Eran aquellos tiempos ahora envejecidos por el ritmo del tic tac pero valorados en el presente por el oro de los recuerdos, reliquias en la dimensión universal del sentimiento.
Entre los cincuenta y los sesenta, la música era una asignatura en los colegios. Uno de los que profesaba la puntualidad era el Colegio Rubén Darío dirigido por el sacerdote Marco Antonio García.
Ahí fue donde conocí al maestro de música Víctor M. Zúniga experto en la enseñanza del alfabeto musical, pianista ilustrado y fue ahí donde también conocí como compañero a Félix Javier Navarrete (1943-1983), quien prefirió tomar los rumbos de la poesía y más específicamente la filosófica.
Lo recuerdo en la ocasión en que el próximo 28 de junio se cumple otro aniversario luctuoso de su partida de este mundo.
Si viviera tendría 73 años de compartir la miel y el zumo, su fórmula entrañable. Al ocurrir esa remembranza corro al teclado para tejer una escueta imagen de su personalidad poética.
Era el poeta de la serena filosofía mostrada con criterio propio. Admiraba a Kafka. Su estilo era displicente con el esteticismo.
Era un trovador social. Dionisiaco nunca tuvo alguna relación con los horarios apolíneos. En el viaje de la infancia a la madurez lo sentí tanto en la Prensa Literaria como en la página de opinión bajo las batutas de Pablo Antonio Cuadra y Pedro Joaquín
Chamorro. Me honraba ser hermanos fronterizos de columna. A él no se le podían atribuir las petulancias que se siguen dando en los círculos elitistas de la literatura. Alborotado por la euforia se puso a jugar con la papalina. Dionisio fue el “diosecillo”.
Nació como él en una copa y murió con ella. Poeta que vivió con un pie en el terruño práctico y con otro en la naturaleza de los misterios.