El obispo Mata, educador de triunfadores

Fue nombrado obispo a la edad de 42 años, en 1988, y este 23 de junio del 2021 cumplió 75 cinco años de edad. El Código Canónico que rige jurídicamente a los religiosos católicos, cobijados por la santa sede en el Vaticano, dice en el artículo 401, inciso uno, que al obispo diocesano que haya cumplido 75 años se le ruega que presente su renuncia de su oficio al sumo pontífice, el cual proveerá teniendo en cuenta todas las circunstancias. Cabe decir que quien lo nombró obispo fue el Vaticano a través del santo padre, y es el santo padre a través de Vaticano quien hace pública su renuncia. Tal ha sido la costumbre del santo padre sobre las renuncias de los obispos en Nicaragua, los obispos al cumplir la edad establecida renuncian a través de la ley que los rige, el derecho canónico.

Esa es la costumbre desde los monseñores Pablo Vega, Leovigildo López Fitoria, cardenal Miguel Obando y Bravo, Bernardo Hombach y Bosco Vivas, que son los más recientes que han renunciado. Se les ha dejado en el cargo hasta tres años más, hasta que el santo padre acepta su renuncia, y espero que esa costumbre del Vaticano se mantenga incólume.

Por qué escribir y hablar del obispo Juan Abelardo Mata Guevara, como ser humano, como pastor que viste sotana. Es escribir y hablar de su trajinar y vivencia de la Iglesia católica en Nicaragua, es sentarse y respirar profundo, es aliñar y concatenar ideas para escribir libros, esculpirlos y tallarlos en roca, para que la historia no carcoma ese legado impregnado de sabiduría, de talento, de entrega, de lucha titánica, de esfuerzo por poner en primer lugar a Dios sobre todas las cosas, y amar al prójimo como a él mismo. Escribir sobre la vida del obispo Abelardo Mata es ver su amanecer resplandeciente, mirar su presente con su atardecer, sus 33 años al frente del episcopado de Estelí, recopilar sus datos en abundancia, no guardados en baúles, ni bodegas, que están en el vivir de la población nicaragüense- Su semilla ha germinado bajo la luz de los cielos en Nicaragua.

El obispo recorría caminos, cruzó ríos y montañas, caminó el día y noche, dejando huellas de la faena en la Iglesia, que es su casa y su bastión como obispo. En su recorrido se hizo acompañar de un pueblo y de la mano de Dios en su caminar cristiano, evangelizando a través de su voz pidió y clamó justicia en los momentos más difíciles y dolorosos.

Tanto en el campo como en la ciudad vio las huellas marcadas en las familias, que trastocó la quietud y bondad de los nicaragüenses, defendió frontalmente a la Iglesia católica, se ganó la admiración de moros y cristianos tanto nacional como internacional, no dejó cortinas de humo, fue directo de cara a cara, no viendo los errores cometidos por otros, partió, se encaminó, actuó, fue responsable de combatir el mal, no se acomodó, no fue mediocre, no dejó que la omisión fuera el testigo de lo que vio y habló con la verdad, a lo largo de su predicación y enseñanza, dijo que la verdad es Jesucristo, la Verdad no se impone, sino que es una propuesta realizada apelando a la libertad del ser humano. Por ello fue injuriado, calumniado y vilipendiado, por la búsqueda prudencial del bien común, su corazón de pastor y su celo apostólico, fue más allá, al ver nuestra sociedad, tradicionalmente católica, destruida en la práctica de los abortos clandestinos, prostitución infantil, ancianos abandonados, proliferación de pandillas juveniles.

Predijo el obispo que entre todas las criaturas de la tierra, solo el hombre es “persona”, sujeto consciente y libre y, precisamente por eso es “centro y vértice” de todo lo que existe sobre la tierra.

La patria se siente celosa de este patriota y los nicaragüenses nos sentimos orgullosos de que esta tierra pariera tan sublime personaje, que está entre nosotros en la vivencia de que nuestro país recoge y recogerá sus frutos, del pregonar la verdad y la justicia. Su renuncia a la sede administrativa es lo establecido legalmente, pero lo más importante de la Iglesia católica es que él sigue siendo obispo hasta más allá de su muerte, lo lleva consigo mismo, por el hecho de entregarse a Dios de por vida, Dios lo protege y lo enrostra en su pueblo.

El autor es exrector de la Universidad Católica del Trópico Seco de Estelí y exdirector de la Asociación Nicaragüense Pro Derechos Humanos.

 

Opinión Juan Abelardo Mata Miguel Obando y Bravo archivo
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