Luego de caminar levantando polvo durante 16 años en el tercer milenio y analizando los graves problemas de los cultivos de agroexportación y las dificultades de la ganadería de forma integral de nuestro país, no puedo menos que reflexionar sobre algunos puntos para tratar de incidir en el mejoramiento de esas situaciones.
Nicaragua debe mejorar sus cifras en las áreas sembradas en los cultivos cereales o de consumo popular, para garantizar su autoconsumo nacional, pero sobre todo incrementar sus rendimientos promedio por unidad de superficie sembrada.
Según un informe de la FAO, publicado por el Banco Central de Nicaragua en su página web, Nicaragua presenta las siguientes cifras en áreas sembradas: arroz, 142,960 mz, con un rendimiento promedio de 42.11 qq por mz. Frijol: 491,561 con un rendimiento promedio de 11.37 qq por mz, maíz 534,900 con un rendimiento promedio de 21.63 qq por mz. Sorgo rojo: 16,610 mz con un rendimiento promedio de 47.98 qq por mz.
Todos estos rendimientos, están muy por debajo del promedio obtenido en los diferentes países del área centroamericana, estas cifras nos dicen que Nicaragua, debe enrumbar su agricultura, tecnificando el sector rural de nuestra patria, incentivando los créditos, reactivando la comercialización justa de las cosechas y promover de forma agresiva el fomento forestal para paliar el deterioro preocupante del medioambiente, no menciono soya, maní, pues serán objeto de otro artículo reflexivo .
Hay que impulsar el Crédito Rural de aquel Banco Nacional fundado en 1912, impulsar la asistencia técnica y un fluido canal de comercialización, tomar de nuevo los caminos andados por el Instituto de Bienestar Campesino (Invierno) que sacó de la pobreza a muchos campesinos de Nicaragua, el Incei con los famosos paniquines extendidos a lo largo y ancho del país, desde La Dalia hasta Belén guardando y conservando los granos producidos en la campiña nicaragüense, los mejores años de la agricultura semitecnificada de la historia de Nicaragua.
En el mundo occidental, la agricultura americana es envidiada por las personas informadas técnicamente y debemos aprender de ella, de su tecnología, de sus rendimientos y de sus avances filogenéticos, pero sobre todo aprender de su disciplina de trabajo; es inadmisible que diariamente mueran alrededor del mundo miles de personas debido a la desnutrición e inanición, mientras los norteamericanos y europeos disfrutan de abundancia de alimentos y son protegidos por grandes reservas almacenadas en incontables graneros, mientras nosotros no poseemos ni la semilla para sembrar nuestra tierra.
Con los últimos fenómenos agroclimáticos y bajas estrepitosas de los precios internacionales del café, recuerdo una frase que pronunciara John F. Kennedy, en un congreso mundial de alimentos: “La guerra contra el hambre, es la verdadera guerra de liberación de la humanidad… no hay batalla más importante en la tierra o en el espacio, ya que la paz y el progreso no pueden ser mantenidos en un mundo medio alimentado y medio hambriento”. Estas palabras del presidente Kennedy y el ejemplo de mi padre (q.e.p.d.), un agricultor tiznado por el fuerte sol de Occidente, quizás fueron los que me impulsaron a estudiar y graduarme como agrónomo que, a como dijo Cicerón: “Es la profesión propia del sabio, la más adecuada al ignorante y la profesión más digna para todo hombre libre”.
Hoy que nuestros campesinos y obreros agrícolas se apostan en las aceras de Matagalpa, transitan un éxodo hasta Managua, o nos dejan yéndose a Costa Rica y mendigan en nuestras carreteras, son de actualidad las palabras del presidente Kennedy; tenemos que vencer la guerra contra el hambre, la pobreza y la falta de desarrollo en las áreas rurales de nuestro país, tenemos que vencer la guerra contra los cultivos dependientes de un mercado caprichoso y fluctuante y abrir horizontes donde la agricultura, la ganadería y el fomento forestal sean una oportunidad económica para nuestros productores del campo, y ya no tengan que ser mano de obra barata en otros países. Sabemos que aunque la ciencia y la tecnología agrícola tienen el potencial para proporcionar abundancia para todos los países del mundo, la lucha contra el hambre probablemente continuará por muchos años, tal vez por generaciones.
Para alcanzar el desarrollo es necesario que el mundo entero, particularmente los países ricos desarrollen una percepción y una comprensión de los problemas implicados; desafortunadamente, es difícil para las personas que están bendecidas con la abundancia, concebir que la mitad del mundo está luchando por una existencia decente, donde no haya millones de niños subalimentados y harapientos.
Estos países desarrollados donde campea la abundancia agrícola y forestal, lo han logrado con una combinación de educación, investigación, capital, tecnología y trabajo. El hambre no será erradicada de la Tierra y de nuestro país, hasta que estos elementos sean congruentes y armónicos con el medioambiente y la estabilidad social y política.
La tarea de proporcionar a nuestros semejantes una dieta mínima es muy grande pero con trabajo y tesón podemos lograrlo, esto es todavía más complicado debido a que la población mundial está aumentando a un ritmo que excede el de cualquier otro período de la historia del mundo. Hoy ya somos más de 6 mil millones en el mundo; en Nicaragua ya nos acercamos a los 7 millones, esto lógicamente nos obliga a revisar el futuro, teniendo el próspero pasado agrícola de este país como una referencia a seguir, tomando en cuenta el enorme capital social que tenemos para lograr el tan esperado desarrollo rural en Nicaragua.
Seguro estoy que lo podemos lograr, Nicaragua cuenta con excelentes profesionales agropecuarios y forestales, cuenta también con la sapiencia nata del campesino, solo nos falta integrar a estos elementos, la tecnología y acertados programas de crédito que dirigidos a la campiña nicaragüense nos impulsen a ser de nuevo el granero de Centroamérica, donde existan más tractores y arados que metrallas y más maestros y escuelas que tanques y helicópteros.
El autor es ingeniero agrónomo.