Excmo. señor Embajador de…, en Nicaragua:
Me dirijo a usted con la cautela de eludir su nombre y el del Estado que representa, lo que estoy seguro comprende muy bien ante la situación excepcional y prolongada que se vive en el país.
Disculpe que la presente misiva privada le llegue a través de un medio público. Deseo expresarle mi agradecimiento y el de muchos compatriotas nicaragüenses por las gestiones que usted ha realizado en beneficio de personas concretas, que huían de la persecución y las amenazas reales de perder sus vidas o las de sus seres queridos.
Soy consciente de las dificultades que tiene el ejercicio de su cargo en un país bajo un régimen como el ejercido por la familia Ortega-Murillo. No es necesario que le detalle todo aquello de lo que usted ya ha sido testigo. Los casos que ha podido conocer en primera persona son parte de una historia de infamia que usted ha dado a conocer en su propio país.
El deber de representación de su gobierno, así como la atención a sus connacionales en esta zona del mundo, no le han impedido responder, con los límites de sus posibilidades, a las necesidades de derechos humanos básicos de algunos nicaragüenses a los que su país, a través de usted, decidió ayudar.
El drama del que se ve forzado al exilio o la migración por las sistemáticas acciones represivas, o por ausencia de mínimas oportunidades, no tiene parangón. Pero lo que sí es consustancial a cualquier ser humano, en muchas facetas de su vida, es la sensación de soledad y desprotección tras el trauma, el dolor o la pérdida. Y también lo es la emoción de una mano amiga en el justo instante entre la vida y la muerte. Esa experiencia nos hace a todos hijos e hijas de una patria común que no tiene fronteras.
Usted ha conocido los efectos que dejan las dictaduras, en su propia nación y en otras. Sabe distinguir las señales de un régimen que se implanta sobre las bases del miedo. Pero también conoce que la historia ofrece maravillosos cambios de guion. Si hoy, en Nicaragua, la mentira y la hipocresía es un medio de supervivencia, mañana tendrá que ir destapándose la verdad, que no deje impunes los crímenes de lesa humanidad que aquí se han cometido.
Los estudios de diplomacia no bastan para saber tomar decisiones bajo un principio humanista y de sentido común. Por eso, su labor ha sido doblemente importante, al representar los intereses de su país y, al mismo tiempo, amparar y proteger a las víctimas nicaragüenses (compatriotas también del territorio compartido de los derechos humanos).
Uno de los temores más grandes que enfrentamos desprotegidos, desde el nacimiento a la muerte, es la soledad. El dolor y la pérdida la aumentan. Es mucho más temible que las balas, la cárcel o la represión. Cualquier acercamiento que la mitigue temporalmente se agradece profundamente.
Cuando al fin de su carrera diplomática, vuelva la vista atrás, allí se encontrará con los ojos de algunos nicaragüenses que decidió acompañar en estos tiempos tristes. La memoria, al igual que la historia, es caprichosa. Ella, junto con la discreción intrínseca a la diplomacia, puede que haga diluir su nombre o borrarlo de la historia que aquí se vivió. Pero estoy seguro que no lo borrará de las generaciones que sigan a las personas que usted ayudó en un momento delicado. De unas a otras, contarán historias sobre “un embajador (o una embajadora) que, allí, y entonces…”. Quizá hasta recuerden por un tiempo su rostro, o incluso su voz, o las del cuerpo diplomático que le apoyó; o las consecuencias de sus gestos.
Seguramente sus informes son precisos y elocuentes, y su país conoce el devenir de esta crueldad que preside Nicaragua. No deje de llevar la palabra de lo que usted presencia.
García Márquez soñó, en su discurso del Nobel, una segunda oportunidad para las generaciones condenadas a cien años de soledad. Cuando llegue, pronto, quizá mañana, esa oportunidad para Nicaragua, usted habrá quedado prendido al final dichoso de esta historia. Hasta mañana pues, amigo, cuando volvamos a llamarnos por nuestros nombres. Hasta mañana, la libertad.
El autor es periodista.
@jsanchomas