De Semana Santa a semana zángana

Mucho ha cambiado Nicaragua desde aquellas épocas, en que Semana Santa solía celebrarse con mayor recogimiento. Entonces, allá a inicios de los años cincuenta del siglo pasado, era también una época de vacaciones, bailes y licor. Pero, en medio del jolgorio, se respetaban al menos los Jueves y Viernes Santos; paraban las fiestas, así como la música secular que normalmente transmitía las radios (no había llegado aún la TV), y tomaban su lugar las solemnes marchas fúnebres. En las zonas campesinas, entre tanto, se veían con malos ojos a quienes circulaban por las carreteras. Era como si un telón de respeto y silencio cayese sobre grandes zonas del país.

Pero mientras crecía la prosperidad económica, al impulso de blancos algodonales, se enfriaba el fervor. Cesaron las marchas fúnebres y dejó de respetarse el silencio tradicional de los días sacros. Seguían, es cierto, las procesiones multitudinarias del santo entierro y algunos viacrucis, pero ahora en jueves y viernes los merengues, mambos y otros ritmos, atronaban el espacio día y noche mientras el licor fluía sin cesar. Se acuñó entonces la frase de “semana zángana”, la cual muy bien expresaba lo que estaba ocurriendo.

El cambio era parte de un proceso de enfriamiento religioso que se ha venido profundizando por muchísimas décadas. Hurgando el ambiente cultural del siglo diecinueve, podemos encontrar llamativos indicios del antiguo fervor popular, retratado magistralmente por el diplomático norteamericano Squier. Presenciando en 1849, la reacción del pueblo ante el toque del “Ángelus”, escribió: “Cuando las campanas de la iglesia dieron el toque de oración. En un instante se apagaron todos los ecos; los jinetes sofrenaron sus caballos, de las manos de los marineros cayeron las velas, remos y mecates, el vigía se paró en seco, cántaros y tinajas quedaron a medio llenarse. Todo el mundo se quitó el sombrero, y todos los labios musitaron: ¡Ave María Purísima…! …Algo como de magia tuvo el repentino silencio de la multitud y su absoluto recogimiento místico. Todo eso no podía sino emocionar profundamente al extranjero que por primera vez lo presenciaba”.

Ateos, agnósticos y secularistas pueden alegrarse del progresivo debilitamiento de la cultura religiosa en el pueblo. Lo ven como una señal de modernización que deja atrás el mundo ingenuo de las supersticiones. Pero no quieren ver lo indispensable que es, para la moral y las buenas costumbres, la fe cristiana. Porque esta no solo es una serie de creencias en realidades sobrenaturales, en santos, ángeles y demonios, sino, esencialmente, un llamado a seguir de cerca a Jesucristo y su mensaje de amor, profundamente civilizador: servir al prójimo, no maldecir, perdonar, sacrificarse por los demás, etc. Es cierto que muchas veces la religiosidad popular es superficial. Decía al respecto Pablo Antonio Cuadra que el “pueblo nicaragüense en su mayoría tiene sentimientos cristianos, pero no moral cristiana”. Pero esto solo significa que el mensaje cristiano no ha profundizado suficientemente. Cuando lo hace transforma la cultura y mejora notablemente las instituciones y la “polis”, es decir, hasta la política. Conceptos como los derechos humanos, propios del secularizado occidente democrático, llevan la huella indeleble del humanismo cristiano. Por el contrario, cuando este falta las consecuencias no tardan en manifestarse. Los mayores genocidios de la historia ocurrieron en el siglo XX bajo el impulso de ideologías ateas, como el comunismo y el nazismo. Y hoy, en pleno siglo XXI, bajo el impulso del relativismo moral, profundamente anticristiano, va en crecida el genocidio del aborto.

El recordar el ejemplo de Cristo durante su pasión puede robustecer además nuestra fortaleza espiritual. Refiriéndose a su agonía en Getsemaní, San Tomás Moro, patrono de los políticos, pues fue ejecutado por Enrique Octavo por oponerse a su rompimiento con la autoridad papal, escribió: “Sabía Cristo que muchas personas de constitución débil se llenarían de terror ante el peligro de ser torturadas y quiso darles ánimos con el ejemplo de su propio dolor, su propia tristeza, su abatimiento y miedo inigualable…”. En las circunstancias de hoy, Semana Santa, bien vivida, es, pues, un tiempo oportuno para alimentar nuestra fe y robustez. Pues tenemos, y tendremos, muchas pruebas y desafíos que superar.

El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.

Opinión Pablo Antonio Cuadra Semana Santa archivo
×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí