Estamos viviendo en este mundo nuestro unos momentos en los que no vale echarse a dormir, como si ya estuviese todo hecho y arreglado. La irresponsabilidad nos ha costado bastante cara y, gracias a esa irresponsabilidad, estamos sufriendo esta grave crisis en la que estamos sumergidos.
En nuestras manos están muchos problemas que resolver y no podemos permitirnos el lujo de jugar con la vida nuestra o la vida de los demás; es necesario estar con los ojos bien abiertos, como nos dice Jesús: “Estén atentos, vigilen… Velad” (Mc. 13,33.35-36).
Son muchas las personas: Que en nuestro mundo aún no viven con la dignidad que se merecen.
Tenemos que tener los ojos bien abiertos para ser conscientes de ello y luchar contra todo cuanto significa marginación.
Son muchos los retos que tenemos que plantearnos aún, para que en este mundo todos los seres humanos, sin distinción de raza, de color, de sexo, o de religión, vivamos con la dignidad que cada uno se merece, y respetemos todos y cada uno de nuestros derechos humanos. No podemos dormirnos en los laureles. “El hombre es lo que importa”.
Son muchos los pasos que tenemos que dar dentro de nuestra misma Iglesia para que nuestras comunidades cristianas y sus pastores seamos la luz que Jesús quiso que fuésemos en medio del mundo y de este mundo en concreto que nos ha tocado vivir.
Tenemos que vigilar para que el mensaje de Jesús no se siga corrompiendo y nada pueda decirles a los hombres de hoy.
Son muchos los problemas que aún tenemos que resolver para que se haga posible ese futuro mejor que todos esperamos.
El mundo que todos queremos y la Iglesia que todos deseamos, nunca llegará con milagritos caídos del cielo ni con mesianismos absurdos. Solo siendo responsables, cambiando nuestras actitudes cómodas y egoístas y cumpliendo cada uno con nuestras obligaciones que nos atañen, construiremos ese mundo en el que todos soñamos.
Jesús, nos llama a “vigilar,” a estar pendientes para que no caigamos en la tentación de tumbarnos y dormirnos porque, como dice el refrán: “Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente”.
Nosotros, los que nos llamamos cristianos, somos los primeros que no podemos abandonarnos en el sueño irresponsable y cruzarnos de brazos ante los problemas de nuestro mundo y de nuestra Iglesia. Si alguien tiene que tener los ojos bien abiertos y armarse de una gran responsabilidad somos nosotros, los que confesamos creer en Jesús.
La responsabilidad es el fundamento de todo proceso. Por eso nos dice Jesús en el evangelio de hoy: “Velen” (Mc. 13,37).
Iniciamos el tiempo de adviento, tiempo que nos lleva al encuentro de Cristo que nace y a festejar ese hecho histórico jamás soñado por persona alguna de un Dios que se hace hombre tomando carne de una mujer sencilla de pueblo.
Este es un tiempo, por tanto, de vigilancia, de estar alerta todos aquellos que nos llamamos cristianos y sintamos verdadero orgullo de haber conocido a Cristo.
Tenemos que estar alerta y vigilar para no caer en la tentación fácil de olvidar poner el centro de nuestra mirada en la gran fiesta que vamos a celebrar: que en Jesús de Nazaret, Dios se nos ha dado a conocer fundido y confundido con lo humano.
El tiempo de adviento nos tiene que conducir, no a los grandes supermercados sino al pesebre de Belén donde descubriremos algo inaudito jamás visto: Un Dios que se hace carne de nuestra carne e historia de nuestra historia.
El autor es sacerdote.