El domingo 25 de octubre se cumplieron 43 años de la firma de los Pactos de la Moncloa (fueron dos, denominados Acuerdo sobre el programa de saneamiento y reforma de la economía y Acuerdo sobre el programa de actuación jurídica y política), que se convirtieron en un paradigma mundial de diálogo y convivencia democrática entre todas las fuerzas políticas y territorios (incluidos, evidentemente, los nacionalistas vascos y catalanes).
Los pactos permitieron a España iniciar el camino de la modernización que la llevaría a integrarse en la Unión Europea y a tener uno de los periodos más largos de prosperidad de su historia.
Revisando los archivos del diario El País me encontré un resumen sobre el alcance de dichos pactos mediante los cuales los españoles “se comprometieron, a base de diálogo creador y de voluntad política, partidos y movimientos que habían sido enemigos por décadas: Un gobierno de estirpe franquista, la Iglesia Católica, el Partido Comunista, el Opus Dei, las Comisiones Obreras, los gremios patronales, los sectores académicos. Las heridas producidas por la guerra civil, hacía 40 años, continuaban abiertas. La sociedad española estaba partida en dos y la radiografía de aquella España presentaba un cuadro clínico explosivo”. “O acabamos con la crisis o la crisis acaba con nosotros” solían repetir los ciudadanos.
Nicaragua hoy día debe mirarse en varios espejos: el espejo español y por supuesto que también en los espejos latinoamericanos (argentino, chileno y más recientemente el espejo colombiano), si quiere resolver su aguda problemática actual.
Intenta salir, un poco a ciegas, de un conflicto social y político de antaño, pero afortunadamente en el caso de actualidad, no deriva de una guerra civil. Somos un país multirracial, multilingüe, multicultural, multimestizo, multifacético, multi-LGBT+, multitudinario, “multitodo”.
Como me dijo un amigo poeta hace unos años: “E ignotos son los meandros recorridos por la añeja sangre”.
Somos también indios chorotegas, nagrandanos, dirianes, sutiabas, matagalpas, chontales, mayangnas, caribes, garífunas, miskitos, ramas, creoles y no se cuantas más razas que debemos de aprender a convivir como hijos de una misma Madre.
En asuntos de “pactos” las sociedades han oscilado entre dos tendencias distintas. Algunas han tomado la opción de “pasar la página” como un medio para reconstruir la nación. Este fue el caso de España en 1977.
Otros países tomaron la decisión de coger el “toro por los cuernos” y afrontar su pasado inmediato, mediante Comisiones de la Verdad. Argentina y Chile son ejemplos impactantes.
¿Cuál es el modelo más apropiado para Nicaragua: “pasar la página” o afrontar el pasado? En un país en medio del conflicto, ¿es viable afrontar la verdad sin generar nuevas tensiones traumáticas? ¿Qué nos enseña la experiencia internacional?
Veamos, primero, el caso de España. El 20 de noviembre de 1975 murió el caudillo de España y de la Cruzada, Generalísimo de los Ejércitos, Francisco Franco Bahamonde. La situación económica y política era catastrófica. La sensación era que España se hundía en el caos. En tales circunstancias, Enrique Fuentes Quintana, parafraseando a un político republicano de 1932, afirmó que “o los demócratas acaban con la crisis, o la crisis acaba con la democracia”. Esta frase se convertiría en una consigna nacional. Los principales líderes políticos del país, en un gesto inusual, firmaron los Pactos de La Moncloa: el político (Programa de Actuación Jurídica y Política) y el económico (Programa de Saneamiento y Reformas de la Economía).
Los adversarios feroces de ayer, desde el líder comunista, Santiago Carrillo (PCE), pasando por Felipe González (PSOE), Leopoldo Calvo-Sotelo y Adolfo Suárez (UCD), Enrique Tierno (PSP) y Manuel Fraga (AP), mediante estos acuerdos, le abrieron paso a la España moderna y democrática de hoy.
Probablemente, si España hubiese creado una Comisión de la Verdad en 1977, con las pasiones y los resentimientos vivos se habría hundido en una nueva guerra civil. El “pacto del olvido”, como muchos calificaron a los acuerdos de La Moncloa, fueron un bálsamo para afrontar el futuro. España esperó 70 años para abrir el debate en torno a la guerra civil y el régimen franquista, con la Ley de Memoria Histórica, que dictó recientemente el gobierno de Rodríguez Zapatero.
Argentina y Chile tomaron otro camino. El 29 de diciembre de 1983, el escritor Ernesto Sábato fue elegido presidente de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep), por el presidente Raúl Alfonsín, para investigar los crímenes perpetrados durante la dictadura militar (1976-1983), por parte de los “dos demonios”: la guerrilla y los agentes estatales. Los resultados fueron publicados en un impactante libro titulado Nunca más.
En Chile, el presidente Patricio Aylwin, mediante el Decreto 355 del 24 de abril de 1990, creó la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación que sería presidida por el reconocido jurista Raúl Retting y cuyo informe final fue publicado en 1991.
Por caminos distintos, España, Argentina y Chile lograron superar los episodios traumáticos del pasado, aun en medio de múltiples heridas abiertas y apasionados debates públicos que todavía subsisten. Cada sociedad debe escoger su propio camino para alcanzar la reconciliación nacional.
Desde mi perspectiva personal, Nicaragua debe combinar la experiencia española con las experiencias del Cono Sur. Es decir, afrontar la verdad sobre las relaciones entre política y violencia y, al mismo tiempo, impulsar un pacto democrático contra las violencias de izquierda y de derecha.
El presidente electo estaría en condiciones de abrir una nueva conversación entre los nicaragüenses. Pero no solo entre quienes votaron por él (o ella) o están, más o menos, cercanos a lo que él (ella) representa. También con sus adversarios y, en general, con los sectores que interpelan al establecimiento. Ese debe ser el sentido de su referencia a los Pactos de la Moncloa, que se firmaron entre enemigos, herederos de una guerra cruel cuyos vencedores ejercieron la tiranía desde el poder y el abuso desde el derecho.
Adolfo Suárez tuvo la inteligencia visionaria y el talento político para abrir una conversación entre todos, y romper el prolongado monólogo del establecimiento consigo mismo. Suárez convenció a España de que la política es el sustituto de la guerra.
¿Podría ser el próximo presidente o presidenta de Nicaragua factor decisivo para una transición que siente las bases para que Nicaragua supere los factores de crisis que la agobian?
Es algo que resulta clave, prioritario, urgente. Esta subcultura de la violencia y este imperio de los antivalores desemboca, fatalmente, en un colapso a corto o a mediano plazo. Semejante compromiso no puede dejarse al garete.
Así es imposible formar una nueva generación. Leal Villa de Santiago de Managua, a 47 años de los Pactos de la Moncloa.
El autor es presidente del Instituto de Cultura Hispánica de Nicaragua.