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Cuando a Jackie Robinson le propusieron ser el primer jugador de raza negra en las Grandes Ligas rompió todos los esquemas. Jamás se creyó que sucedería en un contexto de discriminación racial. Sin embargo, no solo era debutar, sino soportar las embestidas, poner la otra mejilla y responder con el madero. La grandeza de Robinson no está en los números, sino en su tesón para abrirse paso entre las miradas matadoras, las amenazas, los insultos, en fin, hizo un sacrificio. Así veo al pueblo de Nicaragua, a cada uno de los presos políticos, a los opositores que sufren en una celda solo por querer una Nicaragua justa. También recuerdo las amenazas recibidas por Hank Aaron antes de romper el récord de Babe Ruth por ser negro. Aunque existe una abismal diferencia entre lo ocurrido en el deporte y las violaciones de derechos humanos en Nicaragua, grafica que no se puede secuestrar por siempre la fe, las esperanzas ni los sueños.
Los cubanos arriesgan la vida en un bote por llegar a los Estados Unidos, el muro de Trump tampoco iba a ser impedimento para que miles de personas cruzaran la frontera, tampoco el muro de Berlín fue capaz de dividir por siempre a una sociedad y, mucho menos, las atrocidades que se están cometiendo en el país lograrán apagar la llama por libertad y cambio de sistema de la mayoría de los nicaragüenses. Las ideas no se pueden encerrar, vuelan, saltan, cruzan fronteras. Confieso estar tan confundido como todos. Veo día a día la escalada de violencia, represión, cómo sacan a reos comunes que sí son delincuentes para hacerle espacio a las personas que no quieren ver a otra Nicaragua sumida en una dictadura como la de Somoza o en escasez y guerra como en los años 80.
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Es evidente el mensaje que mandan. Quieren impregnar temor entre los nicaragüenses: “si podemos tocar a ellos, podemos tocar a cualquiera”, pero también buscan eliminar cualquier rastro de esperanza de una solución pacífica por la vía electoral. Cada día que pasa me molesta mucho cómo pocas personas decidan el futuro de muchos y además destruyan un país por ambiciones de poder, por terquedad de no soltar la silla. Están jugando con fuego porque la población también tendrá su límite. Culpan a todo el mundo, lo curioso es que según ellos son las víctimas. En medio de la paranoia que pueden vivir, quieren convertir el país de lagos y volcanes en el país de cárceles y violencia.
Existen épocas que uno nunca pensó volver a vivir. Cuando salí de Nicaragua para Grandes Ligas estaba la dictadura de Somoza y 40 años después estamos encaminados a lo mismo. La diferencia es que ahora vivo el día a día mucho más pendiente, ya retirado del beisbol, pero no retirado del ejercicio de levantar la voz por el pueblo.
Me encantaría tener la respuesta de qué hacer. En momentos así hay que orar para pedirle a Dios por fuerza y que nos conceda el milagro de ver la luz y vivir en paz con libertades. Recuerden que a Jackie Robinson lo amenazaban para que no jugara y lo hizo, a Aaron los racistas movieron cielo y tierra para que no rompiera el récord de Ruth, pero también lo consiguió quebrar… así que, hagan lo que hagan: “Viva Nicaragua libre”.
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