En La Ilíada, Homero llama aqueos a los griegos. También los llama argivos y dánaos, pero bastante menos que aqueos.
Los aqueos eran originarios de los Balcanes, de donde emigraron hacia la isla de Creta y la colonizaron pacíficamente, desplazando a los cretenses aborígenes o fusionándose con ellos.
Los aqueos tomaron este nombre de su jefe, Aqueo, nieto de Deucalión, el hijo de Prometeo que sobrevivió al diluvio universal causado por Zeus para castigar a los hombres cuando se volvieron malvados y violentos.
Para salvar a Deucalión, “el más honesto de los hombres”, Prometeo le recomendó que construyera una nave para que junto con su mujer, Pirra, “la más virtuosa de las mujeres”, se salvaran del diluvio. Cuando cesaron las lluvias la nave se posó sobre la cumbre del monte Parnaso.
Temis, diosa de la sabiduría, dijo enigmáticamente a Deucalión que para repoblar la tierra debían lanzar los huesos de la gran madre por detrás de sus hombros. Deucalión entendió que los huesos de la gran madre eran las piedras y, en efecto, las que él arrojaba a sus espaldas se convertían en hombres y las que Pirra lanzaba se transformaban en mujeres.
De la unión de Deucalión con Pirra nació Helén, quien a su debido tiempo fundó una gran familia que llamó los helenos, y a la región que ocuparon llamó Hélade, gentilicio que adoptaron después todos los pueblos de la parte del mundo que ahora nosotros conocemos como Grecia.
En realidad, según el historiador estadounidense de origen ruso, Isaac Asímov, el nombre de griegos les fue puesto por los romanos, porque los miembros de una tribu helena que llegó a colonizar parte de Italia se hacían llamar los gracoi.
Helén se casó con una ninfa llamada Orséis, engendrando en ella a Juto, Eolo y Doro, los cuales, cuando su padre murió se enfrascaron en una feroz lucha por la sucesión del trono de Tesalia, donde Helén había establecido su reino.
Juto fue acusado por sus hermanos Eolo y Doro de robar objetos sagrados y, obligado a huir de Tesalia, fue a refugiarse en Atenas. Allí se casó con Creúsa, hija del rey ateniense Erecteo.
Juto y Creúsa procrearon a Ion y Aqueo, el primero habría de fundar el pueblo de los jonios y el otro el de los aqueos.
Pero los infortunios de Juto no habían terminado. Al morir Erecteo, sus siete hijos varones: Cécrope, Eupálamo, Metión, Orneo, Pandoro, Tespio y Sición disputaron la sucesión en el trono de Atenas. Al no poder ponerse de acuerdo llamaron a su cuñado, Juto, para que fuera el árbitro de la disputa. Juto resolvió que Cécrope debía ser el sucesor de Erecteo.
Furiosos por esta decisión de Juto, los otros seis hijos de Erecteo quisieron matarlo, pero logró huir y buscó refugio en una región llamada Egíalo, donde pasó el resto de su vida.
Después de la muerte de Juto, uno de sus hijos, Ion, se casó con Hélice, hija de Seline, el rey de Egíalo. Ion fundó una gran ciudad que hizo centro de su reino, la llamó Hélice en honor de su esposa y decidió además que a partir de entonces todos los habitantes del reino se llamarían jonios.
De Aqueo es muy poco lo que sabe después de que llegó a Creta. Solo se conoce que habiendo cometido un asesinato (sin especificarse a quién mató y por qué), huyó y fue a refugiarse en la Argólida, en la región del Peloponeso.
Aqueo se hizo acompañar por una buena cantidad de amigos y otros hombres ansiosos de fortuna, los que fundaron una colonia en la Argólida. Esos hombres fueron llamados aqueos y se distinguieron por el impulso que dieron al comercio con los pueblos vecinos y lejanos.
Como hecho histórico se dice que esto debe haber ocurrido alrededor del año 1600 antes de Cristo. Tres o cuatro siglos después, los “aqueos de hermosas grebas” —como los llamó Homero—, irían a las costas del Asia Menor a librar contra Troya la guerra más famosa de todos los tiempos.