Idomeneo y Jefté

Y además

El sábado 1 de abril de 2017 publiqué en esta columna un artículo titulado “La tragedia de Idomeneo”, a propósito de que el 25 de marzo anterior se presentó en el Teatro Nacional Rubén Darío, de Managua, una transmisión de la ópera Idomeneo, de Mozart, desde el Metropolitan Opera House de Nueva York.

Idomeneo, rey de Creta, fue uno de los muchos caudillos griegos que participaron en la Guerra de Troya. Lo hizo aportando “80 naves negras”, según el recuento que hace Homero en el Canto II de la Ilíada.

Durante aquella guerra legendaria los griegos se enemistaron con Poseidón, dios de los mares, de manera que cuando navegaban hacia sus lugares de origen les mandó poderosas tormentas que hicieron naufragar casi todas sus naves.

Idomeneo prometió a Poseidón que si no lo hacía naufragar, sacrificaría a la primera criatura que encontrara al llegar a Creta. Fue una aciaga promesa, porque a la primera persona que vio Idomeneo al llegar a la gran isla fue a su hijo, Idamante, quien todos los días iba a la playa con la esperanza de ver llegar la nave del padre.

Horrorizado, Idomeneo rogó a Poseidón que lo eximiera del cumplimiento de su promesa. Pero fue inútil, el poderoso dios no lo escuchó, Idomeneo se vio obligado a matar a su hijo porque las promesas que se hacen a los dioses son de obligatorio cumplimiento y quien las incumple sufre graves consecuencias.

Pero entonces los dioses castigaron a Idomeneo por aquel horrendo crimen que cometió y mandaron una terrible plaga que asoló a los cretenses, la cual solo terminó cuando los cretenses lo destronaron y expulsaron del país.

Al releer el mito de Idomeneo lo he comparado con la historia bíblica de Jefté, uno de los 14 jueces o reyes del antiguo Israel, de los que se habla precisamente en el Libro de los Jueces, del Viejo Testamento.

Jefté era miembro de la tribu de Gad, hijo de Galaad y de una prostituta. Por eso sus medio hermanos lo repudiaron, desheredaron y expulsaron del seno familiar. Jefté se vio obligado a marchar al exilio y se fue a la región de Tob, que según se dice sería la actual Transjordania.

En Tob Jefté se puso al frente de una banda de aventureros y se volvió un aguerrido hombre de armas.

Resultó que los israelitas una vez más se olvidaron de los mandamientos de Jehová, volvieron a adorar ídolos y fueron castigados por su impiedad. Los amonitas les hicieron la guerra y ellos y no tenían un caudillo militar para hacerles frente.

Los ancianos de Israel supieron de la existencia y hechos de Jefté, lo mandaron a buscar y le propusieron que organizara y encabezara la guerra contra los amonitas. Entonces, según el relato bíblico, Jefté dijo a quienes llegaron a buscarlo, entre los que al parecer había algunos de sus medio hermanos:

—¿No me aborrecisteis vosotros, y me echasteis de la casa de mi padre? ¿Por qué, pues, venís ahora a mí cuando estáis en aflicción?—. Pero aceptó Jefté ser el jefe militar de los israelitas a cambio de que lo nombraran su juez o rey.

Con Jefté a la cabeza los israelitas libraron muchas batallas victoriosas y en vísperas de un crucial combate que podría decidir el destino la guerra, Jefté prometió a Jehová que si le daba la victoria, le sacrificaría en holocausto a la primera persona que saliera de su casa al regresar de la guerra. El holocausto era el sacrificio que se hacía a Jehová quemando completamente el cuerpo de la víctima, a diferencia del moirocausto, en el que solo una parte era quemada y la otra consumida como alimento.

Jefté obtuvo la victoria, pero al regresar a su casa la primera persona a la que vio fue su hija única, quien salió a recibirlo llena de alegría cantando y bailando al son de una pandereta. Se lamentó inmensamente Jefté de aquella situación, pero como él mismo dijo, no podía retractarse de su promesa, e “hizo de ella conforme al voto que había hecho”.

La hija de Jefté estaba virgen. Y se dice en el Libro de los Jueces que desde entonces se hizo costumbre que “de año en año fueran las doncellas de Israel a endechar (cantar oraciones tristes en honor de los difuntos) a la hija de Jefté galaadita, cuatro días en el año”.

Jefté, después de ser juez o rey de Israel durante 6 años, murió tranquilamente y al parecer sin ningún cargo de conciencia por el filicidio que cometió.

Opinión Poseidón archivo
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