Dios ha hecho a los hombres no para vivir en soledad sino para convivir.
Vivir es convivir: darnos cuenta de que vivimos con otros, convivimos con otros y junto a otros que son tan personas humanas como yo. Si vivir es convivir, lo que sea nuestra convivencia, será nuestra vida, saber vivir es, por tanto, saber convivir.
La convivencia es, ante todo, compartir, participar en la vida ajena y hacer participar al otro en la propia. A medida que la convivencia sea mejor, también será mejor la vida. Quien no sabe convivir, no sabe vivir. Pero para que esta convivencia sea una convivencia sana y feliz, se necesita tener ciertos valores básicos, como son: el respeto a toda persona humana, como nos dice San Pablo: “¿No saben que son templos vivos de Dios y que el Espíritu habita en ustedes?… El templo de Dios es sagrado, y ustedes son ese templo” (1 Cor. 1, 16-17).
De ahí que mi respeto a la sociedad, y el de cada uno de sus miembros para los demás, es lo que hace posible la convivencia de los seres humanos. La aceptación del otro como otro, con su propia individualidad, sin pretender manejarlo para que sea como yo. Se trata de reconocerle al otro el derecho de ser él mismo y de ser diferente. El servicio mutuo, como nos dice Jesús: “Quien quiera ser el mayor entre ustedes que se haga el servidor de todos” (Mt. 23, 11). Por eso el que no sirve para servir, no sirve para vivir. La justicia como portadora de la paz, como nos dice el apóstol Santiago: “La paz es el fruto de la justicia” (St. 3, 18).
El amor va unido al perdón: No el “ojo por ojo o diente por diente” (Mt. 5, 38-42). Sino el amor, aún a los propios enemigos, como nos dice Jesús: “Han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo les digo: “Amen a sus enemigos… para que sean hijos de su Padre celestial” (Mt. 5, 43-47). La capacidad de aguante, porque el amor, como nos dice San Pablo: “Es paciente” (1 Cor. 13, 4). El diálogo, como nos dice Santiago: “Sean prontos para oír y tardos para hablar” (St. 1, 9).
Una convivencia sin estos valores esenciales es imposible que sea causa de felicidad y paz. Hoy se nos hace imposible la convivencia porque están ausentes los grandes valores que la sostienen. Nuestra convivencia no marcha bien porque: Alimentamos nuestros egoísmos y dejamos de pensar en el otro y sólo nos acordamos de él para ver qué provecho le podemos sacar (Mt.5,40-41).
En vez de darnos la mano, buscamos la revancha, nos guardamos lo que nos hacen para después cobrarlo en la primera oportunidad que se nos presente (Mt. 5, 43-47).
Devolver mal por mal no es reparar el mal sino redoblarlo.
Si vivir es convivir, necesitamos hacer nuestros esos grandes valores que nos enseña Jesús en el Evangelio para poder convivir en paz.
Todos necesitamos reconstruir nuestra convivencia con un nuevo rostro que nos haga posible una vida más feliz entre todos.
El autor es sacerdote católico.