“Cosas veredes, que non crederes”. En realidad nunca El Quijote le dijo tal refrán a su escudero. Parece que es una deformación de un verso del Cantar del Mío Cid: “Cosas tenedes, Cid, que farán fablar las piedras”. Pero no me voy a poner a averiguarlo ahora, mi tema son las elecciones en Colombia.
No las seguí minuto a minuto, pero cuando vi en la TV al candidato oficialista, de izquierda, progresista gramsciano, con exilios —“dorados” se dice— en las antiguas Checoslovaquia, Rumania y Cuba y profesor de filosofía Iván Cepeda, que con su tono doctoral puso en duda el resultado, lo adiviné: perdió. Y efectivamente fue así y lo confirmó el presidente Gustavo Petro que, según su estilo, se despachó y habló de votos mal contados, fraude, y no sé qué otra sarta de petro-mentiras, petro-bobadas y petro-insultos, ya tan repetidos que resulta redundante desperdiciar espacio.
Me contacté con un colega colombiano y le transmití mi parecer frente a lo que me advirtió “quizá el propósito sea preparar el ambiente para justificar un eventual fraude, o algo peor, que pergeña el oficialismo para la segunda vuelta”.
Cepeda, horas después, con mucha honestidad admitió que su gente revisó a fondo y no se encontraron evidencias de un fraude electoral. Se corrigió, lo que habla bien de él. Petro no, lo que da fundamento al temor de mi colega.
Es un hecho que los progresistas —asumidos interinamente demócratas— tienen como norma si pierden, hablar de fraude. Mas que una justificación, ya de por sí es una forma de devaluar el sistema democrático. A la vez se victimizan y para la próxima suman a sus méritos el hecho de que “le robaron” las anteriores.
Y les da resultado y llegan y cuando eso ocurren son los más legítima y democráticamente electos. Eso sí, ya en el poder vuelta a prostituir el sistema: pasan a ser ellos los que cuentan los votos: como decía un ministro de Somoza “dejen que voten lo que quieran, al final los votos los contamos nosotros”.
En cuanto al candidato ganador Abelardo de la Espriella, hombre muy rico, abogado y de derecha —me resisto a someterme al manual gramsciano y políticamente correcto de calificar de ultraderecha a los de derecha con apoyo popular y de progresista a los marxista-leninistas disfrazados— tiene una larga trayectoria en el foro y “referentes políticos” muy polémicos; para definirlo en pocas palabras: ¡Flor de ficha! De cuidado.
En una primera visión, después de lo ocurrido en Colombia el pasado domingo, uno puede llegar a por lo menos cuatro conclusiones preliminares:
1) Gabriel García Márquez fue un gran escritor, de los más grandes, pero sin restarle ningún mérito es un hecho que a su imaginación mucho material le vino servido por la realidad.
2) A los progresistas la democracia les incomoda —no la quieren ni la respetan— y lo del fraude es su mejor argumento para cuando pierden, pero se transforman en los mayores artífices en la materia cuando ganan y más cuando están en el poder.
3) Si habrá sido malo el gobierno de Gustavo Petro y grande su impopularidad, que más de 10 millones de colombianos votaron por el candidato opositor y que, sumando los que votaron al uribismo, llegan a superar el 50 por ciento los que votaron en su contra.
4) Si finalmente fracasa cualquier intento y de la Espriella es el próximo presidente de Colombia, una primera sensación me dice que durante su mandato, y para empezar, de libertad de prensa ni hablar.
El autor es periodista uruguayo. Expresidente de la SIP.