Los regímenes militares tienen como norma callar las voces que disienten de sus políticas, abusos e injusticias. Hace 41 años, un 24 de marzo en el vecino país, El Salvador, un disparo calló la voz del ahora santo, monseñor Oscar Arnulfo Romero.
San Romero de América, no era un intelectual. Era un religioso tradicional y conservador que hasta antes de 1977, por lo que quienes lo conocieron no imaginaban que iba a encarar al gobierno militar de su país.
Pero abrió los ojos y reaccionó ante los abusos criminales cuando en 1977 los escuadrones de la muerte asesinaron a su amigo Rutilio Grande, sacerdote jesuita párroco de una comunidad rural llamada Aguilares, donde el religioso había llegado a formar las Comunidades Eclesiales de Base.
«Fue un obispo representativo de su época, quiso defender los derechos humanos de las personas, del clero y de sus fieles de las represiones y dictaduras militares», recordó el vicario general de la Arquidiócesis de Managua, monseñor Carlos Avilés.
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Amor al prójimo
Después del asesinato de su amigo, monseñor Romero se dedicó a denunciar durante sus homilías las torturas, asesinatos, desapariciones, entre otras violaciones a los derechos humanos, por parte de las fuerzas de seguridad de El Salvador.
Los escuadrones de la muerte asesinaron a 14 sacerdotes, y la Conferencia Episcopal compuesta por seis obispos, incluyendo a uno a quien el Ministerio de Defensa le otorgó el grado asimilado de general del Ejército, monseñor Fernando Sáenz Lacalle, siempre estuvo en contra de Romero. El grado asimilado surge de un convenio entre la Santa Sede y El Salvador.
El único obispo que lo apoyaba era monseñor Arturo Rivera y Damas, quien a la postre se convirtió en su sucesor.
Decenas de feligreses llegaban los domingos a la Catedral para escuchar a monseñor Romero, otros lo escuchaban por la YSAX, la radio del Arzobispado, que arrasaba en audiencias: 75 por ciento de la población campesina y el 50 por ciento de la capital la sintonizaban en el momento de la misa.
Monseñor Avilés afirmó que las circunstancias del momento llevaron a Romero a defender los derechos humanos ante una dictadura criminal. «No hay otro camino y a eso te lleva el evangelio desde luego, te lleva a defender al hermano, de eso no hay duda, todo depende de las circunstancias históricas en que se den las cosas. Plegarse al dictador o no ya depende de la conciencia de cada uno, lógicamente uno debe de tener una libertad y una conciencia de la fe, de seguir a Dios, amar a Dios y amar al prójimo, ya cuando caen en eso (en aliarse a la dictadura) ya estás traicionando tus principios, estás traicionando tu fe, estás traicionando muchas cosas», señaló.
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En la historia de Nicaragua líderes religiosos de diversas denominaciones, incluyendo la católica, se han aliado a las dictaduras. Otros han sido críticos a los dictadores y se han sumado a las quejas del pueblo y a las demandas de los más vulnerables.
El asesinato
El gobierno militar, en busca de exterminar a la guerrilla en El Salvador, mataba a campesinos y a curas progresistas acusados de incentivar la violencia. La única voz que denunciaba la violación de derechos humanos era la de Romero.
Para el santo de América, el magnicidio fue como la crónica de muerte de anunciada. Todo el tiempo estuvo consciente de que los militares lo iban a matar. A pesar de esto, un día antes de su muerte, en su homilía dominical, Romero había sido frontal con el régimen:
“Yo quisiera hacer un llamamiento de manera oficial a los hombres del Ejército. Hermanos: son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y, ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: No matar en nombre de Dios, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios, ¡cese la represión!”, dijo en esa ocasión.
Un poco antes, el 25 de febrero de 1980 escribió en su diario: “Me cuesta aceptar una muerte violenta que en estas circunstancias es muy posible y acepto, con fe en Él, mi muerte, por más difícil que sea, por la paz de mi país”.
El fatal lunes 24 de marzo de 1980, un carro Volkswagen rojo llegó a las 6:30 p.m. hasta la pequeña capilla del hospital La Divina Providencia, de San Salvador, donde aún se atienden enfermos de cáncer. Se estacionó frente a la iglesia y desde la ventana de atrás un tirador disparó certero en el corazón del arzobispo. Monseñor quedó en un charco de sangre frente al altar.
En Nicaragua con el estallido de las protestas sociales en contra de los abusos de la dictadura Ortega-Murillo, las ofensas y amenazas de muerte contra varios líderes de la Iglesia católica por parte de paramilitares y fanáticos del régimen se intensificaron a tal grado que el papa Francisco solicitó a monseñor Báez, obispo auxiliar de la Arquidiócesis de Managua, que se quedara en Roma, pues no quería que se repitiera el trágico episodio sucedido contra monseñor Romero.
“Él (obispo Báez) decía algo de que el papa le había dicho que no quería otro obispo mártir como monseñor (Óscar Arnulfo) Romero. El papa le pidió que se quedara allá en Roma”, contó monseñor Miguel Mántica, párroco de la iglesia San Francisco de Asís, a LA PRENSA el pasado 25 de febrero.
Los pasos de Jesús
La teóloga María López Vigil recordó que monseñor Romero defendía a la mayoría de los salvadoreños. También a obispos, sacerdotes y religiosas que eran víctimas de los abusos del régimen militar. «¿Qué los lleva?, el ejemplo de Jesús de Nazareth que perdió la vida por defender a quienes no tenían defensa en aquellos tiempos enfermos, sobre todo a enfermos porque la enfermedad se consideraba un castigo de Dios y él les devolvió dignidad a los enfermos y denunció quienes imponían una religión de ritos y de leyes; entonces muchos seguidores de Jesús en la Iglesia institucional y fuera de la Iglesia han dado su vida o la han perdido, los han matado por defender lo que Jesús defendió», consideró.
López asegura que algunos líderes religiosos no siguen los pasos de Jesús y no se atreven a cuestionar a las dictaduras por temor a perder la vida. «Cuando uno se enfrenta al poder corre el riesgo de perder la vida y Jesús la perdió, monseñor Romero la perdió y Berta Cáceres (defensora ambiental) la perdió en Honduras y no era una monja. Quien defiende a los de abajo corre el riesgo de perder su vida. También pasaba en tiempos de Jesús que habían algunos religiosos y otros que no lo son o que se dicen cristianos que se plegaban al poder por intereses económicos y porque recibían dádivas, el poder siempre tiene dádivas, privilegios, oportunidades, eso pasa siempre», indicó.
El 14 de octubre del 2018, el papa Francisco declaró santo a monseñor Óscar Arnulfo Romero. San Romero de América nació en 1917 en el municipio de Ciudad Barrios, San Miguel, fronterizo con Honduras. Segundo de ocho hermanos. Su padre era telegrafista y su madre velaba por la numerosa y modesta familia.
Fue ordenado sacerdote en Roma cuando tenía 24 años y en 1970 el papa Pablo VI lo nombró obispo auxiliar de San Salvador.
Cuatro años después lo hicieron obispo de la Diócesis de Santiago de María, la más pequeña y más pobre de todo el país. En 1977, Romero fue nombrado arzobispo de San Salvador. En ese momento el sector progresista de la Iglesia católica salvadoreña lo vio con malos ojos, pues su favorito era monseñor Arturo Rivera y Damas.