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De entrada me curo en salud. Es decir, aclaro que al escribir sobre las Arpías de la mitología griega no lo hago con el propósito de aludir a nadie. Escribo sobre este mito —como lo hago acerca de cualquier otro—, solo por interés de entretenimiento cultural, que es la razón de esta columna.
Lo que me ha motivado a escribir sobre las Arpías es la lectura de La palabra del día, columna del sitio electrónico La página del idioma, de Ricardo Soca, publicada el viernes 22 de enero, que se refiere al origen y significado de la palabra arpía.
Soca es un reconocido lingüista uruguayo que creó el sitio web www.elcastellano.org, con el interés de fortalecer el idioma español en la red y darle valor a la palabra, según lo explicó él mismo. En 2002 comenzó a publicar el boletín etimológico La palabra del día y en 2004 recopiló sus divulgaciones en el libro La fascinante historia de las palabras.
Se dice en la columna mencionada, a la que estoy suscrito y leo regularmente, que “en la mitología griega, las arpías eran monstruos alados con cabeza y pecho de mujer, y cuerpo y garras de aves de presa”. Y explica que “además de las arpías mitológicas, el Diccionario incluye también el sentido de ‘persona codiciosa que con arte o maña saca cuanto puede’, ‘mujer aviesa’ y ‘mujer muy fea y flaca’”. Los lectores nicaragüenses entenderán por qué la aclaración del inicio.
Las Arpías son mencionadas por Hesíodo, en Teogonía, que como sabemos es el relato sobre el origen de los dioses y de casi todas las divinidades de la mitología griega. Y así, se dice literalmente en la Teogonía: “Taumante a la hija de Océano de profunda corriente tomó para sí, a Electra, la cual dio a luz a la veloz Iris y a las Harpías de hermosos cabellos, Aelo y Ocipete, quienes a los soplos de los vientos y a las aves acompañan con sus veloces alas, remontando el cielo así se arrojan”.
Aelo, según Hesíodo, era la personificación de la borrasca y Ocipete del viento veloz, los vientos de las tormentas. Posteriormente otros autores agregaron una tercera Arpía, a la que llamaron Celaeno y representaba la oscuridad ominosa que es propia del cielo tormentoso.
Las Arpías, pues, eran hijas de Taumante (que significa maravilla o milagro), una de las divinidades primordiales que fue procreado por Gea, la Tierra, y Ponto, el Mar. Y la madre de ellas, Electra, era una oceánide o ninfa marina hija del dios Océano, y de Tetis, otra prominente divinidad de las aguas que era hija de Urano (el Cielo) y Gea (la Tierra).
Con el paso del tiempo las Arpías dejaron de ser espíritus o representaciones de los vientos, como las describió originalmente Hesíodo. El imaginario popular las convirtió en monstruos con el cuerpo de pájaro y la cabeza de mujer, que acosaban y torturaban a las personas vivas pero también a las almas de aquellos desdichados que habían cometido males en la vida, y por eso iban al lugar del Hades o infierno que estaba destinado al castigo. Las “perras de Zeus”, las llamaban algunos.
El más conocido mito relacionado con las Arpías es el de los Argonautas y Fineo, un rey de Tracia ciego que tenía el don de la adivinación. Fineo es un personaje clave en la leyenda de los Argonautas, porque los ayuda a salvar un gran obstáculo en la ruta para llegar a la Cólquide, en el Cáucaso, donde estaba el Vellocino de Oro que ellos buscaban.
Fineo usó indebidamente el don de la adivinación, al revelar algunas intimidades y planes secretos de los dioses. Por esa causa Fineo fue castigado por Zeus, quien lo dejó ciego con la potente luz de uno de sus rayos y además lo condenó a no poder alimentarse, porque cada vez que quería hacerlo llegaban volando las Arpías y le quitaban la comida, o se la ensuciaban asquerosamente.
Para suerte de Fineo, pasaron por Tracia los Argonautas y le pidieron ayuda para seguir su viaje en busca del Vellocino de Oro. Fineo los ayudó a cambio de que lo liberaran de las Arpías. Dos de los argonautas eran los gemelos Calais y Zetes, hijos del dios viento Bóreas, los que soplaron fuertemente a las Arpías. Pero ellas fueron protegidas por su hermana, Iris, la diosa del arcoíris, que las condujo a un sitio remoto donde se refugiaron en una oscura cueva. Y al parecer allí viven hasta ahora.