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Patria
Dicen que el 13 de abril de 1655, Luis XIV, rey de Francia, pronunció ante el parlamento la famosa frase “El Estado soy yo” (L’État, c’est moi). No se sabe si en realidad dijo esto o es otro invento histórico de los muchos que hay, pero sí es cierto que la frase quedó como el resumen del absolutismo, donde una persona concentra todo el poder y le pone fin a esas cosas tan extrañas como división o equilibrio de poderes en una sociedad. ¿Para qué? Pues, 365 años más tarde, en un pequeño país de Centroamérica, hay un hombre con menos brillo que El Rey Sol que dice: “La patria soy yo”.
Mesianismo
Pero, el caso de Daniel Ortega es más grave aún. Se trata de un retorcido caso de mesianismo. Ortega es “pueblo”, de tal forma que si él tiene la presidencia es “pueblo presidente”. También es “patria”, así que quien lo ataque o le ponga obstáculos a sus satrapías es “un traidor a la patria”. Y por supuesto, es “soberanía”. ¿No se han fijado que casi todas las leyes que ha promulgado para su defensa y provecho personal invocan siempre a la “soberanía” para justificarse? No, si es que este es un caso grave para la psiquiatría.
Sublimación
El asunto, lamentablemente, no está para chistes. Aquí, en este país, uno puede ser condenado a cadena perpetua por hacer mofa de Daniel Ortega, pues ya se sabe que se considera la patria misma. No se puede jugar con la patria. Ni con el pueblo. Ni con la soberanía. Ortega es, por una extraña sublimación, todo eso ahora. Si hay sanciones contra él o uno de su círculo cercano, ni se le ocurra aplaudir porque es traición a la patria. Al contrario, usted está obligado a defenderlos, a indignarse porque ya no pueden hacer negocios con Albanisa o Difuso, como hacían antes.
Ficción
Llegamos al punto que para que algún extranjero entienda a Nicaragua, hay que explicarle que tenemos dos patrias. La formal, de ficción, y la de Ortega, real. Dos soberanías. Dos pueblos. La patria formal, de mentira, tiene leyes, instituciones, poderes, jueces, derechos y obligaciones. ¡Todo eso es ficción ahora! En la patria real se asesina, se confisca y se abusa en nombre de ella. Las leyes están apenas empezando a escribirse, tal cual se le ocurren cada mañana a Ortega o su señora.
Constitución
Las reglas de esta patria, soberana, gobernada por el pueblo, son muy sencillas. Tan sencillas que en este país que han diseñado los Ortega Murillo la Constitución Política podría ser de una sola línea: “Haga todo lo que Daniel Ortega quiere y podrá vivir (o morir) en paz”.
Señales
¿Cómo llegamos a esto que parece chiste, pero no lo es? Recordemos el origen. Desde el primer día que Daniel Ortega y Rosario Murillo regresaron al poder, vivimos un creciente proceso de personalización del país. Vimos las señales, pero no le pusimos mente. Algunos, incluso, creyeron que era locuritas de dos señores seniles que pronto se aburrirían de ser dañinos. Empezaron a poner marcas por todos lados, de tal forma que a nadie le quedara duda de que este país pasaba a ser la hacienda de una familia, monárquica. Y absolutista, como demostraron más luego.
Símbolos
El juego de símbolos era la clave. Colocaron la bandera de su partido en todas las instituciones del Estado, a pesar que la ley lo prohíbe. Humillaron la bandera azul y blanco que representaba a esa patria que no es la que ellos quieren para nosotros. La rojinegra pasó a ser la bandera de la nueva patria. Cambiaron el escudo por uno que los representara. Pusieron sus rostros en gigantografías por todo el territorio nacional, pintaron el país con sus colores, sembraron árboles de latas por donde pudieron, y resumieron todo el Código Penal en una sola ley que sirve como navaja suiza: “Son órdenes de arriba”.
Blasfemia
A punto de morir, Luis XIV reconoció que solo era un hombre, y que el Estado lo sobreviviría. No sé si Ortega tenga esa capacidad de reflexión. Pero conociéndolo como lo conocemos va a querer seguir gobernando después de muerto, como Kim Il-sung en Corea del Norte o René Núñez en la Asamblea Nacional. Ya se declaró pueblo, soberanía y patria. El siguiente paso en este cuadro clínico es declararse dios. Es lo que sucede cuando se junta el poder y la locura. Entonces, renegar de Ortega será blasfemia. Ya lo veremos. Dios salve a Nicaragua.
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