Enrique Sáenz

Hablemos claro: enfrentamos una dictadura

La embestida de Ortega encaminada a descuadrar el precario marco electoral que apuradamente subsistía ha sembrado el desconcierto en amplios sectores de la población y dejado a flor de labios la pregunta ¿y ahora, qué hacer?

Con el ánimo de aportar elementos de análisis que puedan contribuir a que cada quien se forme su propia opinión, compartiremos algunas apreciaciones.

Empecemos por el principio. El punto de partida es respondernos la pregunta: ¿Cuál es la naturaleza del régimen que enfrentamos?

No es este un tema académico. Es una definición política crucial porque determina los objetivos a seguir, la estrategia a aplicar y las formas de lucha frente al régimen. Si, por ejemplo, partimos de la base de que estamos en una democracia imperfecta, como pregonan algunos, pues el camino es ceñirnos al marco institucional para mejorarlo. Si, por el contrario, pensamos que estamos frente a una dictadura, los objetivos cambian y los frentes de lucha se amplían.

En nuestra opinión enfrentamos una dictadura. Una dictadura sin atenuantes ni adjetivos.

¿Cuáles son nuestros argumentos? Revisemos nuestra historia. Revisemos nuestra realidad. Revisemos un poco de teoría política. Y anotemos las características del régimen orteguista:
Primero, la concentración de poder en una sola persona. En Nicaragua, ni en la Alcaldía más remota se atreven a tomar una decisión o iniciativa que pueda contrariar la voluntad de Ortega, menos aún en los llamados poderes del Estado. No hay ninguna entidad pública que escape al control y a los designios del monarca. Hasta ahora no se conoce un solo funcionario que se haya atrevido a sostener su propia opinión. Una diputada se atrevió a objetar una palabra y al día siguiente fue destituida. Nadie más.

Segundo, la demolición del marco legal. Aquí, la única ley vigente es la voluntad del monarca. Los representantes del orteguismo atropellan las leyes de manera tan flagrante que parecieran disfrutar de un placer morboso al hacerlo. Aunque el objetivo político es sembrar la impotencia en la población al infundir la idea de que están autorizados para hacer lo que se les antoje.
Tercero, la burla a la soberanía popular mediante artimañas y fraudes electorales, tal como ocurrió con las elecciones municipales del 2008, o las elecciones generales del 2011. Igual hizo Somoza García, primero, y después Somoza Debayle. Las dictaduras no se exponen a la voluntad popular. Prefieren circo electoral en lugar de elecciones.

Cuarto, subordinación personal del Ejército y de la Policía. La reforma constitucional y, posteriormente, las reformas a las leyes de la Policía y del Ejército, mediante las cuales se asegura la permanencia indefinida de las jefaturas de ambos cuerpos armados, en sujeción a la voluntad del monarca, tienen precisamente ese propósito: forjar lealtades personales en las fuerzas armadas. Si se porta bien, permanece en el cargo, si muestra alguna señal de independencia, hasta allí llegó.

Quinto, apropiación del Estado y del patrimonio público. Esta es una lacra de origen colonial que acompaña a los grupos gobernantes desde que Nicaragua nació a la vida independiente. Cada gobernante que llega al poder, con poquísimas excepciones, se considera dueño del patrimonio nacional y utiliza los poderes del Estado para enriquecerse, junto con su familia y su camarilla de incondicionales. En el caso de Ortega, llegó al colmo de hipotecar al país por cien años, mediante la concesión canalera otorgada al especulador financiero Wang Jing.

Sexto, impunidad. Es compañera inseparable de toda dictadura. El control del aparato judicial, de la Policía, de la Fiscalía y de otros órganos encargados de aplicar la ley, permite al monarca y a la camarilla gobernante pisotear el marco jurídico sin temor a consecuencias legales. En contraste, el control de esos mismos instrumentos de poder les posibilita repartir castigos e intimidar a independientes y opositores. Impunidad por un lado, indefensión por el otro.

