, algunos que entonces descorcharon champagne, expresan ahora su desilusión. Como Gioconda Belli: “Reconozco que fui ingenua, que el romanticismo de la revolución me sometió y que todos fuimos cómplices de aceptar un sistema autoritario para liberar entonces a Nicaragua de su dolor”. O como el chileno Cristián Warken quien le escribió una profunda misiva preguntándose: ¿Qué pasó con esa utopía prometida y que casi alcanzamos entonces con la mano?
¿Por qué fracasó? No fue, evidentemente, por la falta de buenas intenciones. Warken recuerda los “jóvenes rebeldes libertarios, bellos, sonrientes, puros que liberaron Managua”. Aunque lo de puros es inexacto, había grandes dosis de altruismo y heroísmo. Pero había también el problema fundamental que explica casi todo: que los dirigentes y muchos de sus seguidores, eran comunistas. Aunque su juego fuera, como confesó Sergio Ramírez, “negar ante aliados y el público en general, la identidad del FSLN como un partido marxista leninista”. La revolución no fue traicionada. Nació traidora, ocultando sus intenciones.
Las masas que vitoreaban a los sandinistas anhelaban vivir en una democracia como la costarricense. Los comandantes en un régimen como el de Cuba. La revolución no derivó hacia el autoritarismo, sino que lo buscó expresamente. Así, un grupito de comandantes decidió por todo el pueblo la ruta y bañó a Nicaragua de luto, sangre, atraso y miseria. Mas no lo hicieron solos. Contaron con el aplauso de quienes hoy lamentan el desenlace y que, inexplicablemente, parecen haber descubierto, hasta hace poco, las maldades del comunismo. Warken, entre ellos, observa cómo pueblos ingenuos se entregan hoy a quienes prometen el paraíso en la tierra sin imaginar que puede ser el camino al infierno. Y pone de ejemplo a Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador y Nicaragua. Pero ¿no eran obvias, desde antes, las consecuencias nefastas del marxismo; los gulags de Stalin?, ¿los genocidios de Mao o de Pol Pot?, ¿el testimonio elocuente del muro de Berlín? Si no lo vieron fue por una probable mezcla de pereza intelectual, desconocimiento de la historia, o entusiasmo irresponsable.
Igual falta cometieron los teólogos de la liberación, quienes llamaban a luchar contra el sistema injusto, pero sin detenerse a pensar en las salvaguardas que debía tener el nuevo para no derivar en tiranía. Llamaban a rescatar al oprimido, pero sin tener la más mínima idea de cómo sacarlos de la pobreza. Siendo supuestamente cristianos, al igual que los marxistas idolatraron la revolución como si fuese la fuerza mesiánica que redimiría de una vez y para siempre al pueblo. Ernesto Cardenal llegaría a la insensatez de decir que la revolución y el reino de Dios eran la misma cosa. Ignoraron también su propia antropología, que enseña que el hombre es un ser con una naturaleza caída por el pecado original, y como tal, inclinado al egoísmo, fácil presa de la maldad y corruptible.
Warken se pregunta quién ha cambiado; si Ortega o ellos. Son ellos, porque se han convertido a la democracia. Ortega es quien permanece igual al que admiraban antes. En coherencia con la revolución del 79 detesta la democracia “burguesa”, admira al partido único, odia a Estados Unidos y ama la tiranía cubana. La única diferencia es que, como los comunistas chinos, ahora ve conveniente permitir a los empresarios.
Una de las lecciones más importantes de este drama es la necesidad de pensar bien. Las buenas intenciones pavimentan la ruta hacia el infierno. “Pensar con claridad —decía Michael Novak—, es uno de los imperativos morales más grandes”. Puede ser letal dejarse guiar por entusiasmos y romances que nublan la razón. Letal ignorar las verdades más profundas sobre la naturaleza humana. Los resultados están a la vista y deben obligar a sus responsables y cómplices a un profundo acto de humildad y arrepentimiento. Porque fueron trágicos: tantas vidas jóvenes, perdidas, tantos hogares enlutados y madres y padres llorando; ni siquiera para volver a lo mismo, sino a algo peor que lo mismo.
El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.