En el discurso que Daniel Ortega pronunció este lunes 8 de marzo, con motivo del Día de la Mujer, como es su costumbre insultó a los países democráticos, amenazó a la oposición política y social, y repitió sus truculentas mentiras y falsificaciones de la historia de Nicaragua.
Ortega también habló de elecciones, pero no de las que se van a realizar en noviembre de este año, como cabía esperar. Cuando faltan 8 meses para los comicios y solo 2 para que se venza el plazo que puso la Asamblea General de la OEA, en octubre del año pasado, a fin de que Ortega haga las reformas necesarias para que las elecciones de noviembre puedan ser reconocidas como legítimas, lo lógico era que el dictador sandinista hablara sobre este tema.
Pero de las elecciones que habló Ortega fue de las tres en las cuales participó como persistente candidato presidencial —después de que perdió las del 25 de febrero de 1990—, hasta que ganó las de noviembre de 2006 solo porque el voto democrático mayoritario fue dividido por los líderes de los dos partidos liberales que lo controlaban. Ahora que los bloques opositores no pueden —o no quieren— unirse para ir juntos a las elecciones de noviembre, esto en el caso de que hubiera suficientes garantías para participar, hay que insistir en recordar que Ortega ganó las elecciones de 2006 con solo el 38 por ciento de los votos. Mientras que los tres candidatos democráticos (Eduardo Montealegre, del PLI; José Rizo, del PLC; y Edmundo Jarquín, del MRS) sumaron más de 62 por ciento de los sufragios. Perdieron los tres por ir separados a la contienda electoral, menospreciando la amenaza del sandinismo orteguista. Pero sobre todo perdió Nicaragua, que desde entonces cayó en poder de una nueva dictadura que en muchos aspectos es peor que las anteriores.
Por supuesto que Ortega no dijo, en su presentación del lunes pasado, que ganó las elecciones de noviembre de 2006 porque fueron justas y limpias, además de la fatal división del voto democrático. Y tampoco dijo, ni lo reconoce, que por mandato constitucional y de tratados internacionales como la Carta Democrática Interamericana de la OEA, él tiene obligación de garantizar que las elecciones de noviembre próximo sean también transparentes, justas y libres.
En realidad, lo que se puede deducir de lo que habló Ortega en su perorata del Día de la Mujer es que también las elecciones de noviembre serán falsas, igual que todas las que ha hecho su régimen desde las de 2006 que le permitieron regresar al poder porque fueron las últimas legítimas.
Dirigentes de la oposición y analistas políticos democráticos opinan que lo que quiere Ortega con discursos como el del 8 de marzo, es motivar la abstención de la gente que no simpatiza con él. Y en realidad, es lógico que la abstención lo favorezca, pero por eso mismo no puede ser una buena opción para quienes repudian de manera abierta o callada a la dictadura y quieren vivir en libertad y democracia.
Sin duda que la abstención electoral es una forma legítima de desobediencia civil y protesta contra el régimen existente. Es una manera de rechazar a los candidatos, a los partidos políticos que participan en el acto electoral falso y al mismo sistema político imperante. Pero si la abstención no va acompañada con acciones de protesta y de rechazo que sean factibles, oportunas, contundentes y eficaces, entonces abstenerse no sirve para nada, no pasa de ser una protesta muda sin efecto, inclusive es una muestra de apatía política.
De todas maneras, no será fácil para la oposición verdadera tomar la decisión de participar o abstenerse en las elecciones de noviembre, en el caso de que estas, como es muy probable, no sean limpias, ni justas, ni competitivas.