Róger Guerrero se pone una camisa amarilla a cuadros, una gorra verde y las espuelas en las botas mientras en el patio le ensillan a su caballo. “Voy a hacer un mandado acá cerca”, dice este hombre de piel morena, con 74 años de edad y que todos los ha vivido en la comarca Nejapa, una zona en donde prima la vida rural y hace contraste con el bullicio del centro de Managua a un par de kilómetros.
La vida ya no es como cuando era niño. No es necesario alumbrarse con candil, ahora hay energía eléctrica; nadie va al pozo, se tiene acceso a agua potable y el camino es de todo tiempo; sin embargo, en este sitio ubicado en el Distrito Tres de Managua predomina la crianza de vacas y caballos en potreros, en los patios de las casas hay gallinas, patos, chompipes y cerdos haciendo fiesta en sus chiqueros. Acá el despertador por excelencia es el canto del gallo, que a algunos los agarra con los ojos abiertos. “Es que aquí antes de las 8:00 p.m. uno está durmiendo”, aclara Róger, quien ha terminado su preparación y está listo para montarse a su caballo e ir a su mandado.

Según el mapa de zonificación y uso del suelo, elaborado por la Dirección de Urbanismo de Alcaldía de Managua, la zona donde vive Róger es de densidad baja, una característica de área rural que establece el inciso 5 del artículo 3 del decreto “De normas, pautas y criterios para el ordenamiento territorial”, publicado en 2002 y que está disponible en internet.
Esa Managua rural de Róger quizá no está a simple vista, pero existe. El mapa de la municipalidad registra estos puntos en distintas zonas de la ciudad: Distrito Uno, Tres, Cinco y Siete. Eso quiere decir que está en la periferia de donde la vida urbana ha penetrado de forma acelerada en las últimas dos décadas, principalmente con el desarrollo de residenciales.
Cinturones verdes
De acuerdo con el arquitecto Gerald Pentzke, quien fue director de Urbanismo en la administración de Dionisio Marenco (q.e.p.d.), la protección de las zonas rurales cercanas a las ciudades antes era principalmente por la producción agrícola y agropecuaria que existía -otra característica de rural-, pero que esa lógica ha cambiado porque puede ser que algunas no sean suficientes o en algunos casos los suelos ya no son aptos para producir alimentos.
«Ahora lo que se trata es, además de proteger una forma de vida de las personas que viven en el medio rural, es que también lo que implica el riesgo ecológico para la ciudad al perder esos cinturones verdes alrededor de ella misma y cómo estos cinturones verdes contribuyen al saneamiento del aire de la zona urbana, cómo contribuyen a retener el agua de lluvia, que normalmente está en las partes altas y baja hacia las ciudades que están construidas en las partes bajas de los territorios y cómo en el área rural se retiene esa agua y evita inundaciones y otros tipos de desastres en las áreas urbanas», analiza Pentzke.
Para el municipio de Managua esto cobra suma importancia partiendo de su vulnerabilidad en la estación lluviosa. Cada año habitantes de varias zonas quedan con el agua al cuello por la impermeabilización de los suelos en la parte alta y los aguaceros bíblicos, la deficiencia en la red mayor de drenaje pluvial y la falta de control de la basura. Todo hace un coctel explosivo para una capital que crece desordenada.
Vida rural vecina de la «selva de asfalto»
Aunque se puede demarcar las áreas rurales de Managua, tras labores de actualización desarrolladas en los últimos años, hay lugares urbanos en donde existen familias con hábitos de la vida en el campo. Viven en una apacible burbuja mientras la agitación de la ciudad hace correr, gritar o perder la cabeza a cualquiera.
Una de estas familias está en el barrio Macarally, en el Distrito Cinco. La casa de Ana María Jiménez está unos 10 metros al norte de los «semáforos de los Mil metros», que conduce a Las Colinas, una de las zonas habitacionales exclusivas de la ciudad, con residenciales, plazas comerciales, colegios exclusivos, centros culturales y sedes diplomáticas.
A la orilla de la calle, donde a diario pasan cientos de vehículos, desde viejos modelos hasta nuevos y de lujo, suele permanecer amarrada a un árbol la Zorra, una yegua de esta familia. A la Zafira y Bomberman los mantienen en el patio, cuyas dueñas son las dos hermanas de Ana María.
La familia cuenta que los tres animales son su medio para ganarse la vida. Jalan el carretón con el que a veces salen a comprar chatarra, otras veces compran verduras para luego revenderlas en los barrios vecinos o salen a hacer viajes de acarreo. «Nosotras crecimos teniendo caballos en la casa. Eran de mi mamá. También tenemos gallinas por ella. Es que le gustaba tener gallinas y patos y nosotros heredamos eso», comparte Ana María.

