La historia ha demostrado que el nicaragüense soporta injusticias distraído por la diaria supervivencia. Hasta que se desborda. Cuando esto ha sucedido, la urgencia y emotividad del momento no le han permitido discernir lo más conveniente, ni encontrar mecanismos o recobrar fuerzas para evitar ser estafados. Es el drama del atrapado. Toda posibilidad parece segura ruta de escape.
Ejemplos, con diversos matices: 1.- El derrumbe de los Somoza (1979), donde el supuesto “en vez de Somoza, cualquier cosa” se cumplió a cabalidad. Y se impuso una dictadura causante de atraso económico sin precedentes, guerra fratricida, represión, exilios, sufrimientos cuyas heridas continúan sangrando. 2.- Triunfo de doña Violeta Barrios de Chamorro (1990), maniatada de entrada y obligada a concesiones no deseadas por sus votantes, debilitando terriblemente su mandato. 3.- Arribo de Arnoldo Alemán (1996) con discurso justiciero, que en pocos meses pactó con sus adversarios, y etcéteras. 4.- La esperanza en Enrique Bolaños (2001) se fue por la borda al ser emboscado y desarmado por los caudillos. 5.- La nueva presidencia de Daniel Ortega (2006), asistiendo a misas cardenalicias y pidiendo una oportunidad —que los ingenuos tragaron— inaugurando la nueva edición de sumisión o garrote.
Todos quedaron cortos con sus promesas y generaron nuevos conflictos, aunque los amanuenses insistan en disimularlos. La voluntad popular ha sido continuamente traicionada por oportunistas que a la entrada o al final se apropian de las circunstancias, conduciendo la nación hacia la próxima trampa.
Y así, por décadas, el país continúa enfrentando los mismos problemas a merced de conocidos personajes. Somos testigos de extravagantes reciclajes, manipulaciones y evasión de responsabilidades al por mayor, mientras el oficialismo y la llamada oposición —con y sin personería jurídica— proclaman su encendido “amor a Nicaragua”.
Si la ciudadanía no ha reaccionado aún ante las arbitrariedades del régimen, no hay manera de culparla: las experiencias pasadas y el menú de grupos opositores en ejercicio de afilados carniceros unos contra otros, son la causa. Note usted, en ellos y el oficialismo la impúdica prédica de “amor a Nicaragua” sale de sus labios con facilidad asombrosa. Pasión patriotera que no parece significar más que intereses personales o grupales.
Amar Nicaragua no es solamente amar sus playas, montañas, fiestas, bailes, canciones, pueblos o platillos típicos. Amar Nicaragua es amar a quienes con sudor buscan el diario sustento; los que van a pie, en buses, taxis y las incómodas avalanchas de motos; quienes gritan vender lo que sea, los campesinos, las marchantas de los mercados, los desempleados, las mujeres maltratadas, el policía asoleado, los chavalos a toda hora en semáforos limpiando vidrios o disfrazados de payasos por una limosna… Esto es simple: si los políticos no aman a la gente y lo demuestran, entonces no les importa el país, aunque digan lo contrario todos los días.
Las agendas personales o de grupo son feroces. La ciudadanía está cansada de palabrería. Es como si los invitan a tomar una suculenta sopa de res, pero les sirven agua caliente. Como consecuencia y muestra, hace un año 51 por ciento de votantes nicaragüenses —probablemente hoy serán más— no solo consideraba que los políticos “han perdido credibilidad”, sino que “y no la recuperarán”. (Latinobarómetro, 2016).
Aunque construir democracia es un proceso, aportemos para que la próxima oportunidad que la ciudadanía reaccione no repita errores que hoy se pagan tan caros; que el verdadero amor por Nicaragua sea la guía para transitar la ruta de la paz y prosperidad.
El autor es periodista.