A mucha gente —no solo a la mayoría de los latinos que viven en Estados Unidos— le cae mal Donald Trump, el virtual candidato republicano a presidente de Estados Unidos. Les cae mal él, sus ideas y su forma de plantearlas.
Pero lo más asombroso es que el señor del copete no solo le cae mal a la mayoría de personas que conforman los grupos étnicos, religiosos y de toda índole que ha insultado durante su campaña en las primarias republicanas, sino que los miembros más influyentes de su partido y quienes mueven los hilos del mismo tampoco lo soportan, al punto que ahora que tiene asegurada la candidatura no han dudado en decir que no se ven, al menos por el momento, respaldándolo. Entre los que se han pronunciado de esta manera están el presidente de la Cámara de Representantes, Paúl Ryan y los expresidentes George Bush y George W. Bush.
Cuando Trump anunció su candidatura sinceramente pensé que no pasaría de ser un show desagradable que solo duraría unas semanas, desgraciadamente me equivoqué. Sin embargo, después de todo, este caso está dando un ejemplo muy positivo. ¿Por qué?
Porque Trump no está actualmente en la posición que está porque compró votos, o porque cambió las reglas del juego, o porque la cúpula o el individuo que mangonea el partido lo ha ungido. Trump está ahí en contra de los deseos de los altos jerarcas de su partido que han hecho todo lo posible, dentro de lo que les permiten la ley y las reglas del proceso electoral en las primarias, para evitar que él sea el candidato.
Esta es una situación que no se veía en Estados Unidos desde hace 40 años, cuando en 1976 Jimmy Carter, entonces el poco conocido gobernador saliente del estado de Georgia —contra los deseos de su partido— se alzó con la nominación demócrata y luego con la Presidencia del país.
Los jerarcas republicanos han acariciado la idea de valerse de artimañas para arrebatarle a Trump la candidatura en la Gran Convención, pero dudo mucho que se atrevan porque este señor pasó por todo el proceso, expuso sus ideas —por muy equivocadas que pensemos que estén—, las sometió a la aprobación de los votantes republicanos y una buena parte de ellos decidió que lo que les proponía les gustaba y movió sus pies para depositar un voto a su favor.
Ahí radica lo positivo del caso, que nos demuestra que en un país donde se respetan las leyes, la institucionalidad y el derecho de los ciudadanos a elegir a sus representantes, las cúpulas no pueden hacer otra cosa que llevarse las manos a la cabeza en desesperación y aflicción.
En esto también hay una lección que aprender para los políticos: en los países donde se respeta el voto del ciudadano, es un pecado mortal, un suicidio, que los partidos políticos pierdan contacto con sus electores, y eso es lo que le ha pasado al Partido Republicano, pues una buena parte de sus electores considera que sus líderes no hablan su idioma, no representan sus intereses y no se identifican con sus necesidades.
Ahora, es probable que las ideas polarizantes de Trump no lleguen más allá del núcleo duro que lo llevó a ganar las primarias; eso garantizará que en las elecciones generales el Partido Republicano sufra una de las peores derrotas de su historia, arrastrando muchos escaños en el Senado y la Cámara de Representantes.
Michael Reagan, hijo del fallecido expresidente Ronald Reagan, escribió ayer un tuit lamentándose: “Trump ha hecho que el Partido Republicano ya no sea el partido de Reagan, sino el partido de Trump”. Sin embargo Michael se equivoca, el partido es, como debe ser, de los electores, si uno está de acuerdo con ellos o no es otra historia.
Twitter: @guayoperiodista