La brasileña Lurdiana, que se ha convertido en una estrella de la danza del vientre en las redes sociales, es una de las muchas extranjeras que se han hecho un nombre practicando este arte milenario en Egipto, considerado lugar de nacimiento de este baile.
Aficionadas llegan a Egipto procedentes de todo el mundo, sobre todo de Europa del este y de América Latina, para practicar la danza del vientre. Ahora dominan ya la escena en este país conservador.
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Es casi medianoche y la bailarina del vientre rusa, Anastasia Biserova, da vueltas enérgicamente bajo la atenta mirada de los invitados de una boda en El Cairo, que la contemplan embelesados.
Cada vez hay menos bailarinas egipcias, por la mala reputación de esa práctica, considerada inmoral, y por la represión creciente de las autoridades. Además de las restricciones relacionadas con la pandemia de coronavirus.
Muchas bailarinas, sin embargo, mantuvieron el vínculo con su público divulgando en las redes sociales videos de actuaciones suyas grabados durante el confinamiento.
Lurdiana, convertida en estrella en las redes sociales, tardó en comprender la ambivalencia con la que los egipcios tratan a su oficio. Su arte es apreciado pero, muy a menudo, no la consideran «una profesional», explica la treintañera.
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Dina Talaat, una de las más importantes bailarinas egipcias, que aún vive –en la actualidad tiene 55 años–, consideraba en 2017 que «la mirada de la sociedad» había hecho que cada vez menos jóvenes quieran continuar con la tradición.
Para Chaza Yehia, autora de un libro sobre la historia de la danza del vientre, esta disciplina siempre ha estado vista como un pasatiempo que las mujeres respetables no practicarían nunca.
Una percepción «reforzada por la cultura popular y por las películas, que presentaron a las bailarinas del vientre como seductoras, prostitutas o mujeres que rompen matrimonios», explica la historiadora.
Egipto, un país cada día más conservador, ya no es el edén que fue en otro tiempo para las bailarinas.
Acusadas por las autoridades de «atentar contra el pudor» o «incitar al libertinaje», varias bailarinas, cantantes de pop e influenciadoras fueron detenidas y procesadas en los últimos años por haber publicado videos de baile en las redes sociales.

Fantasías occidentales
La danza del vientre, que en un principio era un ejercicio de las mujeres para relajarse, se desarrolló de forma notoria en el siglo XIX, explica Yehia. «Entonces, a las bailarinas se las llamaba ‘awalem’, es decir, las ‘instruidas'», en alusión a sus «conocimientos profundos del baile y la canción».
Pero «awalem» y «raqassat» («bailarinas» en árabe) tienen hoy una connotación escabrosa.
Las escenas de baile «excitaron la imaginación de Occidente» durante la época colonial y «los escritores y pintores occidentales ilustraron sus propias fantasías […] y trataron de que estas se volvieran realidad», dijo.
En la misma época, se modificaron los trajes para responder al gusto del público europeo y se incorporaron movimientos de otros bailes.
Recientemente, el estilo musical también se ha transformado. La música árabe tradicional se va atenuando progresivamente frente al «mahraganat» o electro Chaabi.
Esta música popular mezcla ritmos orientales rápidos y estribillos con efectos de voces robóticas, y está considerada como obscena pro las autoridades.
La profesión de bailarina oriental arrastra los estigmas de todos esos cambios. Sobre todo las bailarinas egipcias, a quienes se juzga con más severidad que a las extranjeras, para quienes sigue habiendo hueco en El Cairo.