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Mayo empezaba a instalarse cuando «Manuel» percibió los síntomas. Los primeros fueron la pérdida del gusto y el olfato, seguido de un cansancio como si recién había subido corriendo las gradas de un estadio de futbol. El cansancio era tan intenso que casi lo llevó a la tumba. Su fatalidad fue tal que hasta se despidió de la familia. «Oré bastante y también hablé con mis hijos y mi esposa. Les dije que me sentía mal. Que no aguantaba», recuerda Manuel un año y un mes después de haberse contagiado de Covid-19 y «quedar para contar el cuento».
Los últimos 25 años de la vida de este hombre han estado ligados a la muerte por un asunto estrictamente laboral. Manuel forma parte del personal de una funeraria famosa de Managua, misma que en el periodo en que él cayó en cama registró una demanda nunca antes vista en los servicios fúnebres por el mismo virus que lo amenazaba. Incluso antes de contagiarse, le tocó hacer los llamados entierros exprés, que consisten en retirar del hospital al fallecido en un féretro sellado y llevarlo directo al cementerio para ser enterrado de inmediato, en cumplimiento con el protocolo sanitario.
Por todo lo visto en los hospitales es que Manuel —quien solicitó llamarle así para mantener protegida su identidad— decidió tratarse en la casa. «En el hospital ni quiera Dios, me hubiera muerto. Yo preferí que me mirara mi esposa», comenta.
Él sobrevivió bajo cuidados familiares y recuerda ese episodio en estos días donde los servicios por casos Covid-19 han vuelto a aumentar en su funeraria a consecuencia del rebrote que está en el país desde la segunda quincena de abril por la relajación de las medidas de prevención, principalmente en la temporada de Semana Santa.
«Jorge» es otro trabajador de funeraria que omite su nombre para confiar su relato: él también se contagió el año pasado. Ocurrió en agosto y su estado de salud nunca se agravó pero sí estuvo en reposo durante tres semanas, aislado del resto de la familia y sometiéndose a sorbos de té de eucalipto, un supuesto remedio casero que se puso de moda en la sociedad nicaragüense con la pandemia. «Mi tratamiento consistió en esas recetas de las abuelas y azitromicina (antibiótico)», cuenta Jorge. Sus primeros síntomas fueron el fuerte dolor de cabeza, fiebre y tos seca.

Entre sustancia de gallina y vapores de sal
En total fue un mes que Manuel estuvo en su casa, siendo la segunda semana la más crítica con los síntomas. Cuenta que el tratamiento fue tomar azitromicina por cinco días, dos aspirinitas antes de las 7:00 y mucha vitamina C. «Un doctor privado que cobra 40 dólares la consulta me estuvo monitoreando, fue quien me mandó los medicamentos», menciona. También hizo vapores de sal, pero esto ya por recomendación de la abuela e intentó tomar té de eucalipto, pero lo suspendió porque le provocaba taquicardia. La «sustancia de gallina» fue la dieta principal.
Los dos empleados de funerarias aseguran que pese a participar en decenas de entierros exprés, no se contagiaron en estos. Insisten en que fue por recibir la visita de amistades en casa y no ponerse el tapabocas. Ninguno de los dos se hizo la prueba para confirmar el virus en su cuerpo porque temían que el Ministerio de Salud (Minsa) les exigiera hospitalizarse y ninguno quería.
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«Astronautas» en los entierros
Desde la confirmación que la pandemia estaba en el país, la mayoría de funerarias reforzaron los protocolos para la hora de brindar el servicio, con el propósito de proteger a su personal. Así, de un día para otro, los conductores y cargadores empezaron a vestirse con trajes especiales, guantes, botas y mascarillas. Empezaron a cumplir un estricto proceso de desinfección al terminar cada servicio.
Manuel y Jorge aclaran que las normas de bioseguridad se han mantenido desde marzo 2020, fecha que se confirmó el primer caso. «Ni cuando bajaron los casos dejamos de usar los trajes porque no siempre podríamos tener certeza que una persona murió de Covid-19», manifiesta Jorge, quien no se despega un traje blanco de bioseguridad que a lo lejos parece traje espacial. La orden en las funerarias es mantener el protocolo.
Entre la efervescencia de la pandemia y falta de información oficial sobre la situación real del país, no se conocen cifras del impacto del Covid-19 en el personal de funerarias.
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