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País de las Maravillas
¿No sienten ustedes a veces, y ahora con más frecuencia, estar viviendo en un mundo irreal, el teatro de lo absurdo, como si de Alicia en el País de las Maravillas se tratara, donde todo dejó de tener sentido? De repente caímos en un túnel, y cuando nos levantamos ahí estaba una Nicaragua distinta. La lógica y el sentido común dejaron de valer y se estableció la mentira como verdad, so pena de castigo si no se reconoce como tal. Todo funciona al revés: los policías persiguen a los ciudadanos y protegen a los delincuentes; los jueces condenan a los inocentes y liberan a los culpables; el fraude se ha colocado como el sistema oficial de elecciones y cada día despertamos con una ley inverosímil que nos hace sacudirnos la cabeza para saber si es real o solo estamos soñando.
Reina de Corazones
Si de las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas es el asunto, ahora mismo estamos en el capítulo de la Reina de Corazones. El rey, un hombre apocado, sin más presencia que su título, y la reina, una mujer malhumorada, «llena de furia ciega», la describió Lewis Carroll, que ordena decapitaciones contra todo lo que le incomoda, no le gusta o no entiende. “¡Que le corten la cabeza!”, grita furiosa cuando alguien la contradice o altera el mundo perfecto que su mente enferma ha concebido.
Descontrol
Lo que estamos viviendo ahora en Nicaragua no es el resultado de un plan perverso inteligentemente estudiado. No. Eso sería darle un crédito que no tiene. Estamos frente a un plan perverso improvisado con las bilis de cada día. No hay racionalidad sino simplemente maldad irracional. Se toman decisiones y se abusa del poder sin tener en cuenta el daño que harán, incluso a ellos mismos. La crueldad de cada decisión que toman denota la descomposición que vive su mundo. Es el reino del descontrol.
Esbirros y bufones
No sé si en otro momento de la historia se ha gestado una colección de leyes tan perversas en tan poco tiempo como la que han ejecutado Daniel Ortega y Rosario Murillo en estos últimos cuatro meses. Posiblemente en la instalación de algunas de las revoluciones. Pero no creo que nunca el humor de un par de personas haya decidido tanto sobre la vida de todos. Porque, veámoslo como es: los diputados, policías, jueces y similares son a Nicaragua, lo que los naipes son al País de las Maravillas: esbirros y bufones que cuando no están divirtiendo a la pareja de monarcas en el croquet, están arrastrando a los condenados por la reina a ser decapitados.
Ejército de ocupación
El régimen de Ortega y Murillo dicta una ley tras otra sobre Nicaragua, como si de un ejército de ocupación se tratara. Como cuando los nazis invadieron Polonia o Francia. Todo en contra de la población, que se puede rebelar, y todo a conveniencia del grupo gobernante. Mencióneme una ley que haya traído en el último semestre algún alivio a esta sociedad castigada por pandemia, represión y pobreza. ¡No hay una sola! En cambio, yo le puedo mencionar 10 o 20, que podrían participar con éxito en el concurso de la ley más dañina del año.
Conejo
En el camino, ahí va, capítulo tras capítulo, el conejo del País de las Maravillas que es la oposición organizada, viendo el reloj constantemente, preocupado porque es muy tarde, se está acabado el tiempo, y de tanta angustia queda inmovilizado y no logra hacer nada en el tiempo que siempre fue suficiente.
Pesadilla
Ojalá fuera así de fácil e irreal como en el cuento de Lewis Carroll. Ojalá pudiéramos despertar debajo del árbol y saber que la Nicaragua que queremos sigue ahí. Que todo fue un sueño. Una pesadilla. Que el mundo no puede ser tan absurdo como lo soñamos. Que la caricatura de personajes que gobernaban el país solo eran fruto de nuestra imaginación, porque no puede haber en la vida real personajes tan perversos que nadie controle. Que Alvarito Conrado, Sandor Dolmus y otros más de 300, en realidad están vivos y en sus casas con sus madres, hijos o esposos. Que nadie cae preso, es perseguido y mucho menos torturado, por su forma de pensar. ¡Por Dios estamos en el siglo XXI! Ojalá todo sea un mal sueño del que despertemos pronto.
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