¿Qué podemos hacer para mejorar Nicaragua en 2017? Todo comienzo de un nuevo ciclo, como es el inicio de año, invita a replantearnos metas y propósitos. Hacerlo es una práctica saludable. Aunque con harta frecuencia nos quedemos cortos de lo propuesto, tener algo por qué luchar es señal que mantenemos la esperanza y la juventud interior; que conservamos una vitalidad e idealismo que no se desinflan a pesar de los posibles o seguros traspiés que sufriremos.
Comenzamos 2017 con buen pie si entramos en él convencidos que podemos hacer algo para mejorar nuestro país. Lo comenzamos si lo hacemos pensando que Nicaragua es un caso perdido o de que yo, como persona, no puedo hacer nada para cambiarla. Pues nada garantiza más el fracaso que el desánimo o la apatía que produce sentirse derrotado de antemano.
Independientemente de lo que pueda pasar este año; avance o retroceda la democracia o la institucionalidad, la verdad es que cada uno de nosotros puede mejorar Nicaragua. La razón, sorprendentemente simple, radica en que cada uno puede mejorarse a sí mismo. Si aceptamos al menos que es posible mejorar como personas, y si consideramos que una nación está constituida por sus ciudadanos, no podemos escapar a la conclusión de que la mejoría de una proporción de estos redundará en un país mejor. Imaginemos por un instante que se duplicara en el país el número de personas responsables y honradas; que pasaran, por decir algo, de ser del 20 por ciento de la población a ser el 40. ¿No sería Nicaragua un país mejor? ¿Y si estas fueran el 80 o más por ciento, no habitaríamos en una sociedad muchísimo mejor?
Si bien es parte importante de la salud de una nación la calidad de sus instituciones y mandos políticos, no lo es menos la calidad moral de sus habitantes. De la bondad o maldad de los individuos brota todo lo demás. En palabras de Jesucristo: “…del corazón del hombre salen los robos, homicidios, adulterios” (Mc. 7:21). Lo repitió también el apóstol Santiago: “¿De dónde vienen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No vienen de las pasiones que combaten en sus miembros?” (San. 4:1) En mis dos artículos pasados hacía referencia a cómo Jesucristo provocó en el mundo una de las revoluciones más profundas en la historia de la humanidad —el cristianismo fue decisivo en la abolición de la esclavitud y la promoción de los derechos humanos— pero no lo hizo apelando a la espada o a la conquista del poder, sino a la conversión personal.
Lo anterior no implica que debamos menospreciar la lucha por cambiar las estructuras políticas o que sea ilícito luchar por el poder. Al contrario, el mismo interés por el bienestar y dignidad de los demás, y, en particular, de los más débiles, demanda que nos esforcemos porque los sistemas políticos sean justos y les sirvan. Lo que sí implica es que jamás podemos descuidar la importancia de esforzarnos simultáneamente en ser personalmente justos y dispuestos al servicio. No podemos exigir de los poderes públicos virtudes que nosotros mismos no practicamos. Tampoco puede pretenderse mejorar el cuerpo social si antes no mejoran las células que lo componen; las familias. Ellas son nuestra primera sociedad y el teatro donde los seres humanos ponen a prueba sus principios; en ellas comienzan los cambios más profundos y duraderos.
Proponerse metas y luchas en estos frentes —el personal y el familiar— es una de las formas más efectivas para contribuir a que Nicaragua, y con ellas nosotros, mejoremos en 2017.
El autor es sociólogo. Fue ministro de Educación de Nicaragua.