Séptimo, exclusión política. Dado que inevitablemente los abusos terminan por cansar a la gente, todo régimen dictatorial pierde el apoyo de la mayoría de la población, si en algún momento lo tuvo. Así, cuando se sienten en minoría, el recurso a mano es cerrar espacios a la oposición coartando sus derechos hasta llegar a la anulación arbitraria del derecho a participar en elecciones. Esta exclusión, inevitablemente, se enmascara con pegostes: los “partidos” colaboracionistas del régimen. El somocismo siempre tuvo sus lacayos. Ahora los tiene Ortega.
Octavo, continuismo. Todo dictador, una vez que se encarama se aferra fieramente al poder y se vale de los más diversos medios para asegurar su permanencia. El menú es amplio: pactos, fraudes, reformas constitucionales y, en última instancia, el poder puro y duro.

Noveno, represión y violación a los derechos humanos. La piedra de toque de todo régimen dictatorial es la represión. Hay quienes parecieran requerir como prueba de que enfrentamos un régimen dictatorial, la tendalada de presos, de perseguidos o de muertos. Eso ocurre cuando la resistencia popular adopta formas o magnitudes que amenazan la continuidad del régimen. Pero el orteguismo no ha tenido empacho en reprimir cuando lo ha necesitado. Basta recordar el estado de sitio que de hecho se impuso en la Mina Limón, las garroteadas a viejitos, diputados y ciudadanos. Los muertos por balazos policiales durante protestas en Bonanza o Chichigalpa. O la eliminación física selectiva con bombazos a control remoto o ejecuciones en zonas rurales.

¿Alguien puede negar las características anteriores? Entonces, la conclusión no admite ambigüedades: enfrentamos una dictadura. Así de sencillo.

El autor es diputado.

Opinión #EleccionesNi2016 Nicaragua Wang Jing archivo

COMENTARIOS

  1. Nica Emigrante
    Hace 10 años

    No estoy de acuerdo en que haya una dictadura en Nicaragua, lo que hay es una monarquia inconstitucional. El monarca puede hacer lo que quiera, poner y quitar alcaldes, diputados, confiscar propiedades, tomar las mujeres que quiera para si, etc. El asunto de las elecciones es solo un acto para cubrir el trasfondo, donde algunos politicos salen beneficiados (siempre que el poder no cambie de manos), todo para evitar la critica internacional.. .

  2. Carlos I
    Hace 10 años

    Cada pueblo tiene el gobierno que se merecen. No estan de acuerdo, púes a sacar al dictadorsuelo, si no lo hacen es porque se sienten bien representados.

  3. Jose
    Hace 10 años

    Buena conclusión, pero por amor de Dios! Hay que hacer algo que nos involucre a todos para costruir una mejor nicaragua para todos sin exclusiones y con la participación de todos. DIos nos ilumine a todos para que termine este confrontamiento estéril de los unos contra los otros.

  4. Pancho Madrigal
    Hace 10 años

    Cuando leo este tipo de articulos me pregunto: Habra aun nicaraguenses pensantes, integros y honestos que necesiten ser convencidos de que aqui hace rato esta instaurada una dictadura? Seria el colmo de los colmos que a estas alturas necesiten ser convencidos a razonar entre el bien y el mal. Aun los mismos orteguistas no lo niegan en sus adentros porque saben que viven y se benefician de la dictadura de turno y por lo tanto se quedan calladitos. Al que vive pegado del erario publico no le queda de otra.

  5. ramon
    Hace 10 años

    Entonces donde esta Rigoberto Lopez?

  6. Edmund Dantes
    Hace 10 años

    La realidad indica que Ortega no necesita al ejercito, y apenas necesita a la policia para controlar a todo el pueblo (pobres hasta ricos). Este mismo pueblo es tan eunuco que le dice a Ortega «somos apaticos, somos indiferentes, nos vale balin, seguinis dando duro que no hacemos nada sino hablar pajas, dale Ortega seguinos dando palo que no hacemos nada»…..somos un pueblo tan dundo que no damos ni pena.

    1. Ideay!
      Hace 10 años

      No papi…Lo que pasa es que los empresarios y mayorias de politicos de los otros partidos se han vendido y no quieren mecer mucho la canoa para que no hunda. Creelo o no, hasta los gringos han aceptado esta realidad ya, que por lo menos, el gobierno actual provee continuidad y un semblante de estabilidad.

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