Mil y un heraldos anunciaban la muerte del tirano Fidel Castro. Los detalles de su fallecimiento aparecieron en todos los diarios del mundo sin poder escapar tonos editoriales.
Las reacciones a tal evento podían claramente identificarse de acuerdo a la manera en que la vida de este dictador afectó y seguirá afectando a millones de seres humanos. En algunos casos parecía que ciertas personas recibían la noticia como la llegada del fin de algo infinito; como que si hubiera muerto la misma muerte. Uno de esos momentos en la vida en que nadie piensa en su propia mortalidad.
“Con profundo dolor”, expresó Raúl Castro, “comparezco para informarle a nuestro pueblo, a los amigos de nuestra América y del mundo que hoy 25 de noviembre del 2016, falleció el comandante en jefe de la Revolución cubana, Fidel Castro Ruz”.
Obviamente, Raúl Castro no se dirigía a los cubanos del exilio ni a las familias de los cubanos asesinados durante la larga, insufrible tiranía de los hermanos Castro. Y, por supuesto, no hablaba a los familiares de los náufragos que han perecido en su intento de escapar la Cuba castrista en balsas de fabricación casera y otros medios improvisados hacia las costas de los Estados Unidos.
Y es precisamente ahí, en la ciudad de Miami, donde miles de residentes cubanos-estadounidenses se congregaron en la Pequeña Habana desde el momento que escucharon la noticia. Golpeando ollas y cazuelas, cantando el himno nacional de Cuba, bailando, expresando toda clase de emociones recordaban y compartían las experiencias propias o la de sus antepasados: familias quebrantadas; confiscaciones y encarcelamientos; asesinatos de amigos, vecinos, familiares; expulsiones de sus propios hogares y exilio.
Muchos lo hacían por ellos mismos, otros por las memorias de sus padres o abuelos; pero todos buscando algún brío que les permitiera cerrar una herida histórica y muy personal causada por la abyección, los crímenes cometidos contra la humanidad por el ya difunto Fidel Castro.
Como el fusil de este opresor trascendió tantas fronteras, las innumerables llagas que dejó son profundas y extensas. Por eso muchos encontraron esperanza al leer el tuit del presidente electo estadounidense, Donald Trump, que en parte lee: “Hoy, el mundo señala el fallecimiento de un brutal dictador que oprimió a su propio pueblo por casi seis décadas… Mientras que Cuba sigue siendo una isla totalitaria, es mi esperanza que hoy comience un alejamiento de los horrores soportados por tanto tiempo, y hacia un futuro en el que el maravilloso pueblo cubano finalmente viva en la libertad que tanto merece. A pesar de que las tragedias, muertes y el dolor, causados por Castro, no se pueden borrar, nuestra Administración hará todo lo posible para garantizar que el pueblo cubano pueda finalmente comenzar su camino hacia la prosperidad y libertad”. Ardua tarea, ya que hasta hoy día el Gobierno cubano ha demostrado estar aferrado a su cruda e inflexible historia.
Pero entre todas las voces no faltó quienes elogiaran a este Ángel de la Muerte y sus programas de salud, educación, cultura. Estos, sin embargo, ocultando los detalles acerca de la disponibilidad popular de cuidado médico en cuanto a medicina curativa se refiere y sin hablar de los problemas de salud causados por la carencia alimentaria. Estos, ocultando que la misma alfabetización es peligrosa en Cuba, ya que la libre lectura y la libertad de expresión son delitos sujetos a la pena capital. Estos, ocultando que la promoción cultural obliga a la manifestación propagandística de los programas del Estado tiránico.
Fidel Castro se ha ido físicamente, mas su poder dinástico perdura en su hermano Raúl como presidente del Consejo de Estado de la República de Cuba y como jefe supremo de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba. Subsiste en su sobrino Alejandro Castro Espín, quien es asistente personal del presidente (su padre Raúl) y se considera el posible sucesor de su progenitor como jefe del régimen cubano.
Pervive —por ahora— la sombra de Fidel, para continuar eclipsando la libertad.
El autor es economista y escritor.