Fernando Bárcenas

¿Gorilato orteguista o partido único?

En estos días, quitándole la personería jurídica al Partido Liberal Independiente (PLI) opositor, Ortega decidió eliminar la contienda electoral y, en consecuencia, ha borrado también —como si fuese una acción antimperialista— la observación independiente, visto que este proceso de elecciones, montado con descaro a su medida (únicamente con agrupaciones zancudas), carece ahora de significado político. Es como un juego de futbol arreglado, donde el árbitro, además, ¡hijo de buena madre!, está comprado, a la vista de todos.

El partido único es posible como deformación burocrática en un sistema de economía planificada, en un país atrasado, acosado militarmente. Pertenece, por ello, a la lógica del estalinismo, que conlleva, por supuesto, al dirigente único. Se parece, superficialmente, a nuestro caso, pero, aquí no hay una sola conquista. En un sistema neoliberal, como el nuestro, alabado por el FMI, la sustracción de libertades democráticas se corresponde, en esencia, al modelo bonapartista, retrógrado, de Pinochet.
No obstante, el golpe militar en Chile obedecía al intento extremo de derrotar, a golpe de metralla, las reformas socialistas propuestas por Allende. Era una manera criminal de frenar, por métodos de guerra, un auge democrático de masas. Aquí, en cambio, ha ocurrido efectivamente un golpe de Estado técnico, pero, en lugar de tanques y bombardeos aéreos, se ha utilizado el alicate de la Corte Suprema, para extirpar a tirones los remanentes de institucionalidad, en condiciones asépticas, dado que no hay aún una movilización progresiva de masas. Es, finalmente, un pinochetazo de comedia.

El gorilato orteguista, absolutamente gratuito e injustificado políticamente, prescinde también del partido, al que ha convertido en un aparato de funcionarios dóciles, sin voluntad ni discernimiento propio.

Como no existe, de hecho, una sola conquista democrática, el sistema orteguista corrupto carece de base social orgánica, entonces, actúa por dinámica propia, y adquiere precavidamente un carácter policiaco cada vez más pronunciado. Es la mafia en el poder. Su rostro grotesco corresponde, sucesivamente, al de una innegable dictadura militar. Este es un proceso artificial, sustancialmente burocrático, que no resulta motivado por el desarrollo de las contradicciones objetivas en la sociedad. Esta dictadura extrema de Ortega, voluntariosa, subjetiva, no es necesaria en las actuales circunstancias para mantener la estabilidad del poder. Pero, sí para concentrar el poder absoluto en una sola familia. Así, contradictoriamente, resulta un proceso temeroso, de autoaislamiento burocrático, más que de consolidación dictatorial.

Ningún régimen político se consolida si se aísla de motu propio. Al fin, su cautela absolutista, conduce a que las fuerzas del conservadurismo se reagrupen, espontáneamente, en torno a las instituciones democráticas. Y ello, dada la táctica timorata de Ortega, amurallado en su feudo familiar, surte el efecto —sin serlo— de una rebelión cívica. Por rehuir toda contienda, sustrayendo derechos, Ortega ha conseguido que sin proponérselo se unan conscientemente en contra de la castración del proceso electoral, que, del resto, ya estaba completamente viciado, la Iglesia, la empresa privada, los partidos de oposición tradicionales.

Por su parte, sin moverse de sitio, la posición del PLI opositor se ha vuelto beligerante ante el retroceso estratégico de Ortega. De pronto, sin acción alguna, adquirió el carácter simbólico de la resistencia democrática. La restitución de su personería jurídica, ahora, es una consigna central que le quita reconocimiento nacional e internacional al régimen orteguista.

El partido único o, más bien, el gorilato orteguista, no es solo un proceso nocivo, como dice la Conferencia Episcopal (que emite un juicio básicamente moral), sino, que es una decisión política equivocada de Ortega, que obedece, obsesivamente, a una lógica individualista enferma, pero, que incrementa en la sociedad la conciencia que se deben restablecer espacios democráticos.

Al final, el país es visto por Ortega como una inmensa finca, y él se ve a sí mismo como el mandador de la hacienda. ¡Su experiencia política no da para más! Y nadie, en todo el espectro nacional, incluso entre sus partidarios menos educados, comparte esa visión degradante y tonta.

En tal escenario, de aislamiento esquizofrénico, la democracia formal es un terreno de consenso de las fuerzas tradicionales, pero, las masas aún no sienten que con su movilización independiente deban aprovechar tales espacios para enfrentarse al orteguismo. De ahí, que la crisis del régimen aún esté por venir.

El autor es ingeniero eléctrico.

Opinión #EleccionesNi2016 Daniel Ortega FMI Nicaragua archivo

COMENTARIOS

  1. ramon
    Hace 10 años

    No hombre no se necesita ninguna rebelion,ni algo asi por estilo,con sus acciones el mismo se esta acorralando y esta quedando sin argumento politico,ahora lo q’hay q’hacer hacer una operacion en los puntos anonadados q’el mismo ha creado,ahi se ha trasladado la mayor exprecion de la ecuacion,lo de la comparacion con Pinochet,creo este se sentiria ofendido,si viviera,por tanta estupides en un cuartito de persona y todos los adjetivos calificativos q’le distes,solo sirvieron pa q’vuele mas alto.

  2. Juan pereZ
    Hace 10 años

    Me encanta la redacción. Felicidades. Pobre Nicaragua, pobres Nicaraguenses. Los que apoyan a ortega son por el salario mediocre que reciben, de otra manera los corren, no se dan cuenta que ortega los usa solo para armar escandalo y alboroto. Si en realidad apoyaran a ortega al momento de votar, no sería necesario que hubiera tanta corrupcion en el CSE ni en el CSJ. Y ortega sabe eso.

  3. Pepe Turcon
    Hace 10 años

    Sencillamente Brillante articulo Fernando, Valió la pena La Prensa de hoy!
    Refleja de forma completa el entarimado de Nicaragua y sobre todo lo que definitivamente viene. La consigna entre quienes habemos de algunos centavos es ya sacar la plata de Nicaragua.
    El tercer out viene.

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