Chile
Manuel Saavedra Marcos

Trump, Ortega y la globalización

Hace un buen tiempo, siendo joven, me preguntaba en voz alta y me respondían sobre el por qué había países “desarrollados”; como también, por qué estaban tan distantes económicamente de nuestros países latinoamericanos.

Varias respuestas conocí, pero nunca olvido una de ellas que me pareció bien singular por no decir extraña y no terminaba de entenderlo, era el hecho que “eran países con alta población”. Cómo era eso, ¿alta densidad de población?; si a duras penas por aquí les damos de comer a los pocos que somos, ¿cómo podríamos mejorar el estándar de nuestros habitantes y más aún, alimentar más población?

Recuerdo, aquella Italia de los sesenta y setenta desordenada políticamente que debatían como ellos solos; no obstante, como Turquía, Grecia y España de hace unos años, se sostenían en el alambre y progresaron paso a paso.

Es que Italia tiene alta población (léase mano de obra barata), se comentaba, mientras se occidentalizaba; seguía sin entender, pues sonaba como China de hace unos años, en que parecía les sobraba mano de obra; muchos chinitos obligadamente haciendo lo mismo.

Un tiempo después, también décadas atrás, se comentaba que el principal motor de la economía de Estados Unidos (EE. UU.) era su comercio interior y nuevamente, relucía, la densidad de población.

Así que me dije, bueno, si la alta población es el factor de avance económico, ¿cuál es el eslabón que los vincula? La respuesta sería, la cantidad de “bienes de producción”, no necesariamente por supuesto, los esenciales para vivir.

En los sesenta, en Latinoamérica, con las revoluciones intentando derrocar regímenes dictatoriales en pro de una mejor distribución de la escasez, no se pensaba en incrementar bienes “suntuosos” y muchas familias en hora buena, enseñaban a compartir y no botar ni un frijol, dado, por un lado, que moralmente no se necesitaban mayores bienes y por otro, falta de visión por una mayor productividad que corriera paralelamente a horizontes ampliados de mercado. En los sesenta, el exceso de bienes adquiridos fue intelectualmente muy criticado; al consumidor y productor se le llamó hijos del capitalismo salvaje.

En realidad, Italia progresó sucesivamente por el plan Marshall, los mercados externos (buenos productos de bajo costo por mano de obra barata) y en 1957 por la creación del MCE. Potenciaron la tecnología, la infraestructura, el turismo, generando paralelamente, muchos bienes de consumo baratos y variados. ¿Se parece a Nicaragua? ustedes dirán que quizás coincidimos con un pequeño tramo en cada etapa.

El Internet potenció la globalización y extendió la aplicabilidad de la revolución liberal económica de los ochenta, de M. Thatcher y R. Reagan. Esta revolución amplió y fortaleció los mercados y, en su medida, la mejoría del poder adquisitivo del consumidor.

Aquí aparece China; el mejor hijo de esta revolución liberal, que con mano de obra barata ha potenciado el consumismo, anecdóticamente y moralmente en Latinoamérica castigado en los sesenta.

Potenciar la “dependencia” consumista fue una “avivada” de las economías mundiales y China, consciente, prestó la cancha para su desarrollo. No es lo mismo controlar 11.5 millones de cubanos en una isla que 1,000 millones de chinitos en el continente.

Los 18,000 billones de dólares del PIB de EE. UU. son muchísimo más que los 12,000 respectivos de China; mientras los primeros son innovadores (Value Added), los segundos son “copy and paste”; en otras palabras, la relación de PIB es logarítmica y no directa.

Trump sabe de esto como los chinos y dirigentes políticos en general; también saben que el futuro no será para revolucionarios tradicionales dirigiendo políticamente, a menos que se transformen; más común, será, ver técnicos o empresarios y más encima millonarios en política (D. Trump en EE. UU., M. Macri en Argentina, S. Piñera en Chile, H. Cartes en Paraguay, J. C Varela y R. Martinelli en Panamá y V. Fox de México). La globalización parece exigir técnicos con capacidad política (filosofía y asesores) y no políticos contratando técnicos.

La globalización ha cumplido y el espectro de consumismo hoy día es amplio, digamos, el buen consumismo; así como existe el bueno y el mal colesterol. China ya cumplió con irradiar esa magia y EE. UU. con D. Trump, como Inglaterra con el Brexit, intentan probablemente cosechar frutos, puesto que, además, parece que están algo cansaditos de tantas prerrogativas entregadas.

Así que para algunos países que no se han puesto a tono en estos tiempos, en especial aquellos arrastrando viejas consignas, estos imperios parecen decir, ya está bueno, ya están grandecitos, ya aprendieron del mercado mundial, tienen que convertirse en buenos y portentosos productores-consumidores, abran compuertas con transparencia política y económica o se quedarán en el camino.

En la medida que Nicaragua de señales de participar de “esta nueva convivencia”, está, de alguna manera claro, que de esa misma forma actuará el Nica Act, como otros beneficios que deberían chorrear.

El autor es ingeniero civil.

Opinión Daniel Ortega Donald Trump archivo
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