El odio de Ortega

Sigmund Freud, el afamado padre del psicoanálisis, acuñó muchos nuevos conceptos psiquiátricos que revolucionaron la forma de ver la conducta humana. Uno de ellos es el de “proyección”. Esta consiste en un mecanismo de defensa que usa el hombre para atribuir (proyectar) en otras personas, sentimientos positivos o negativos que él mismo experimenta, pero que le resultan inaceptables. Así, una persona envidiosa puede ignorar en ella este sentir y proyectarlo, o verlo en otros. Puede ver al otro cobarde, cuando el cobarde es él; furioso, cuando el furioso es él. Es el caso de la tendencia a ver la mota en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio, como advertía Jesús.

En su última intervención Ortega afirmó indignado que los opositores están llenos de odio. Y repitió la palabra varias veces; “odio, odio, odio”. “Están llenos de odio”. La realidad, fácilmente detectable para cualquier psiquiatra y observador corriente, es que el lleno de odio era él. Pues fue inusitada la multitud de insultos y epítetos con que describió a sus opositores. Hubo un momento en que pareció a punto de decirles hijos de p… pero prefirió decirles algo parecido: “hijos del diablo”. La suya fue, en realidad, una perorata con todos los ingredientes de los discursos clásicos de odio: demonización de sus adversarios, negación de su humanidad —no son nicaragüenses, ni personas, sino traidores, perversos, etc., etc.

Llevado por este odio, Ortega destapó la verdadera intención de aplicar cadenas perpetuas al extender la amenaza, en forma explícita, a los opositores. Incluso insinuó, sin disimulo alguno, que la cadena perpetua era lo que podía poner, porque otros lo hacen, pero no la pena de muerte —su verdadera intención— porque ahora está rechazada internacionalmente. Su esposa, otro personaje orwelliano que habla de amor cuando destila azufre por la boca, añadió también su letanía de insultos y descalificaciones contra la oposición, con una rigidez facial que denotaba su furia. Esa es la pareja que hoy domina a Nicaragua. Una pareja enferma de odio. De un odio feroz y, como tal, homicida; en el fondo quisieran matar a los opositores.

Los discursos de odio de los Ortega Murillo, escuchados por sus militantes, policías y matones, son una invitación para que, sin el menor remordimiento —y más bien hasta con gusto— perpetren actos de agresión y homicidios contra los odiados opositores. Los tiranos más crueles de la historia comenzaban asesinando con palabras y luego con tiros y cuchillos. Hitler insistía machaconamente que los judíos eran una raza maldita, que habían traicionado Alemania, que estaban llenos de codicia y podredumbre. Después vino el holocausto. La deshumanización del adversario prepara el campo para agredirlo y eliminarlo porque remueve los escrúpulos y cualquier compasión. ¿Por qué tenerla hacia quienes son viles, malvados y asquerosos?

Esto no es teoría ni posibilidad. Los centenares de asesinados por los esbirros de la pareja, desde abril del 2018, son la manifestación más irrefutable del odio que llevó a esta barbarie. Sin dicho sentimiento, teológicamente explicado como diabólico, no hubiese corrido tanta sangre. Lo grave es que se ha exacerbado; es más intenso, abierto y oficial.

Sus palabras y sus actos destilan un incremento del ánimo represivo: el terrorismo fiscal, incluyendo la multa salvaje contra la esposa de Juan Sebastián Chamorro, el arresto violento de opositores en todo el país, la agresión contra el Canal 10, la propuesta de cadena perpetua, etc. Podría ser todo parte de una estrategia política fríamente calculada.

Pero es evidente que hay un componente emocional muy fuerte de influir mucho. Una posible causa de su incremento es la frustración y la debilidad. La rebelión de abril les aguó la fiesta y el activismo opositor, más las sanciones, lo sienten como una clara amenaza a su supervivencia. Uno suele odiar lo que teme. A más temor más odio y a más odio más peligro, pues nada hay más peligroso que un odiador armado y sin escrúpulos.

No debemos olvidar, sin embargo, que esos mismos mecanismos de odio también pueden operar en la oposición.

Nadie está al abrigo de esa tentación universal. Será importante pues estar en guardia para no caer en ella. Es difícil luchar contra la injusticia sin odiar al injusto. Pero ese es el reto.

El autor es historiador, autor del libro En busca de la tierra prometida, Historia de Nicaragua 1492-2019.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí