Recordando la crisis de los misiles

En realidad, el título que deseaba para este artículo era “Tendremos los nicaragüenses nuestra crisis de los misiles en pleno siglo XXI”. Pero como resultaba demasiado largo, lo resumí a “Recordando la crisis de los misiles”, refiriéndome a la crisis entre Rusia y Estados Unidos por la instalación en Cuba de misiles con capacidad de impactar en territorio norteamericano. Esta crisis tuvo en vilo al mundo porque en algún momento se pensó que podrían usarse armas nucleares para dirimir el conflicto, alcanzó su clímax entre el 24 y 27 de octubre de 1962.

En esa ocasión, Fidel Castro envió una carta al primer ministro ruso Nikita Khrushchev en la que básicamente le pedía que no permitiera que los imperialistas fueran los primeros en lanzar un ataque nuclear, que el pueblo cubano con la moral bien en alto estaba dispuesta a asumir las consecuencias de tan legítima defensa con tal de borrar de la faz de la tierra al monstruo imperialista. Hay más de una traducción porque la original está en ruso, pero básicamente Fidel Castro le pedía al primer ministro ruso que fuera Rusia el que disparara el primer misil nuclear, aun a sabiendas de las consecuencias para el pueblo cubano ante la inminente represalia norteamericana.

He querido hacer este pequeño preámbulo, ya que en la semana recién pasada el ministro de Defensa ruso hizo público un pedimento de armamento sofisticado por parte de Venezuela y Nicaragua, petición que a juicio de algunos opinólogos fue ratificada por Daniel Ortega en un homenaje a Carlos Fonseca Amador, hermano del actual vicepresidente del Consejo Supremo Electoral (CSE). Mi consejo es que no se tome a la ligera esta petición, por dos razones: primero, porque los rusos son mil veces más efectivos en el apoyo a sus aliados que nuestros amigos del norte. Segundo, por alguna razón los comunistas, izquierdistas o socialistas no dan marcha atrás cuando toman una decisión y la llevan a cabo a cualquier precio, aunque el precio termine siendo ellos mismos.

Cualquier cosa se puede decir de Daniel Ortega, menos que no es firme en sus decisiones. Cuando perdió el poder ante la madre de Cristiana Chamorro, aseguró que gobernaría desde abajo y gobernó desde abajo; se empecinó en recuperar el poder y lo logró; ya de regreso en el poder se ha empecinado en no soltarlo y ya lleva catorce años en él, y que nadie dude que está decidido a agregarse cinco años más.

Sin ánimo de desanimar a la oposición, quiero comentarles que el día jueves 24, en mis acostumbrados recorridos por los canales de televisión, al filo de las dos de la madrugada, me topé con una película sobre Birmania y la vida de la principal opositora al régimen gobernado por los militares desde hace más de veinte años. Según pude apreciar en la película, la comunidad internacional ha hecho de todo para proteger a Aung San Suu Kyi, líder de la oposición, le han otorgado cuanto premio existe, incluyendo el Premio Nobel de la Paz, inclusive el gobierno del Canadá la hizo ciudadana canadiense y aunque ella sigue resistiendo, los militares se dan golpes de Estado entre ellos mismos y la democracia sigue ausente.

Así que mis amigos, el ni un paso atrás en el homenaje a Carlos Fonseca, tómemoslo en serio y si no queremos ser una segunda Birmania o seguir la suerte de Cuba y Venezuela, hagamos cosas serias y creo que la primera cosa seria sería tomar en serio a la presidenta del partido Ciudadanos por la Democracia (CXL), porque cuando ella afirma que irán a las elecciones con el que quede, no puedo evitar imaginar las sonrisas que esa decisión provoca en El Carmen.

Si queremos tener alguna posibilidad de recuperar nuestra democracia, debemos comenzar a señalar y llamar por su nombre a los colaboracionistas. El diccionario los describe como traidores y vendidos. Con ellos infiltrados en nuestras filas jamás tendremos una oportunidad.

El autor es comentarista político.

Opinión Carlos Fonseca Amador Fidel Castro Misiles archivo
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