Necesitamos gente como Juan el Bautista

En este Adviento, aparece una figura importante llamada Juan el Bautista. (Jn. 1, 8-9. 19-28). Es el hombre que sabe quién es y cuál es su misión en la tierra en un ambiente en el que los grupos del poder, tanto religioso como social y político, estaban pendientes de aparentar lo que no eran ni hacían, como Jesús dijo sobre los escribas y fariseos. (Mt. 23, 5-7).

Los mismos sacerdotes se habían encerrado en sus templos y en sus ritos y sacrificios prescindiendo de lo más importante que Dios les pedía: Brindar la mano al pueblo, a los más necesitados y olvidados de la sociedad, como Jesús los denunciaría con la parábola del buen samaritano (Lc. 10, 29-37).

En este ambiente de hipocresía surge ese hombre sencillo, Juan el Bautista, consciente de quién es él, de cuál es su misión y cómo deber ser fiel a sí mismo y a la misión que Dios le ha confiado.

Su sencillez estorbaba y confundía a los que vivían solo de fachada; por eso le preguntaron a Juan: “Tú, ¿quién eres” (Jn. 1, 19. 22)… “¿Eres tú Elías?” (Jn. 1, 21)… “¿Eres tú el profeta?” (Jn. 1, 21)… “¿Cómo te defines tú?” (Jn. 1, 22).

Juan, entonces, les habló bien claro. Era consciente de quién era y de cuál era su misión y les respondió con total sinceridad (Jn. 1, 20):  “Yo no soy el Mesías… Ni el profeta” (Jn. 1, 20-22). El Mesías, el verdadero profeta, es otro, “el Elegido de Dios” (Jn. 1, 34) y ya está en medio del pueblo (Jn. 1, 26).

Yo no soy la luz (Jn. 1, 8); la luz es Jesús, la Palabra, que ha venido a los suyos, pero los suyos no le han aceptado (Jn. 1, 10-11). “Yo sólo soy testigo de la luz para que todos crean en él” (Jn. 1, 7).

Por eso, Juan no es ni quiere ser el centro de las miradas del pueblo. El pueblo tiene que tener como centro de sus miradas a alguien que es, en verdad, el Hijo Unigénito del Padre, Jesús, ante quien Juan confiesa que ni siquiera es “ digno de desatarle la correa de su sandalia” (Jn. 1, 27).

Juan, como él mismo confiesa: Solo es la voz que no puede callar porque para eso ha sido enviado, como ya lo había profetizado Isaías: “Voz que clama en el desierto: “Rectifiquen el camino del Señor (Jn. 1, 23; Is. 40, 3).

Juan confiesa que él solo bautiza con agua con el fin de que el pueblo se convierta y esté abierto a aquel que bautiza con el Espíritu y no le conocen (Jn. 1, 26). Con razón decía Jesús hablando de Juan el Bautista:  “No hay entre los nacidos de mujer, ninguno mayor que Juan” (Lc. 7, 28).

Hoy día necesitamos mucha gente como Juan el Bautista: gente que, en verdad, se tenga a sí misma una gran autoestima.

Gente que no vaya por este mundo pretendiendo echárselas de lo que no es o no tiene.

Gente que habla con toda autoridad en este desierto de la vida en el que vivimos.

Gente capaz de ser testigo de la luz y estar abierta al que nos puede inundar de su luz que tanto todos necesitamos para aceptar la verdadera luz que ilumina nuestra vida, luz que solo es Jesús.

Gente que nos anime a cambiar y convertirnos para que seamos capaces de construir ese hombre y mundo  nuevos que, en el fondo, todos deseamos.

El mayor orgullo que podemos tener todos, es ser sinceros con nosotros mismos, con lo que somos y hacemos, única manera de tenernos una auténtica y sincera autoestima, como la tuvo Juan el Bautista.

El autor es sacerdote católico.

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