Cuando quien cuenta los votos carece de credibilidad, se desarticulan grupos políticos contrarios al Gobierno, se niega la observación electoral cualificada y hay dudas sobre si de verdad están participando partidos políticos de oposición, es lógico que para los ciudadanos que no son afines al partido en el poder surja el dilema de votar o no en las próximas elecciones.
Sobre esta disyuntiva la situación de los nicaragüenses identificados con los valores democráticos no puede ser peor, como quien dice “si te vas te tiro y si te quedás te mato”, pues al margen de la decisión que desde el fondo de su conciencia cada quien tome igualmente habrá una consecuencia que afrontar.
En realidad, hay sobradas razones que justifican el no asistir a los centros de votación como para sí hacerlo, no obstante, en el contexto electoral que se vive, no hay una decisión que sin objeción se pueda catalogar como correcta.
Votar es un derecho constitucional que a nadie se le puede quitar u obstaculizar. Pero, ¿qué sentido tiene ir a depositar el voto si no existe la más mínima garantía de que será asignado al candidato deseado o contado como nulo?
Además, ¿para qué desperdiciar el voto si dentro del sector opositor no existe una opción política con posibilidad real de triunfo, capacidad y voluntad para defender el voto democrático sin seguirle el juego al oficialismo?
Desde este punto de vista ciertamente no hay por quién ni para qué votar.
Pero quedarse en casa no resuelve el problema. Si bien un alto grado de abstencionismo puede restar legitimidad a las elecciones, no será suficiente para que sean declaradas nulas, ya que lo más probable es que se abstenga el voto antisandinista, no así el voto duro de los rojo y negro, por tanto, es iluso pensar en un abstencionismo masivo que obligue a repetir las votaciones.
Asimismo, al no votar, se renuncia al derecho de expresar en las urnas el rechazo o aceptación del régimen político imperante, lo cual es sumamente peligroso frente a un gobierno autoritario acostumbrado a cerrar de a poco o de un solo tajo los espacios de participación cívica, por consiguiente, no es conveniente desalentar el ejercicio del voto fortaleciendo la cultura de la abstención, cuando lo que se requiere para contrarrestar la dictadura es una ciudadanía activa dispuesta a defender sus derechos.
Por el contrario, el salir a votar coadyuvaría a mantener vivo ese espacio de participación y decisión política que simboliza el sufragio, se ejercita la ciudadanía y se envía un mensaje de que a pesar de las adversidades y bajo ninguna circunstancia se está dispuesto a perder el derecho al voto.
Sin embargo, es innegable que el actual proceso electoral ha estado lleno de grandes ilegalidades, así que al votar se está avalando una farsa organizada diligentemente para que un candidato definido salga victorioso.
¿Qué hacer entonces? Como ha ocurrido en el pasado, se tendrá que escoger entre los males el menor y sopesando las consecuencias, el salir a votar, anulando el voto o marcando una opción partidaria, parece representar el mal menor para los intereses de la democracia en Nicaragua.
Aun sabiendo cómo terminara la obra de teatro y a pesar de los obstáculos que sobrevengan, no hay que perder la oportunidad de votar, sin que esto signifique olvidar la lucha en demanda de elecciones justas y transparentes, sencillamente porque no se puede dar chance al dictador de que en el futuro cierre la vía electoral dejando el voto como un triste recuerdo y por omisión se tenga que reclamar mañana lo que hoy se desprecia.
El autor es Abogado y Notario Público.