Tener animales en plena ciudad les ha acarreado críticas y escenas denigrantes a Ana y sus hermanas. «Mucha gente nos critica, otras personas pasan tapándose la nariz. Son ignorantes, que se las dan de estudiadas porque tener un animalito en casa no es que somos cerdos. Por lo menos estos caballos todos los días se bañan», expone.
Las vaquitas de Carretera Norte
Al noreste de Managua hay una escena particular: una vaca echada al pie del semáforo del paso a desnivel de Portezuelo, en plena Carretera Norte, vía en la que podrían circular diariamente 24,300 automotores, de acuerdo con un conteo de tráfico desarrollado por la Agencia de Cooperación Internacional del Japón (JICA) en 2017.
La vaca bien puede descansar largo rato en ese punto o cruzarse la calle buscando un poco de pasto verde en las aceras vecinas. En su inocencia animal, otras vacas se pasean pasmosas por la carretera, donde carros y furgones de carga internacional entran y salen de la ciudad. Una estampa donde converge la Managua urbana y rural.
Todas son parte del ganado que cuida José Raúl Cerda en la costa del lago Xolotlán, al fondo de Portezuelo, zona industrial de la capital. Las vacas de vez en cuando se le escapan y se van hasta la vía principal a unos kilómetros de su corral en las costas del lago. Cerda reconoce que ha recibido quejas de taxistas y conductores de vehículos particulares porque sin quererlo pueden ocasionar accidentes de tránsito o dañar algún carro, como ocurrió hace unos meses. «El patrón tuvo que pagar el vidrio que una vaca quebró», reconoce el mandador, montado a caballo. Incluso ellas mismas pueden resultar lesionadas, pero la vaca no entiende de vías, la vaca solo busca comida.

Managua, el pueblón
Desde España, en 1819 el rey Fernando VII emitió el título «Leal Villa de Managua» y 27 años después -ya firmada la Independencia por Centroamérica- la Asamblea Nacional Constituyente del Estado de Nicaragua la elevó a ciudad por medio de una ley del poder legislativo.
El historiador Nicolás López Maltez rememora que antes del terremoto de 1931 Managua era rural, y fue tras la ocurrencia de ese fenómeno que esta área empezó a disminuir notablemente. Antes, según López Maltez, la Loma de Tiscapa quedaba fuera de la Managua urbanizada. “Era una hacienda propiedad de José María Zelaya, papá del general José Santos Zelaya”, puntualiza. Luego reconoce que ha habido un importante desarrollo urbanístico con el paso del tiempo, pero para él es un pueblón. «No es una urbe», remata.
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José Raúl Cerda es el mandador de una finca que está a la orilla del lago Xolotlán. En su caballo sale a buscar las vacas del patrón que a veces suben hasta el sector del paso a desnivel de Portezuelo. LAPRENSA/R.MONCADA
En Nejapa el principal medio de transporte es de tracción animal. Los mandados se hacen montados a caballo. LAPRENSA/R.FONSECA
Ana María Jiménez es vecina de Las Colinas, un sector de embajadas, ostentosos residenciales, plazas comerciales y colegios exclusivos. Ella y su familia se ganan la vida yendo a vender frutas, chatarra y servicio de acarreo en tres caballos. LAPRENSA/R.FONSECA