Y ADEMÁS
Conté, en el artículo anterior de esta columna, la historia de Eneas, que al caer la espléndida ciudad de Troya en poder de los griegos, y ser sometida al saqueo despiadado y la destrucción total, huye sin llevar consigo nada de valor material, solo a su anciano padre Anquises a quien carga en los hombros y a su pequeño hijo, Ascanio, tomado de la mano.
¿Y su mujer?, me preguntó un amigo lector. ¿Qué pasó con ella? ¿Es que Eneas era viudo o padre soltero? Y, si era casado y su esposa estaba viva, entonces, ¿por qué no la llevó también con él?
Eneas sí tenía esposa. Creúsa se llamaba y era princesa de Troya, hija de los reyes Príamo y Hécuba. Y también ella sale de la ciudad en llamas, huyendo, detrás de su marido.
Pero no solo la familia de Eneas huía de los griegos que mataban a cuanta persona encontraban a su paso de implacables y vengativos vencedores. Era una multitud de troyanos de todas las edades y condición, los que huían en una caótica confusión tratando de salvar la vida.
Creúsa, aunque iba a paso muy rápido, casi corriendo detrás de Eneas, se fue quedando atrás. Hasta que de repente desapareció. Cayó al suelo, extenuada, gritó desesperadamente a Eneas, pero este no la escuchó por el griterío del montón de gente que huía en tropel.
De repente Eneas se percata de que Creúsa no va detrás de ellos, se detiene, baja a Anquises de sus hombros, lo acomoda junto a Ascanio en un recodo del camino y se regresa corriendo en busca de Creúsa, gritando su nombre. Pero no la encuentra. Resignado y triste vuelve para recoger al padre y al hijo, seguir el camino y ponerse a salvo.
Más adelante, cuando ya los griegos no les pueden dar alcance y además ya no les interesa, Eneas se detiene y reúne a los hombres que conoce, para planear el mejor rumbo que juntos pueden o deben seguir.
Entonces Eneas tiene una visión. Se le aparece la sombra o alma de Creúsa y le dice que no se preocupe más por ella, pues ahora se encuentra en el mejor lugar posible.
Creúsa cuenta a Eneas que cuando cayó agotada, sin aliento, entre la multitud en fuga, y se sintió morir, se presentó la diosa Afrodita, la madre de Eneas, a quien concibió en el monte Ida en un caprichoso romance que tuvo con el mortal Anquises. Tomó Afrodita a Creúsa en sus brazos y la llevó al lugar celestial donde viven para siempre los bienaventurados (Makaron Nesos), las almas perfectas que gozan de un eterno y feliz reposo.
Es Virgilio, el insigne poeta latino, quien relata, en La Eneida que el espíritu de Creúsa le aconsejó a Eneas que siguiera su camino, sin ella. Y le anuncia que por designio de los dioses enfrentará grandes desafíos y hará largas navegaciones, hasta llegar a las tierras de Hesperia, Italia, donde lo esperaba un reino y una regia nueva consorte.
Allí, en Hesperia, como llamaban los antiguos griegos a Italia, la descendencia de Eneas habría de fundar la nueva Troya que andando el tiempo sería la gran Roma imperial, la que pondría al mundo bajo sus pies.