La sombra de la constituyente

Ante la falta de convocatoria a las elecciones del próximo mes de noviembre y el silencio oficial sobre el tema electoral, en los círculos de reflexión política se conjetura que Daniel Ortega estaría tramando llamar a una asamblea constituyente, para cambiar el sistema político de Nicaragua y asegurar su permanencia indefinida en el poder. Ortega ha manifestado interés en abolir el presidencialismo y sustituirlo con el parlamentarismo, prácticamente desde que perdió el poder en 1990 y comenzó a conspirar para recuperarlo.

El 19 de julio de 2003, al conmemorar el 24 aniversario de la revolución sandinista, en la Plaza de la Fe, Ortega proclamó que tenía el propósito de poner fin al sistema presidencial y establecer el régimen parlamentario.

Pretendiendo pasar por demócrata, declaró que su planteamiento “ha sido, es y seguirá siendo que Nicaragua tiene que pasar a desarrollar una verdadera democracia participativa, donde el poder resida en el pueblo; es decir, que acabemos en este país con el sistema presidencial”.

El caudillo sandinista reconoció que en la historia de América Latina quien llega a la presidencia quiere controlar a los demás poderes del Estado, “porque el presidente se cree rey”. Precisamente lo que ha hecho él. Y agregó que “si queremos avanzar dándole el poder al pueblo, para que este pueda tomar decisiones en el orden económico, en el orden social y en el orden institucional, acabemos con el sistema presidencial, y que el poder resida en el parlamento”.

En marzo de 2009, cuando ya detentaba de nuevo el poder presidencial que recuperó, gracias al pacto con Arnoldo Alemán, Ortega insistió en su idea de cambiar el sistema político de Nicaragua.

Hablando para la televisión árabe internacional, Al-Jazeera, dijo que “ahora que estamos de regreso en el Gobierno, si las condiciones lo permiten volvería a correr para presidente y si no están presentes entonces estaría bien actuando como primer ministro, y luego volver a correr para presidente”.

Con ese fin Ortega quiso agregar un nuevo capítulo al pacto con Alemán, con la propuesta de que el FSLN y el PLC sumaran sus votos en la Asamblea Nacional para modificar la Constitución y establecer el régimen parlamentario. Pero una buena parte de los diputados del PLC no apoyó a Alemán y el plan de cambiar la Constitución no se pudo realizar en esa oportunidad. Por eso fue que Ortega tuvo que reformar la Constitución por medio de una resolución espuria de la Corte Suprema de Justicia, que le permitió imponer su reelección en noviembre de 2011 y conformar mediante el fraude electoral la mayoría legislativa suficiente para eliminar la prohibición constitucional de la reelección.

Ahora Daniel Ortega ya no tiene ese impedimento y puede seguir reeligiéndose indefinidamente. De manera que el cambio de sistema de gobierno, de presidencial a parlamentario, sería solo para poner fin al reiterado debate sobre la reelección presidencial y para pasar a la historia como el “reformador” del sistema político de Nicaragua.

A los caudillos que se pretenden iluminados les gustan mucho esas ridículas vanidades.

COMENTARIOS

  1. Abell
    Hace 10 años

    Cuando uno calla, el silencio grita, lo que se ve es fraude a la vista.

  2. Nacho
    Hace 10 años

    Es hasta contradictorio (últimamente comienzo todos mis comentarios con esta frase, pero…)

    Es hasta contradictorio que, Editorial de La Prensa critique y ataque una decisión de este tipo, que no pasa a ser más que una suposición y un ejercicio mental para ir metiendo miedo en cosas que aún no han pasado.

    Ahora bien, si así fuera, se cumpliría el supuesto ideal de La Prensa de dejar de tener caudillos con acumulación de un poder omnímodo en una sola persona, en la figura del Presidente.

    Haciendo el ejercicio mental, fraccionaría a TODOS los partidos políticos en grupos de candidatos a diputados, se acabarían los dedazos y las decisiones que se tomen, obligatoriamente deberán ser consensuadas por TODOS los diputados, no se haría la voluntad de una sola persona, o al menos ya no sería un punto de ataque de un sistema que está consagrado en la constitución.

    En fin, para terminar este ejercicio, a como lo dice el título de este editorial, será en última instancia el pueblo, con su voto que decidirá si cambia o no la manera de gobernarse, y para ello evidentemente habrá que recurrir a una constituyente, la que no hay que satanizar, pues es un instrumento que debe existir en toda democracia y está contemplado en nuestra constitución.

×

El contenido de LA PRENSA es el resultado de mucho esfuerzo. Te invitamos a compartirlo y así contribuís a mantener vivo el periodismo independiente en Nicaragua.

Comparte nuestro enlace:

Si aún no sos suscriptor, te invitamos a suscribirte aquí