La vida secreta de las mascotas

Crítica de cine: La vida secreta de las mascotas

La nueva película de los estudios Illumination, La vida secreta de las mascotas, retoma la premisa de Toy Story aplicándola al mundo animal.

La nueva película de los estudios Illumination retoma la premisa de Toy Story aplicándola al mundo animal. Especula sobre lo que hacen nuestros animales caseros cuando salimos de casa. Los mejores momentos tienen que ver con sus observaciones sobre la conducta animal, traducidas en pequeños chistes visuales. Max, el protagonista, es un pequeño perro rescatado. Cuando le preguntan sobre sus planes del día, asegura estar muy ocupado. Tiene que esperar al lado de la puerta a que regrese su dueña, Katie.

Pero una producción con pretensiones comerciales necesita una trama. Katie regresa, pero con un “hermanito”: un gigantesco perro peludo llamado Duke, que se enfrasca en una guerra territorial con Max. A la mañana siguiente, durante su paseo rutinario, la rivalidad y la fatalidad conspiran para dejarlos sueltos. Tras perder sus collares, quedan vulnerables a ser capturados por agentes de Control Animal.

Así, Max y Duke deben trabajar juntos para volver a casa. Se internan en el mundo paralelo de los animales sin casa, mascotas descartadas que habitan las alcantarillas de la ciudad. La pandilla es jefeada por el belicoso conejo Snowball, quien añora encontrar la manera de vengarse del abandono humano. Mientras tanto, Gidget, una perrita que adora a Max, recluta a otras mascotas domesticadas para buscarlo.

Y es aquí donde la película tropieza. Aunque los filmes animados son mercadeados como productos para niños, deben funcionar para todo público. Disney y Pixar son maestros en encontrar el tono adecuado. Los creadores de La Vida Secreta de las Mascotas desatan una línea discursiva tremendamente oscura. Max y Duke ganan temporalmente la admiración de Snowball al asegurar que han matado a sus dueños. El conejo y sus secuaces celebran la violenta historia. No soy padre de familia, pero esto suena demasiado oscuro para niños de cinco años.

Juan Carlos Ampié, crítico de cine.
Juan Carlos Ampié, crítico de cine.

Afortunadamente, quizás los niños no entiendan lo que está pasando. El doblaje al español, producido en México, es un desacierto. La tradición de apuntar a un doblaje de acento neutral ha quedado relegada, favoreciendo un estilo culturalmente específico. Así, Gidget habla como una “chilanga” de persuasión fresa. Duke es doblado por un comediante identificado como “El Campi”, con un impenetrable acento que suena como una mezcla de argentino con matices nicaragüenses —las “s” suenan como “j”, pero exageradas—. Duke, codificado como un antagonista de Max, arranca con una carga negativa, es grosero y poco sofisticado. El arco narrativo describe la eventual aceptación mutua, pero parte de la concepción de que la cualidad foránea de Duke lo hace vulgar e inadecuado. Eugenio Derbez infunde una cualidad maniática en el conejo Snowbal, que bien puede coincidir con la original, pero no por eso hace sus líneas inteligibles.
Siempre he pensado que las películas deben experimentarse de la forma más cercana a las intenciones de sus creadores. No quisiera ver un filme animado latino doblado al inglés. Al menos, se nos debería ofrecer la posibilidad de acceder a la versión original con subtítulos. A veces sucede, a veces no. Es curioso, porque esa era una de las supuestas bondades del recambio digital de los equipos de proyección. Incluso, estaría dispuesto a pagar un precio “premium”. La versión subtitulada estaba anunciada en una sala VIP. Por algún problema técnico, nos recetaron el doblaje.

Más allá del inconveniente, La Vida Secreta de las Mascotas es una experiencia agridulce. Tras la frenética resolución de la saga de Max y Duke, tenemos un hermoso epílogo que bien podría pertenecer a una película diferente. Una película mejor. No es suficiente para recomendarle el filme.

La Prensa Domingo Juan Carlos Ampié archivo

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