La revista América, publicación de los jesuitas norteamericanos, acaba de exaltar el perfil católico de Biden. Hecho curioso, ya que él ha prometido financiar con fondos federales el aborto, práctica considerada como pecado abominable por la doctrina oficial de la Iglesia católica. ¿Cómo concilia el articulista semejante contradicción? Lo intenta recurriendo a una cita de Biden, la cual vale la pena analizar pues representa una forma de pensar ilógica, pero muy extendida. Veamos.
Biden comienza afirmando que, aunque él “personalmente” cree que la vida comienza con la concepción… “Lo que no estoy dispuesto a hacer es imponer un punto de vista preciso, que nace de mi fe, sobre otra gente que son igualmente temerosas de Dios, e igualmente comprometidas con la vida, igualmente comprometidas con la santidad de la vida humana. Estoy preparado a aceptar que la vida humana se inicia en el momento de la concepción, pero no estoy preparado a decírselo a otra gente, sean temerosos de Dios, o no temerosos de Dios”.
Son cuatro los errores principales. El primero: implicar que su creencia de que la vida humana comienza con la concepción no es más que algo “personal”; un mero punto de vista, u opinión, que no nace de la realidad observable sino de su fe. Pero no es así. Que la vida humana comienza en el momento en que el óvulo es fecundado por un espermatozoide es una verdad científica, un hecho que ningún biólogo disputa. Lo que a continuación crece en el vientre materno no es un tumor, ni un mono, sino un ser vivo perteneciente a la especie humana.
Segundo error: “No estoy preparado para imponer un punto de vista particular que nace de mi fe, en otras personas”. Es falso que él no quiera imponer a los demás sus opiniones. Todo lo contrario: lo que él y su partido demócrata proponen es imponer, al resto de la población que rechaza el aborto o su financiamiento público, la obligación de pagarlo con sus impuestos. Quien no lo hace podrá ir preso. ¿No es esta una gran imposición?
Tercer error: “no puedo imponer mi punto de vista a otras personas igualmente comprometidas con la santidad de la vida”. Pero ¿cómo puede considerarse que pertenecen a esta noble categoría quienes están dispuestos a financiar la muerte de millares de fetos o niños en el vientre materno? ¿No es una contradicción flagrante?
Cuarto error: “Estoy preparado a aceptar que la vida humana se inicia en el momento de la concepción, pero no estoy preparado a decírselo a otra gente, temerosa de Dios y no temerosa de Dios”. ¿Por qué no? Si uno está convencido que la vida humana comienza con la concepción, es inevitable concluir que el aborto mata dicha vida, y que por tanto es, en el mejor de los casos, un homicidio, y, en el peor, un asesinato. Entonces, ¿porqué no gritárselo a los demás? ¿No es acaso un deber ético?
Esta forma de pensar hunde sus raíces en el relativismo: la creencia de que no hay verdades morales absolutas y que, por tanto, uno no puede considerar como tal ningún precepto moral y, mucho menos, tratar de imponerlo a los demás. Suena elegante, tolerante, pero es absurdo e impráctico. Supongamos que un yihadista viene y te dice que de acuerdo con sus convicciones musulmanas es legítimo matar a los infieles. ¿Le dirías que, aunque no estás de acuerdo con él, porque tus convicciones son distintas, tampoco se las puedes imponer y que, por tanto, él tiene derecho a matar infieles inocentes?
Pero este es, exactamente, a donde conduce el razonamiento de quienes avalan tanto el aborto como el relativismo. Razonamiento —si es que se le puede llamar así— que termina siendo falso e ilógico, porque lo admitamos o no, en el fondo todos necesitamos creer y defender verdades absolutas, como el “no matarás”, para poder vivir.
Y que también termina siendo hipócrita, porque en contradicción con sus propios principios desprecia las ideas contrarias y trata de imponer las únicas que considera correctas y de universal cumplimiento: las propias.
El autor es historiador y autor del libro “En busca de la tierra prometida, Historia de Nicaragua 1492-2019”.