De cuando cinco hermanos Bernheim desaparecieron

En la vieja Managua, en tiempos del presidente José María Moncada, la ciudad de Managua, que para entonces tenía una población de un poco más de cien mil habitantes, fue alarmada por la noticia, que corrió de boca en boca, de que cinco hermanos de la familia Bernheim estaban perdidos: cuatro varones y una mujercita, que para ese entonces usaba el cabello corto, como varón.

Todos los hermanos Bernheim, que en total eran veinte, se pusieron en movimiento para encontrar a sus cinco hermanos, así como numerosos amigos de la familia y la policía municipal. Pasaban las horas y los cinco hermanos no aparecían en ninguna parte.

Los buscaron en los parques, en los mercados Central y San Miguel, en la zona comercial; en fin, rebatieron la entonces pequeña ciudad y los hermanos no aparecían. Como que si se los hubiera tragado la tierra.

Comenzaron a propagarse rumores alarmantes. Algunos decían que podían haber sido secuestrados por ser hijos del cónsul de Francia, mi abuelo Edmond Bernheim quien, además, era un próspero comerciante. Podía tratarse de secuestradores que quisieran el pago de un rescate para entregar a los hermanos desaparecidos.

Felizmente, a un par de policías se les ocurrió buscarlos en la costa del lago de Managua, donde los localizaron bañándose desnudos a los cuatro hermanos varones mientras la hermanita mujer cuidaba las ropas de sus hermanos para que no se las robaran.

Cuando los bañistas vieron a los policías, echaron a correr como Dios los trajo al mundo, mientras la hermanita corría con las ropas de los hermanos en sus brazos. Fue la primera que atrapó la policía. Sus hermanos gritaban: “¡No la golpeen que es una mujercita!”.

El hecho ocurrió así. En esos días estaban poniendo los tubos madre para el futuro desagüe de las aguas negras de Managua en el lago, desafortunada idea de la administración Moncada que produjo la contaminación de nuestro bello lago Xolotlán. Cuando los cuatro hermanos varones se bañaron en sus aguas, el lago no estaba contaminado y muchos managuas acudían a refrescarse en sus aguas.

Por supuesto, que cinco hermanos Bernheim cuando vieron el enorme tubo madre, que estaba no muy lejos de donde vivían, se metieron en el tubo para explorar hasta dónde llegaba. Su punto de llegada era el lago. Por eso nadie los encontraba.

La adolescente que acompañó a sus hermanos se llamaba Carlota, y le encantaba participar en los juegos de sus hermanos varones. Muchos años después sería mi respetable suegra doña Carlota Bernheim de Pereira.

Mi abuelo materno Edmundo Bernheim Dreyfus vino a Nicaragua en compañía de otros jóvenes franceses de religión judía para trabajar en la recién fundada Casa Dreyfus en la ciudad de León, que para ese entonces comercialmente era más importante que la misma capital.

En León se enamoró de quien fue su primera esposa, la señorita Rosita Delgado. Para casarse con ella tuvo que bautizarse y adoptar la religión católica, lo cual molestó mucho a sus familiares que quedaron en su pueblo natal Lure, cerca de Estrasburgo, donde la familia Bernheim era una reconocida familia judía, asiduos visitantes de la sinagoga y que contaban entre sus miembros con un rabino.

La reprimenda que recibió mi abuelo lo llevó a romper toda relación con su familia francesa al punto de que cuando murió se encontraron en una gaveta de su escritorio, bajo llave, decenas de cartas de sus hermanas y otros familiares que quisieron reconciliarse con él, pero que él nunca leyó.

Mi abuelo materno fue muy prolífico y cuando enviudó de su primera esposa que le dio sus primeros cuatro hijos, se casó con otra señorita leonesa, Josefana Alemán Manning, con quien procreó cinco hijos más, entre varones y mujeres. Cuando Josefana, mi abuela materna falleció, a consecuencia de un parto en Matagalpa, un año después mi abuelo Edmundo contrajo matrimonio con la hermana menor de Josefana, Juanita Alemán Manning, con quien procreó once hijos más, también entre varones y mujeres, completando así la poco frecuente cifra de veinte hijos en tres matrimonios sucesivos.

El autor es jurista.

Opinión José María Moncada lago Xolotlán archivo
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