El bumerán de la cadena perpetua

La aprobación de la reforma constitucional que establecerá la pena de cadena perpetua para delitos de odio y terrorismo no debe preocupar a la oposición. Más bien debe preocupar a sus autores. Porque estos no durarán mucho en el poder. No verán podrirse en la cárcel a sus opositores. Más temprano que tarde se volteará la tortilla.

El régimen actual está agotado política, moral y físicamente. El mejor símbolo de su decadencia es su líder. Quien haya visto su discurso dariano de hace unos días, fácilmente advertirá su incoherencia, sus pausas interminables y su deslucida retórica; su falta de empatía ante un público que no disimulaba su aburrimiento ante un orador cansón, carente de la más mínima chispa o ingenio. Si permite elecciones libres las perderá, porque su popularidad está por los suelos y no tiene nada que ofrecer. Si las roba o falsea, este líder, desprestigiado mundialmente y además septuagenario, enfrentará una situación de mayor aislamiento, tensiones y penurias.

¿Lo podrá relevar su controversial esposa, aún más odiada que él? Difícilmente. Cuidado que precipita la fractura del sandinismo y el fin aparatoso de la dinastía. ¿Quiénes serán entonces los candidatos para merecer cadena perpetua?

Si buscamos autores de crímenes de odio tendremos que concluir que nadie gana a quien a diario vierte los peores epítetos contra sus adversarios. LA PRENSA compiló cuarenta de ellos entre abril del 2018 y diciembre del 2019. Una verdadera letanía de insultos: vampiros, traidores, tóxicos, hijos del diablo, cobardes, vendepatrias, terroristas, etc. Todos los hemos oído y los conocemos. Y lo más grave no son las injurias en sí, sino las consecuencias homicidas que producen. Siempre se ha dicho que la violencia y la sangre comienzan por el lenguaje: primero se deshumaniza a la víctima; se la convierte en una vil alimaña digna de todo desprecio y candidata al aplastamiento. Antes del holocausto contra los judíos Hitler los caracterizó como una raza maldita, usurera, traidora y asquerosa. Así preparó el cuchillo. La violencia; atacar o matar, viene después y fácil; porque el hechor está eliminando algo putrefacto, indigno de la más mínima compasión.

No es teoría. El 19 de julio del año pasado un opositor esteliano, Jorge Luis Rugama, gritó ¡Viva Nicaragua Libre! y un sandinista con odio, Abner Onell Pineda, le quitó la vida con un disparo en la nuca. Posiblemente no vio en su blanco a un ser humano, sino uno de esos detestables golpistas, traidores, sanguijuelas, etc. Y lo peor vino después, cuando el 18 de noviembre pasado, el juez, también sandinista, Erick Laguna, le dio libertad inmediata por considerar que el hechor había actuado debido a “traumas psicológicos producidos por los golpistas del 2018”. El mensaje es claro: un sandinista ofendido por los golpistas puede matarlos impunemente.

Este doble estándar para juzgar a sandinistas y no sandinistas es de vieja data. Cuando otro de ellos, William Hurtado, asesinó por odio en el 2004 —en tiempos de don Enrique Bolaños— al crítico de Ortega el periodista Carlos Guadamuz, la juez le recetó 21 años de prisión. Mas, luego, en el 2008, bajo los Ortega Murillo, la ministra de Gobernación Ana Isabel Morales le otorgó “régimen de convivencia familiar por razones eminentemente médicas”. Un mes después periodistas independientes le vieron bailando alegremente en una fiesta.

Pero ahora es peor, cuando se suma la letanía de odio, repetida obsesivamente en los medios del Estado y el Gobierno vuelve a los asesinos en víctimas y a las víctimas en asesinos. En realidad, lo que la señora Murillo y el régimen han hecho es darles a sus seguidores licencia para matar. Milagro es que, en estas circunstancias, no haya (todavía) más Abner Pinedas. Y cada vez que los haya habrá que concluir, en justicia estricta, que el actor intelectual de cualquier crimen cometido por cualquier sandinista contra cualquier opositor es la pareja presidencial. Y son ellos y sus acólitos quienes tengan que vérselas, algún día, con la cadena perpetua. No hay que quitar esta ley.

El autor es sociólogo e historiador. Autor del libro En busca de la tierra prometida. Historia de Nicaragua 1492-2019.

Opinión asesinos reforma constitucional terrorismo archivo
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