La estrategia del «¿y qué?»

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¿Y qué?

En 2018, Daniel Ortega decidió cruzar la línea roja cuando sintió que su castillo de naipes se desmoronaba por la, probablemente, rebelión más grande que gobierno alguno haya enfrentado en la historia de Nicaragua. Pasó de la represión que buscaba el control de la sociedad a través acciones represivas puntuales contra algunos opositores con el propósito de intimidar a muchos, al crimen masivo para contener a una sociedad desbordada. La masacre. Hombres, mujeres y niños fueron asesinados sin miramientos por un régimen dispuesto a conservar el poder a como sea, mientras le grita al mundo: ¡¿Y qué?!

Rehenes

Desde entonces su estrategia ha sido el “¿y qué?” Lo dice ebrio de poder, quitándose la camisa, en media calle, y dando traspiés, como el borrachín peleonero del barrio. Expulsó a los organismos internacionales de derechos humanos. ¿Y qué? A los nacionales también. ¿Y qué? Impuso un estado de sitio de facto. ¿Y qué? Prostituyó la justicia como nunca antes con sentencias inverosímiles. ¿Y qué? Dictó una ley de autoamnistía para limpiarse la sangre de las manos. ¿Y qué? Avisa desde ahora, con todas sus señales, que se va a robar también las elecciones de noviembre 2021.  ¿Y qué? Es el secuestrador que, apuntando a la cabeza de sus rehenes, grita que, o lo dejan salirse con la suya o no responde por las consecuencias, porque es un loco y ya no tiene nada que perder.

Consecuencias

Pero no es cierto que hace y no pasa nada. Ya el mundo no lo trata con los paños tibios con que lo trataban antes. Es un dictador aislado, señalado, aunque aún no acusado, de crímenes de lesa humanidad. Un paria en el escenario internacional. Y pasa del “¿y qué?” a hacerse la víctima con una facilidad asombrosa. Cuando ya le decretaron la ley del hielo, no entiende el borrachín del barrio por qué no lo dejan echarse sus tragos, como si ese fuese el problema, y se olvida convenientemente, cuando anduvo quebrando ventana a pedradas, retando e insultado a todos los vecinos.

Doble personalidad

Ortega siempre ha sido maestro de la doble personalidad. Cada vez que puede reclama derechos y respetos que, al mismo tiempo, él les niega a los nicaragüenses. La dualidad lo define: se comporta como mara o mafia dentro de Nicaragua y quiere que afuera lo traten con los honores de un gobierno decente. Defiende como soberanía nacional su derecho a hacer lo que le da la gana con los nicaragüenses. Y se molesta cuando no le siguen la corriente.

Justicia internacional

Esta semana, la Corte Penal Internacional (CPI), determinó que existen razones para iniciar un proceso contra el dictador venezolano y la cúpula de su régimen por crímenes de lesa humanidad. Son malas noticias para los dictadores. Es mala noticia para Ortega porque, aunque Nicaragua no está adscrita, por ahora, al “Estatuto de Roma” que define a los estados miembros de la CPI, demuestra que la justicia internacional es posible, ya sea en este u otro de los tribunales que existen para juzgar a los criminales que en su propio país es imposible castigarlos.

Dictadores

La estrategia del “¿y qué?” le puede funcionar a alguien un mes, un año, tal vez dos o tres, pero no para siempre. En algún momento deberá pagar por las culpas que acumula con ese comportamiento delictivo. La mayoría de los dictadores de los últimos 30 años han acabado muy mal. Son pocos los que, como Fidel Castro o Augusto Pinochet, mueren sus camas. Veamos la historia de José Antonio Noriega (Panamá), Slobodan Milosevic (Yugoslavia), Sadam Hussein (Irak), Muammar Gaddafi (Libia), Omar al-Bashir (Sudán), Laurent Gbagbo (Costa de Marfil), y Jean Kambanda (Ruanda), entre otros, acusados de narcotráfico, crímenes contra la humanidad o genocidio. Busquen en Google a dónde los llevó su estrategia del “¿y qué?”. En estos tiempos, salirse con la suya, es la excepción para los dictadores. La regla es que paguen. Tarde o temprano. Y eso lo deberían saber quienes apuestan a tener la protección de Ortega por mil años más.

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