Entre la dictadura y la periodista

Aun cuando la historia universal desde siempre ha sido protagonizada por hombres y mujeres, es el hombre quien mezquinamente se ha arrogado el derecho de escribirla, pulirla, corregirla y aumentarla y por ello la ha condenado a ser siempre un registro de los vencedores, un registro con el cual se le ha facilitado modificar el pasado, o más bien, de manipularlo a su capricho y antojo en detrimento de narrar los hechos de manera veraz.

También el mismo hombre ha resaltado, intencionalmente, la participación del género masculino y ha tirado a las márgenes más estrechas de la historia el preponderante protagonismo de la mujer, exagerando amañadamente las hazañas de los hombres y minimizando, casi hasta la ridiculez, la participación valiente, valiosa y determinante de la mujer. Por otra parte, y no menos indignante resulta el hecho de que a la mujer se le asigna el papel de villana, dejándose el hombre para sí el de víctima o héroe. En virtud de esto no es desatinado sostener que la historia es una ciencia misógina, machista, selectiva y por supuesto parcializada y que, por respeto a los historiadores, no diré que por ende es también inexacta, imprecisa y cuestionable.

Mas yo que estoy lejos de ser un historiador, desde el sitio que me he logrado hacer en Costa Rica como perseguido político de la tiranía y sobre todo como nicaragüense, deseo ser fiel y veraz a los a tributos que afloran en la figura de doña Rosario Murillo.

En sus cansados e incendiarios monólogos la escucho pasar de la acera del amor, del perdón y la reconciliación al paredón del odio enfermizo sin importarle que ese discurso petulante anule cada farsa de amor que sale de su boca de fresa, como le recitó en público su último marido, el tirano Ortega.

La precandidatura de Cristiana Chamorro, figura emblemática del periodismo nacional que no desea ni necesita le defiendan, ha exacerbado peligrosamente a doña Rosario y es que ninguna otra precandidatura ha encolerizado tanto a esta regente del mal como lo ha hecho Cristiana, sin sospechar que señalando tormentosamente los supuestos vicios de la familia Chamorro hace una necropsia fiel, precisa y detallada de su propia familia. Nada de lo dicho por doña Rosario encaja con el perfil de la familia en discordia, sino que más bien es un bumerán que retorna ferozmente en contra de su propia estirpe de maldad. La “compañera” ve a los Chamorro no como son sino como ella misma es. En verdad, me causa extrañeza, más que sorpresa, que diga que los Chamorro se han enriquecido con el Estado, cuando ella y su consorte entraron al gobierno en 1979 con una mano atrás y la otra adelante, robándose la casa de Jaime Morales Carazo y vistiendo ella misma la ropa de la señora Carazo. ¿Tan frágil es la memoria de la señora Murillo? ¿No son sus hijos los herederos de lucrativos medios de comunicación que mantienen con el abultado patrocinio del Estado? ¿Pero de dónde sacaron tanto dinero si el marido de doña Rosario no ha trabajado nunca?

Doña Violeta Barrios ostentará por siempre el título que la señora Rosario Murillo jamás podrá ponerse, ser la primera presidenta de las Américas, que llega a la máxima magistratura de Nicaragua con el consentimiento del pueblo y no por elecciones turbias y amañadas como las que preceden a su dinastía de terror.

A pesar de que el gobierno de doña Violeta fue víctima de reiteradas e infundadas asonadas, los calabozos de su gobierno no se llenaron de presos políticos, ni asesinó a los protestantes que eran manipulados por un Frente Orteguista que no se resignaba a la derrota. Mientras la tiranía desvergonzadamente confisca las propiedades de Confidencial y 100% Noticias, durante su gobierno doña Violeta devolvió, pagó o indemnizó más del 87 % de las propiedades que fueran robadas por la Piñata sandinista.

Doña Violeta mientras viva será la dueña de una conciencia tranquila, apacible, llena de paz; en cambio doña Rosario mientras viva será una perseguida no solo por el tribunal de conciencia sino que también por los organismos de Derechos Humanos que le señalan de cometer crímenes de lesa humanidad. Mientras doña Violeta pacificó el país, doña Rosario Murillo lo mantiene en un toque de queda permanente al filo de otra revuelta provocada por sus abusos de poder. Las manos de doña Violeta están limpias; en cambio, las manos de la señora Murillo están machadas de sangre inocente, manos que están dispuestas a seguir matando y reprimiendo con tal de conservar el poder.

Rosario Murillo debería buscarse rivales que estén a la altura de su maldad como Stalin, Pol Pot, Pinochet, Fidel, Idi Amin y demás genocidas que llenan de afrenta la grandeza de la raza humana, y no con una periodista que su único delito es gozar de la simpatía de los nicaragüenses para sacar a la tiranía del poder.

Pero no se equivoquen, señores, lo que siente doña Rosario Murillo en contra de la familia Chamorro no es odio sino terror de ser avergonzadamente aplastada por la periodista en unas elecciones libres, justas y democráticas que no está dispuesta a dar. Siente celos de no ser la depositaria del legado cívico y democrático de doña Violeta y del heroísmo del Mártir de las Libertades Públicas.

El autor es un exiliado en Costa Rica.
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